
Michael Jackson, Whitney Houston, Amy Winehouse, Ronnie James Dio y Gustavo Cerati ya no están, pero volvieron a pisar un escenario. No es un tributo ni un simple homenaje: los hologramas los traen de regreso y los convierten, otra vez, en protagonistas de un show en vivo. Esta tecnología, que redefine la experiencia de los conciertos, también abre una grieta entre los fanáticos: mientras algunos celebran la posibilidad de reencontrarse con sus ídolos, otros la rechazan. En el medio, una pregunta inquietante: ¿qué nos pasa, como espectadores, cuando la emoción parece real, pero el artista no está?
La psicología y la neurociencia aportan miradas complementarias sobre el modo en que el cerebro procesa los hologramas hiperrealistas de personas fallecidas. Según especialistas consultados por Infobae, existe una tensión entre lo que el sistema perceptivo reconoce como “presente” y lo que la razón sabe que es una recreación. Este cruce de información activa circuitos complejos y despierta respuestas físicas, emocionales y cognitivas notables.
El cerebro humano no determina lo real solamente a partir de lo que observa, sino de lo que espera ver. Funciona a través de un sistema de predicción del entorno: no necesita tener toda la información antes de decidir qué está percibiendo.
“El cerebro no funciona como una cámara pasiva. Usa un sistema bayesiano de predicción: genera expectativas basadas en la experiencia previa y las compara con la información sensorial entrante”, explicó a Infobae el doctor Claudio Waisburg, neurocientífico y director Instituto SOMA.

En este sentido indicó que en milisegundos, el cerebro formula hipótesis a partir de experiencias previas y las ajusta con los datos que llegan a través de los sentidos. Así, cuando se coloca frente a un holograma de alta fidelidad de un ser conocido, la corteza visual activa patrones similares a los que producía cuando veía a esa persona en vida.
“Cuando la predicción coincide con la entrada sensorial — aunque la entrada sea una ilusión — los circuitos de reconocimiento se activan plenamente. Esto explica por que un holograma de alta fidelidad puede engañar al sistema perceptivo incluso cuando el observador sabe que es artificial”, precisó el especialista.
Cómo funciona el proceso de duelo
En tanto, la corteza prefrontal —responsable del razonamiento y de la conciencia de que alguien ya murió— entra en contradicción con lo que interpreta el sistema sensorial. Se produce una tensión que los científicos llaman disonancia perceptiva: dos representaciones incompatibles existen en el cerebro a la vez.

Vanina Delpiano, licenciada en Psicología, señaló: “El duelo, la nostalgia intensa o el deseo de presencia pueden reducir la capacidad de distinguir entre realidad y proyección”. Esto aumenta la vulnerabilidad a aceptar la ilusión como auténtica, con consecuencias para la elaboración emocional de la pérdida.
La profesional aseguró que, el cerebro “no siempre distingue entre una experiencia real y una representación que nosotros podemos percibir como muy vívida. Por lo que pueden reactivarse emociones profundas asociadas a esa persona”.
En términos de duelo, agregó la profesional, “esto puede generar desde una conexión emocional reparadora, hasta una reactivación de aspectos no elaborados, por ejemplo, en el caso de los duelos, incluso uno podría pensar que pueden presentarse dificultades en la aceptación de la pérdida si la experiencia refuerza la sensación de la presencia, en este caso si pensamos como holograma”.
Además, precisó, “tenemos que tener en cuenta que hay una diferencia importante entre recordar a alguien y verlo. Recordar implica un proceso interno, mientras que el holograma, en este caso, va a introducir un estímulo perceptivo externo que puede generar una fuerte ilusión de presencia". Y afirmó: “Esto hace que la experiencia sea más intensa porque claramente está vinculado al recuerdo, incluso, como sería ver un video“.

La capacidad del cerebro para distinguir entre realidad e ilusión
El cerebro adulto, en estado de plena conciencia, mantiene mecanismos activos para diferenciar percepciones del entorno de representaciones internas. Según detalló el director de SOMA, este proceso se denomina reality monitoring. Pero no es infalible: el cansancio, la emoción o el duelo pueden debilitar esta función. En esos momentos, surgen lapsos en los que el sistema perceptivo cae transitoriamente en la ilusión, sin llegar a la alucinación, pero suspendiendo el escepticismo.
Laura Jurkowski, psicóloga especialista en adicción a las tecnologías, explicó: “La exposición frecuente a hologramas de un ser querido fallecido puede modificar gradualmente la manera en que el cerebro almacena el recuerdo de esa persona”.
Es decir, el recuerdo original, con sus matices y rasgos humanos, puede transformarse y ser reemplazado en parte por la versión idealizada que el holograma proyecta.
Al mismo tiempo, el neurocientífico apuntó: “El cerebro en proceso de pérdida es más vulnerable a aceptar la presencia ilusoria como real, aunque sea por segundos. Esos segundos no son triviales”.
Estudios de neuroimagen funcional muestran que cuando la función de etiquetado de realidad falla —por sueño, alta emoción o trastornos disociativos—, el cerebro procesa recuerdos internos como percepciones del exterior. Los hologramas crean situaciones ambiguas que desafían el reality monitoring de personas sanas.

Qué áreas cerebrales se activan y cómo afectan las emociones
Las investigaciones neurocientíficas indican que varias regiones cerebrales se activan tanto ante la presencia real de alguien como ante su proyección hiperrealista.
Se destaca el giro fusiforme facial (reconocimiento de rostros), la amígdala (procesamiento emocional), la corteza cingulada anterior (detector de conflicto cognitivo), la corteza prefrontal ventromedial (regula la respuesta emocional y su significado) y el hipocampo (dispara recuerdos episódicos).
El director del Instituto SOMA, sostuvo: “La diferencia principal entre la reacción ante un holograma y ante la persona real es una cuestión de grado, no de cualidad: el patrón neurológico es marcadamente similar”. El reconocimiento emocional de un holograma puede así disparar recuerdos y respuestas físicas intensas.
Los hologramas, a diferencia de fotos o videos, suman el procesamiento espacial 3D y maximizan la actividad de neuronas espejo, incrementando la sensación de presencia compartida en el espacio real.

El fenómeno de la reconsolidación y los riesgos de distorsión
La memoria humana se reorganiza constantemente, y cada vez que se accede a un recuerdo, este se vuelve maleable. La exposición repetida a un holograma puede hacer que los detalles del recuerdo original se alteren y que el cerebro conserve la versión más reciente y vívida, presentada por el holograma. Si la imagen proyectada resulta más intensa que la de la memoria genuina, la sustitución puede tener lugar progresivamente.
Según Waisburg: “Podríamos estar generando un fenómeno de ‘duelo congelado’: si el cerebro recibe estímulos constantes de un holograma, puede no completar el proceso natural de reorganización tras la pérdida”.
En este aspecto detalló: “Las personas en proceso de duelo activo, los niños que perdieron a un ser querido y las personas con tendencia a la disociación o con trastornos de ansiedad son las poblaciones mas vulnerables a la confusión cognitiva por exposición a hologramas de alta fidelidad”. Y aconsejó: “La supervisión clínica antes de este tipo de experiencias es clínicamente recomendable”.
Consultado por los efectos a largo plazo en el cerebro. El profesional indicó que “es quizá el aspecto más relevante desde la perspectiva clínica. La memoria humana no es un archivo estático: es un sistema dinámico que se reorganiza con cada activación”.
Los efectos a largo plazo de la exposición a hologramas de personas fallecidas dependen de la frecuencia y el momento de exposición, así como de la fidelidad del holograma. Las primeras etapas del duelo son especialmente sensibles a estas intervenciones.

Diferencias entre holograma y presencia sentida en el duelo
El fenómeno de sentir la presencia de quien murió ocurre naturalmente en el cerebro en situaciones de duelo, cuando se activan mapas de apego sin estímulo externo. En contraste, el holograma implica un estímulo sensorial real que toma el control del disparo neuronal. Ambas experiencias difieren neurológicamente, aunque puedan resultar similares desde lo subjetivo.
Estudios muestran que el 70-80% de las personas viudas percibe haber “sentido” o “visto” al cónyuge fallecido en los primeros meses tras la pérdida. Estas vivencias forman parte del proceso adaptativo natural de reorganización cerebral y difieren de las alucinaciones patológicas.
Respuestas físicas y emocionales desencadenadas por hologramas
El cerebro humano no distingue entre una amenaza o carga emocional real y una suficientemente vívida: desencadena las mismas respuestas fisiológicas, como llanto, piel de gallina, aumento de ritmo cardíaco, presión arterial y tensión muscular. El eje hipotálamo-hipofisario-adrenal interviene en la liberación de adrenalina y cortisol.
El Dr. Claudio Waisburg advirtió: “Las respuestas físicas ante un holograma pueden ser tan intensas como las vividas en la experiencia original, y en personas vulnerables pueden ocasionar complicaciones médicas serias”.
Para cerrar, el neurólogo reflexionó: “La tecnología puede reproducir a las personas que amamos. La neurociencia nos recuerda que esa reproducción ocurre en un cerebro real, con historia real, en un proceso de pérdida real. Eso merece mucho más que asombro tecnológico. Merece cuidado”.
Así, la tecnología de los hologramas hiperrealistas de seres queridos plantea así un escenario inédito para la mente humana y para la práctica clínica. El desafío ya no es solo reproducir a quienes amamos, sino comprender las huellas y riesgos que esta experiencia deja en el cerebro.
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