
Durante décadas, la neurociencia sostuvo una idea que parecía incuestionable: el cerebro es altamente flexible en la infancia, pero esa capacidad disminuye de forma drástica al llegar a la adultez. Según esa visión, los circuitos encargados de procesar los estímulos —lo que vemos, tocamos o escuchamos— quedaban prácticamente “fijos” tras las primeras etapas de la vida.
Sin embargo, un estudio realizado por el Daegu Gyeongbuk Institute of Science and Technology (DGIST) en colaboración con Yonsei University, en Corea del Sur, aporta evidencia que desafía esa creencia. La investigación muestra que el cerebro adulto no solo conserva plasticidad, sino que continúa refinando activamente sus circuitos sensoriales más allá de la adolescencia.
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El hallazgo, publicado en la revista Neuron, sugiere que la capacidad de adaptación cerebral podría extenderse durante toda la vida y abre nuevas rutas para la rehabilitación neurológica y psiquiátrica.
Qué es la plasticidad cerebral y cómo funciona
Cuando los científicos hablan de plasticidad cerebral se refieren a la capacidad del sistema nervioso para reorganizar sus conexiones. Es decir, las neuronas pueden modificar la intensidad o la cantidad de enlaces que establecen entre sí en función de la experiencia o de cambios internos.
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Esto quiere decir que, el cerebro funciona como una red de caminos. Durante la infancia, muchas rutas se construyen y modifican con rapidez. Lo que este estudio sugiere es que, en la adultez, esa red no queda congelada; sigue ajustándose, eliminando trayectos redundantes y fortaleciendo los más eficientes.
Hasta ahora se pensaba que ese nivel de reorganización estructural estaba limitado a la llamada “etapa crítica” del desarrollo temprano. La nueva evidencia indica que la transición entre adolescencia y adultez también incluye cambios activos en los circuitos sensoriales.
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El “control de tráfico” del cerebro se mantiene flexible
El equipo se centró en una estructura clave del cerebro: el núcleo reticular talámico (TRN, por sus siglas en inglés). Esta región actúa como un filtro que regula qué información sensorial llega a la corteza cerebral, el área encargada del procesamiento consciente.
Podría compararse con un “control de tráfico” que decide qué señales pasan y cuáles se atenúan. Gracias a este mecanismo, el cerebro puede priorizar estímulos relevantes y descartar otros menos importantes.
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Tradicionalmente, se asumía que el desarrollo de este centro modulador quedaba establecido en la niñez. No obstante, los experimentos en modelos animales mostraron que los circuitos del TRN continúan reorganizándose en la adultez.
Durante esa etapa se observó una reducción de señales excitadoras en esta región, lo que incrementó la capacidad para distinguir diferencias sutiles en estímulos táctiles. En otras palabras, el cerebro adulto no solo mantiene sensibilidad, sino que la refina.
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Más que experiencia: un cerebro adulto en constante maduración
Uno de los aspectos más relevantes del trabajo es que estos cambios no dependen exclusivamente del aprendizaje acumulado. Los investigadores demostraron que existe un proceso biológico activo que ajusta las conexiones neuronales en la transición hacia la madurez.
Este fenómeno implica la eliminación de conexiones redundantes y la optimización de enlaces clave, lo que mejora la precisión perceptiva. Es como si el cerebro, en lugar de añadir constantemente nuevas rutas, revisara el mapa existente y eliminara caminos innecesarios para que la información circule con mayor eficiencia.
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El estudio identificó además un factor molecular determinante: la proteína LRRTM3, una molécula de adhesión sináptica localizada en el núcleo reticular talámico.
Las sinapsis son los puntos de contacto entre neuronas, donde se transmite la información. Las proteínas de adhesión funcionan como “puentes” que estabilizan esas conexiones.
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En experimentos con ratones, la eliminación del gen que codifica LRRTM3 impidió la reorganización normal de los circuitos en la adultez. Como consecuencia, los animales mostraron menor capacidad para detectar diferencias táctiles sutiles.
Este resultado confirma que la mayor precisión sensorial observada en adultos no depende solo de la práctica o la experiencia, sino también de cambios estructurales regulados a nivel molecular.
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Una puerta abierta para la rehabilitación y la salud mental

El hallazgo tiene una relevancia particular en el campo de la salud mental. Alteraciones en el procesamiento sensorial están presentes en diversas condiciones, entre ellas el trastorno del espectro autista (TEA), el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH) y la esquizofrenia.
Si los circuitos implicados en el filtrado sensorial continúan siendo modificables en la adultez, podrían diseñarse intervenciones dirigidas específicamente a esa etapa de la vida.
Esto incluye desde estrategias de neuromodulación hasta programas digitales de entrenamiento cognitivo orientados a mejorar la discriminación sensorial.
Además, en un contexto global de envejecimiento poblacional, comprender que el cerebro mantiene capacidad de reorganización abre perspectivas para enfrentar el deterioro sensorial asociado a la edad.
Una nueva mirada sobre el cerebro adulto

Durante mucho tiempo, la adultez fue considerada una etapa de estabilidad neuronal más que de cambio. Esta investigación propone una visión diferente: el cerebro sigue ajustando sus circuitos para optimizar la percepción y el procesamiento de información.
Lejos de ser un órgano rígido, el sistema nervioso mantiene una capacidad de refinamiento que podría aprovecharse terapéuticamente.
Aunque los resultados provienen de modelos animales y aún deben confirmarse en humanos, el trabajo sienta bases sólidas para futuras investigaciones clínicas.
Comprender que la plasticidad no se detiene al final de la adolescencia transforma la manera en que se piensa el desarrollo, el envejecimiento y la rehabilitación neurológica. Y, sobre todo, instala una idea alentadora: incluso en la adultez, el cerebro conserva la capacidad de cambiar.
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