
La manera en que los seres humanos procesan y producen el lenguaje ha sido, durante décadas, uno de los grandes enigmas de la ciencia cognitiva. La visión tradicional de la lingüística, que domina desde mediados del siglo XX, sostiene que la mente organiza las palabras en estructuras jerárquicas: oraciones construidas a partir de reglas gramaticales universales y constituyentes que se ramifican como un árbol. Sin embargo, un estudio reciente de la Universidad de Cornell y la Universidad de Aarhus, publicado en Nature Human Behaviour, desafía este paradigma y aporta nuevas pistas sobre cómo funciona realmente la comunicación humana.
El modelo clásico: la gramática como un árbol
De acuerdo con la concepción dominante, formulada por figuras como Noam Chomsky, los hablantes internalizan una “gramática universal” que guía la organización de las palabras en frases y oraciones. Este modelo jerárquico explica que cada oración se compone de constituyentes, es decir, grupos de palabras que funcionan como unidades (por ejemplo, “el pastel” como frase nominal), los cuales se combinan siguiendo reglas precisas.
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Esta estructura, representada en diagramas de árbol, permite generar y comprender una infinidad de oraciones, incluso aquellas nunca antes escuchadas.

“El modelo jerárquico describe cómo las palabras y frases se agrupan en unidades mayores llamadas constituyentes”, explicó Morten H. Christiansen, investigador de Cornell. Así, la gramática no solo organiza el habla, sino que refleja una supuesta capacidad innata, exclusiva de la especie humana.
La hipótesis alternativa: piezas prefabricadas y memoria
El nuevo estudio propone que la mente humana podría apoyarse tanto en estructuras jerárquicas como en la memoria de secuencias lineales y fragmentos habituales. Según los autores, el cerebro no siempre recurre a la gramática abstracta, sino que también almacena y reutiliza combinaciones frecuentes de palabras. Christiansen señaló: “Fragmentos como ‘en el medio de’ o ‘me preguntaba si’ pueden ensamblarse para formar frases completas, sin requerir una estructura jerárquica compleja”.
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Los investigadores destacan que muchas de las secuencias más comunes en el habla no encajan en los modelos tradicionales. Tanto la síntesis de la Universidad de Cornell como el artículo original subrayan ejemplos como “puedo tener un” o “estaba en el”, que resultan esenciales para la comunicación cotidiana, aunque no respondan a reglas gramaticales explícitas.

Evidencia experimental y hallazgos clave
Para poner a prueba su hipótesis, el equipo realizó cuatro experimentos con 497 voluntarios. Las pruebas incluyeron análisis de lectura con seguimiento ocular y estudios de conversaciones telefónicas. Según Nature Human Behaviour, 68 participantes fueron estudiados durante la lectura asistida y 358 en situaciones de conversación oral.
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Los resultados mostraron que, tras exponerse a ciertas secuencias, los participantes reconocían y procesaban esas mismas combinaciones con mayor rapidez en contextos posteriores. Esto sugiere una predisposición a almacenar y reutilizar fragmentos lingüísticos, incluso si no se ajustan a las reglas clásicas. Christiansen consideró esto como una “prueba contundente” de que los patrones lineales son parte integral del conocimiento del lenguaje.
Implicancias para la enseñanza y la evolución del lenguaje
Según Yngwie A. Nielsen, uno de los autores, “el aporte principal es mostrar que las reglas gramaticales tradicionales no pueden explicar toda la representación mental de la estructura lingüística”. Este hallazgo tiene consecuencias para la investigación sobre la evolución del lenguaje y para los métodos pedagógicos en la enseñanza de segundas lenguas. Memorizar secuencias frecuentes, afirman, podría ser tan relevante como aprender normas gramaticales.
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Además, el estudio invita a repensar la supuesta exclusividad del lenguaje humano. Si la mente puede funcionar mediante la combinación de fragmentos memorizados, las diferencias entre la comunicación humana y la animal podrían ser menos profundas de lo que se creía.
Los autores sugieren que la necesidad de estructuras jerárquicas complejas podría haber sido sobrevalorada y que otras especies podrían compartir mecanismos similares de combinación de señales.
El lenguaje, bajo la lupa: una frontera abierta en la ciencia
Lejos de zanjar la discusión, los resultados abren una puerta para repensar los modelos con que se aborda el lenguaje. La gramática, entendida como una arquitectura rígida y universal, sigue demostrando su potencia explicativa, pero la evidencia experimental señala que la memoria de secuencias y patrones aprendidos ocupa un lugar inesperadamente central en la comunicación. El lenguaje, más que un código matemático, aparece como una herramienta flexible, moldeada por el uso y la experiencia.
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El desafío ahora será integrar estas perspectivas en nuevas teorías y enfoques pedagógicos, capaces de dar cuenta de la complejidad y la plasticidad de la mente humana. La pregunta sobre cómo pensamos, hablamos y entendemos el mundo sigue abierta, y cada hallazgo permite entrever hasta qué punto el lenguaje es, al mismo tiempo, estructura y memoria.
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