
En la Argentina, siete de cada diez muertes se deben a enfermedades crónicas, con las cardiovasculares a la cabeza, según el último boletín de mortalidad del Ministerio de Salud de la Nación. Al mismo tiempo, el país envejece: la población de 65 años y más creció un 31% entre los censos de 2010 y 2022 y ya supera los 5,3 millones de personas, según el INDEC.
La Argentina destina cerca del 10% de su PBI a la salud, más que el promedio de los países de la OCDE, según un informe del IIEP (UBA-Conicet). Y aun así los números no cierran. Más enfermedades crónicas y más años de vida significan más demanda de atención, y financiadores con cada vez más dificultades para sostenerla.
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Conozco esta realidad desde dos lugares. Durante años trabajé como cardiólogo y hoy dirijo el Instituto Médico de Alta Complejidad (IMAC), en Buenos Aires. Esa doble experiencia me llevó, hace cinco años, a formarme en medicina de longevidad. Mi pregunta es simple: ¿cuánto nos cuesta llegar tarde, a cada persona y al sistema de salud, y cuánto se podría evitar si nos ocupáramos antes?

Llegar siempre tarde
Durante años atendí pacientes que llegaban con un infarto. Muchos tenían factores de riesgo conocidos desde hacía tiempo: presión alta, colesterol elevado, sedentarismo, sobrepeso, diabetes.
La medicina tradicional tiene herramientas extraordinarias para salvar vidas en ese momento. Pero muchas veces llegamos cuando el daño ya está hecho.
Y detrás de cada caso hay una persona. Alguien que a los 55 años sufre un infarto puede perder meses de trabajo, necesitar ayuda para tareas cotidianas y vivir con el miedo de que vuelva a pasar. Muchas veces, la familia entera reorganiza su vida alrededor de la enfermedad.
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Dirigir una institución de alta complejidad me mostró la otra cara del problema: lo que cuesta llegar tarde. Una angioplastia, días en unidad coronaria, el tratamiento de un ACV. Y después, muchas veces, rehabilitación, nuevas internaciones y pérdida de autonomía.
Del otro lado hay medidas sencillas: controlar la presión, detectar a tiempo una alteración del azúcar o del colesterol, moverse más, dejar de fumar y sostener los tratamientos. Y funcionan. Un amplio análisis publicado en The Lancet mostró que bajar 10 milímetros de mercurio la presión máxima reduce un 20% el riesgo de infartos, ACV y otros eventos cardiovasculares graves.
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Vivir más no alcanza
La medicina de longevidad no promete juventud eterna ni reemplaza a la medicina de siempre. Su objetivo es que vivamos más años con salud y autonomía. Hoy, en promedio, las personas pasan casi diez años de su vida con alguna enfermedad o discapacidad, según un estudio de la Clínica Mayo con datos de 183 países. Son años en los que cuesta subir una escalera, trabajar, viajar o jugar con los nietos.
Para eso mide lo que define cómo estamos envejeciendo: la presión, el colesterol, la glucemia, la composición corporal, la capacidad cardiorrespiratoria, el sueño y la actividad física.
Así nació Vivir Mejor Dr. Pérez (Vivirmejor.drperez), un proyecto de medicina de longevidad que busca transformar la prevención en un proceso personalizado y sostenido. Durante 120 días, el programa integra evaluación clínica, estudios diagnósticos seleccionados y seguimiento personalizado de hábitos para identificar factores de riesgo a tiempo y acompañar cambios que perduren.
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El gran desafío no es tener tratamientos, sino sostenerlos. En el mundo hay 1.400 millones de adultos con presión alta, pero solo el 23% la tiene controlada, según el último informe de la OMS sobre hipertensión. Y un informe de la OMS sobre adherencia estimó que, aun en los países desarrollados, apenas la mitad de los pacientes crónicos cumple su tratamiento. Detectar a tiempo es la mitad del trabajo. La otra mitad es acompañar.

Prevenir es una buena inversión
Prevenir conviene a todos: significa más años con salud, autonomía y proyectos. Un infarto evitado es una persona que sigue trabajando y disfrutando de su familia, y también una internación que no ocurre. Un hipertenso controlado tiene menos riesgo de sufrir un ACV. Alguien que mejora sus hábitos reduce sus chances de desarrollar diabetes.
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La OMS lo puso en números en su informe de 2025 Salvar vidas, reducir el gasto. Con una inversión adicional de tres dólares por persona al año en medidas como el control de la hipertensión, hacia 2030 se podrían salvar 12 millones de vidas, evitar 28 millones de infartos y ACV y generar más de un billón de dólares en beneficios económicos.
Una propuesta concreta
No todas las personas necesitan lo mismo. Un esquema eficiente ordena la atención según el riesgo de cada uno:
- Para toda la población adulta: un control básico de presión, colesterol, glucemia, peso y tabaquismo, con seguimiento de hábitos.
- Para quienes tienen riesgo alto: estudios más completos y un acompañamiento personalizado.
- Para quienes ya tienen la enfermedad: acceso oportuno a la alta complejidad.
Cada persona puede dar el primer paso por su cuenta: conocer sus valores de presión, colesterol y glucemia, y hablar con su médico sobre qué hacer con ellos. Nadie debería enterarse de que es hipertenso en una guardia.
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Alta complejidad y longevidad, juntas
Desde mi experiencia en el IMAC estoy convencido de que la alta complejidad y la medicina de longevidad no son modelos opuestos. Una institución preparada para resolver enfermedades graves tiene también lo que hace falta para prevenirlas: capacidad diagnóstica, especialistas y experiencia clínica. Eso abre un camino de trabajo conjunto entre quienes brindan la atención y quienes la financian.
Cambiar la ecuación
Durante mucho tiempo medimos al sistema de salud por cuántos pacientes atendió y cuántos procedimientos hizo. Quizás sea hora de sumar otra medida: cuántas complicaciones logramos evitar y cuántos años de autonomía preservamos.
El desafío no es solo vivir más, sino vivir mejor. Llegar a tiempo le da a cada persona más años de buena vida, y al sistema de salud, la posibilidad de gastar mejor.
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*El doctor Daniel Pérez es especialista en medicina de longevidad y director del Instituto Médico de Alta Complejidad (IMAC), en Buenos Aires.
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