
En 2007, cazadores de Alaska hallaron en el cuello de una ballena de Groenlandia un fragmento de arpón datado en 1880. Este hallazgo demostró que la especie puede vivir hasta 130 años y renovó el interés científico por descifrar los mecanismos de la longevidad animal.
Además de la ballena de Groenlandia, existen otros ejemplos destacados que los científicos miran de cerca para conocer más en profundidad los secretos de la longevidad humana: la rata topo desnuda, que a pesar de su tamaño puede alcanzar los 40 años de vida; el murciélago de Brandt, que supera las cuatro décadas; los loros, que viven más de 60 años; y la tortuga gigante de Seychelles, Jonathan, cuya existencia comenzó antes de la inauguración de la Torre Eiffel.
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La reparación del ADN, la clave del envejecimiento saludable
La profesora Vera Gorbunova, codirectora del Centro de Investigación del Envejecimiento de la Universidad de Rochester, explicó a la revista Time que la longevidad no es resultado de una selección evolutiva directa. La mayoría de los animales muere antes de envejecer debido a depredadores, y solo en ambientes sin esta presión —como islas sin depredadores— algunas especies desarrollan adaptaciones que permiten ciclos vitales más largos y reproducción prolongada.

Para comprender estos procesos, el equipo de Gorbunova y otros investigadores estudiaron la reparación del ADN y la protección frente a mutaciones.
Un experimento con 800 ratas topo desnuda reveló que ninguna desarrolló cáncer, en contraste con la alta incidencia en humanos. Estos animales presentan niveles elevados de hialuronano, un componente del tejido conectivo que podría proteger el material genético. En 2025, se identificó en la rata topo desnuda una enzima que mejora la reparación del ADN. Además, las células de la ballena de Groenlandia contienen una proteína capaz de restaurar roturas en el ADN, y su uso en células humanas demostró una respuesta genética mejorada.
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João Pedro de Magalhaes, profesor de la Universidad de Birmingham, afirmó que la longevidad depende más del funcionamiento de los genes que de diferencias genéticas sustanciales. Aunque los humanos y los chimpancés comparten casi el mismo ADN, la esperanza de vida humana es el doble, lo que sugiere que la clave reside en la regulación genética a lo largo del tiempo.
El profesor Steven Austad, de la Universidad de Alabama en Birmingham, subrayó que la reparación del ADN es solo uno de los factores involucrados. Cada especie desarrolla estrategias distintas, adaptadas a su entorno. Por ejemplo, algunas aves pequeñas, pese a su metabolismo rápido y condiciones que limitarían su vida útil, pueden vivir mucho más que los mamíferos en cautiverio. Se ha observado que algunas aves diminutas viven tres veces más en estado salvaje que los mamíferos en zoológicos.
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Expectativas de trasladar los hallazgos al envejecimiento humano

En 2023, Gorbunova fundó Matrix Biosciences para investigar aplicaciones médicas derivadas del hialuronano. Paralelamente, la doctora Andrea Maier, de la Universidad Nacional de Singapur, encabeza un ensayo clínico basado en una molécula de algas pardas que activa enzimas capaces de extender la vida de ratones de edad avanzada.
No obstante, los especialistas insisten en la cautela. Richard Miller, de la Universidad de Michigan, advierte que, aunque los modelos animales ofrecen promesas, trasladar sus estrategias a la medicina humana aún es una hipótesis. “No está del todo claro si las estrategias de la rata topo desnuda, los murciélagos o la ballena de Groenlandia serían relevantes para la medicina humana”, señaló Miller a Time.
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La investigación sobre la longevidad animal está en una etapa inicial, pero los científicos prevén que, a medida que más laboratorios exploren estos mecanismos naturales, aumentarán las posibilidades de trasladar estos descubrimientos al ámbito clínico y abrir nuevas perspectivas para abordar el envejecimiento humano.
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