
Un accidente cerebrovascular (ACV) también conocido como ictus o infarto cerebral, se produce cuando el suministro de sangre que va al cerebro se obstruye o reduce. Esto evita que el tejido del cerebro reciba oxígeno y nutrientes, según explica la Clínica Mayo.
Cuando el flujo sanguíneo que va al cerebro se interrumpe, se trata de un ACV isquémico. Cuando un vaso sanguíneo cerebral se rompe y provoca un sangrado, es un ACV hemorrágico. En ambos casos, la falta de oxígeno daña rápidamente las neuronas y puede dejar secuelas permanentes si no se actúa de inmediato.
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Dentro de ellas, la espasticidad tras un accidente cerebrovascular (ACV) es uno de los mayores desafíos en la recuperación neurológica, afectando tanto la funcionalidad física como la vida cotidiana de los pacientes y sus familias.
Esta condición se manifiesta a través de espasmos involuntarios, contracciones musculares sin control y posturas anómalas, como un brazo doblado o pies en posiciones incómodas, lo que genera dolor y limita la autonomía.
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Según el doctor Máximo Zimerman, director del laboratorio de neuroplasticidad, estimulación y control motor de INECO y director médico de la Clínica de Rehabilitación ALCLA, “la espasticidad es una secuela común en las personas que han sufrido un accidente cerebrovascular o lesiones medulares, aquellas que tienen parálisis cerebral o enfermedades tales como esclerosis múltiple u otras patologías asociadas, aunque el ACV es la principal causa de espasticidad”, afirmó el doctor Zimerman.
La prevalencia de este trastorno motor es elevada: la doctora Verónica Matassa, médica especialista en Medicina Física y Rehabilitación y miembro fundador de la Sociedad Científica Latinoamérica de Rehabilitación (SOCILAR), subrayó que “el 60% de los pacientes con ACV desarrolla algún grado de espasticidad dentro de los seis meses luego del episodio. Es particularmente relevante realizar el diagnóstico lo más tempranamente posible, ya que la espasticidad no tratada puede requerir el doble de tiempo de recuperación y aumentar las complicaciones físicas”.
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El proceso de rehabilitación, según Daniel Prieto, licenciado en Terapia Física y cofundador del Centro de Rehabilitación Manos del Sur, exige constancia y compromiso a largo plazo.

Prieto explicó: “Es frecuente ver que, tras un ACV, personas que logran recuperar progresivamente cierto nivel de lenguaje y la marcha, abandonan la rehabilitación sin terminar un proceso que, gracias a la neuroplasticidad, es muy esperanzador. Aunque persista cierta renguera o la falta de movilidad en una mano, sienten que ya consiguieron bastante —lo que es cierto—, pero perseverar en el proceso de ‘readaptación’ y no bajar los brazos, a muchos podría permitirles caminar casi sin dificultad y recuperar funciones que parecían perdidas. Es fundamental continuar hasta alcanzar los objetivos planteados y el mayor nivel de rehabilitación posible”.
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El impacto de la espasticidad y el ACV trasciende lo físico, afectando la dinámica familiar y emocional. La reorganización de horarios, la adaptación de la vivienda, la necesidad de cuidados constantes y la incertidumbre sobre la evolución del paciente impactan de lleno en las emociones de toda la familia. Ansiedad, cansancio y frustración suelen aparecer, pero también se fortalecen la paciencia y la resiliencia cuando el grupo logra acompañar el proceso.
Los especialistas señalaron que “estas exigencias pueden generar desgaste, pero sostener los tratamientos en el tiempo es clave, porque está demostrado que la constancia se traduce en resultados concretos y en mejoras tangibles en la calidad de vida. Nunca es tarde para rehabilitarse, lo que tiene claras implicancias en la recuperación después de un ACV”.
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El acompañamiento social y emocional resulta tan relevante como la intervención médica. Juan Manzano Small, presidente de la asociación Por una vida libre de ACV, destacó: “Desde nuestro lugar, concientizamos para trabajar en prevención, pero también brindamos información confiable, promovemos redes de apoyo entre familias que atraviesan experiencias similares y colaboramos en visibilizar las dificultades cotidianas que plantea atravesar una situación así. El acompañamiento ayuda a sostener la motivación en los días más difíciles, pero también ofrece un espacio de contención y de intercambio de aprendizajes prácticos que enriquecen el recorrido”.
El abordaje integral de la espasticidad incluye
- Terapia física (ejercicios guiados de estiramiento, flexibilidad, movilidad articular, fortalecimiento muscular).
- Medicación, como la toxina botulínica tipo A (que actúa relajando los músculos tensos proporcionando beneficios significativos al reducir la rigidez muscular y aliviar el dolor).
- Cirugía. En algunos casos, cuando otras opciones no han sido efectivas.
Iniciar el tratamiento de manera temprana permite prevenir contracturas musculares permanentes y deformidades, además de reducir el dolor asociado.

Como recurso adicional, ya está disponible el sitio web www.unabrujulaentucamino.com.ar, que ofrece información validada para pacientes y familiares sobre cómo identificar la espasticidad, qué preguntas realizar al médico y dónde buscar ayuda.
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Entre los signos que requieren consulta médica, el portal detalla:
- Codo flexionado contra el pecho.
- Dedos de los pies curvados, curvatura hacia abajo.
- Codo extendido, difícil de doblar.
- Reflejos demasiado excitados.
- Aumento del tono muscular o resistencia.
- Extensión del dedo gordo del pie.
- Muñeca flexionada, dedo del autoestopista.
- Postura anormal.
- Espasmos musculares o calambres dolorosos.
- Mano en forma de puño con los dedos curvados.
- Rigidez en los brazos, manos, piernas o pies.
- Dificultad para estirar el músculo.
- Movimiento incontrolable o sacudidas.
- Flexión plantar del tobillo, pie apuntando hacia abajo.
- Extensión de la rodilla.
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