
“Escondidos” en un simple envase de plástico, una sartén antiadherente o un perfume, se encuentran sustancias químicas capaces de alterar el sistema hormonal sin que se advierta. Su funcionamiento es sencillo: imitan, bloquean o alteran la acción de las hormonas naturales que regulan procesos como el crecimiento, el metabolismo y la reproducción. ¿Su nombre? Disruptores endocrinos.
El temor a los disruptores endocrinos aumentó debido a su presencia constante en productos cotidianos y la inquietud sobre su potencial relación con el cáncer, debido a su potencial para interferir con el sistema hormonal.
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Sin embargo, existe un grupo de evidencia científica que muestra que el riesgo real de estos compuestos para la salud es menor de lo que suele temerse, explicó el Dr. Mikkael A. Sekeres, oncólogo del Centro Oncológico Integral Sylvester de la Universidad de Miami, en una columna en The Washington Post

El Dr. Sekeres profundizó que estos compuestos pueden alterar la comunicación hormonal por distintos mecanismos: sobreestimular o bloquear los receptores, o modificar la producción y disponibilidad de las hormonas, como el estrógeno, la testosterona y el cortisol. Se estima que existen más de mil tipos de disruptores endocrinos, con exposición constante a través de diversos artículos de uso diario.
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BPA, PFAS y ftalatos: los químicos cotidianos
Entre los disruptores endocrinos más habituales se encuentran el bisfenol A (BPA), las sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas (PFAS) y los ftalatos. El BPA se emplea en la fabricación de plásticos y resinas, presentes en envases de alimentos, botellas y vajillas.
La principal vía de exposición a este compuesto es la dieta, debido a la migración del BPA de los recubrimientos internos de latas y otros envases hacia los alimentos.
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Un estudio de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) detectó BPA en el 93% de más de 2.500 muestras de orina de personas mayores de seis años.
Aunque algunos productos se anuncian como “libres de BPA”, a menudo contienen otros bisfenoles similares. La Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) prohibió el uso de BPA en vasos y biberones para bebés.
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Las PFAS, conocidas como “sustancias químicas permanentes” por su persistencia ambiental, son comunes en utensilios de cocina, envases, alfombras y textiles, además de productos como hilo dental y algunos artículos de higiene femenina. También pueden contaminar el agua potable cerca de las plantas de fabricación.

Por su parte, los ftalatos se utilizan para aumentar la durabilidad de los plásticos y como disolventes en cosméticos, perfumes, champús, lacas y esmaltes de uñas. El dietil ftalato (DEP) es el más frecuente en productos de belleza. Además, tintes y alisadores químicos para el cabello pueden contener ftalatos y se relacionaron con algunos tipos de cáncer sensibles a las hormonas.
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Disruptores endocrinos y riesgo de cáncer
El vínculo entre estos compuestos y el cáncer fue objeto de numerosos estudios, aunque los resultados varían según la sustancia. En el caso del BPA, experimentos en laboratorio revelaron que puede estimular el crecimiento de células cancerosas, y un estudio asoció altos niveles de BPA en sangre con cáncer de próstata, sin que se detectara la misma relación para el cáncer de mama.
Otros trabajos no hallaron correlaciones consistentes en humanos. El Dr. Sekeres señaló que, si bien algunos datos de laboratorio apuntan a un riesgo, la investigación clínica aún no permite establecer un vínculo definitivo entre el BPA y el cáncer, aunque él prefiere envases de vidrio o metal para minimizar su exposición.
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Sobre las PFAS, la evidencia que las relaciona con ciertos tipos de cáncer es más sólida que en el caso del BPA, aunque sigue siendo menor que la de factores como el tabaco o el alcohol.
Niveles elevados de PFAS en sangre se relacionaron con cáncer de riñón, especialmente en la población negra, así como con cáncer de mama en mujeres posmenopáusicas y cáncer testicular en hombres.
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En 2024, la FDA anunció la eliminación gradual de PFAS en envases de alimentos, y la Agencia de Protección Ambiental (EPA) estableció límites para su presencia en el agua potable. Aunque la presencia de estas sustancias es difícil de evitar completamente, el Dr. Sekeres recomendó privilegiar alimentos frescos y poco procesados para reducir la exposición.

En cuanto a los ftalatos, estudios recientes exploraron su relación con el cáncer. Una investigación de 2020, que incluyó a más de 46.000 mujeres, halló que el uso de tintes permanentes para el cabello se asociaba con mayor riesgo de cáncer de mama, y que el uso frecuente de planchas para el cabello aumentaba el riesgo de cáncer de mama y de ovario.
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La utilización de alisadores químicos se asoció con una mayor posibilidad de cáncer de útero, aunque el riesgo absoluto continúa siendo bajo: la Sociedad Americana del Cáncer estima que la probabilidad de desarrollar cáncer de mama a lo largo de la vida pasa del 13 % al 14 % con el empleo de tintes permanentes.
De acuerdo con el Dr. Sekeres, aún se desconoce si los ftalatos son los responsables directos, o si otras sustancias químicas presentes en esos cosméticos podrían incidir en el incremento del riesgo.

Las autoridades estadounidenses restringieron el uso de BPA y PFAS en productos de consumo y agua potable, en respuesta a la preocupación por la exposición continua a disruptores endocrinos, aunque la evidencia sobre su impacto sigue en estudio.
El verdadero enfoque para reducir el riesgo
El Dr. Sekeres, en su columna para The Washington Post, aconsejó adoptar precauciones razonables para limitar la exposición a estas sustancias, pero recalcó que la atención debe centrarse en los factores de riesgo comprobados del cáncer.
Entre las medidas clave para disminuir el riesgo, recomendó no fumar, moderar el consumo de alcohol, mantener actividad física regular y optar por alimentos integrales. La eficacia de estos hábitos en la prevención del cáncer está ampliamente respaldada por estudios científicos.
Mientras la investigación sobre estos compuestos avanza, priorizar los hábitos saludables sigue siendo la estrategia más eficaz y probada para reducir el riesgo de cáncer.
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