El hijo de Romina Yan cuenta por primera vez cómo fue su vida después de la muerte de su madre y por qué a Darío Giordano no le dice “papá”. “No hay nada peor que la persona que te tiene que cuidar te violente”, asegura. A los 23 años, siente la necesidad de contarlo, de sacarse una mochila que viene cargando hace mucho tiempo y de ayudar a otros que puedan escucharlo y encontrar algo que les sirva en su historia.
“Eran golpes, gritos, maltrato. A mí nunca me gustó estudiar. Pero las ocho horas que pasaba en el colegio eran las mejores del día porque no volvía a mi casa. Yo sabía que, al volver, se desataba el infierno. Era constante. Sabía que no tenía escapatoria: agarrarme de los pelos, llevarme por la escalera, pegarme, dejarme encerrado en el cuarto, traerme la comida cuatro horas después, fría, apoyarla en el piso y decirme: ‘Tomá, comé’. Más allá de los golpes y la violencia, era la persona que supuestamente nos tenía que cuidar después de perder a nuestra mamá. Era todo durísimo”.
La conmoción que provoca el relato de un sobreviviente adulto de maltrato infantil expone el desierto en el que se encontró ese niño: dependía de los cuidados de quien lo lastimaba y necesitaba, para sobrevivir, que otro adulto le creyera y decidiera ayudarlo.
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Así describió Valentín Yankelevich, en una entrevista con Tatiana Schapiro para Infobae, la violencia que sufrió durante su infancia. El colegio era el lugar donde podía pasar unas horas sin tener que volver a la casa en la que lo lastimaban.
Son muchos los niños y niñas que viven situaciones de violencia infantil: atraviesa todas las clases sociales. No todos encuentran a alguien que les crea y actúe para protegerlos. Un informe publicado este octubre por la Oficina de Violencia Doméstica de la Corte Suprema muestra cuánto puede prolongarse ese sufrimiento.

Entre enero y septiembre de 2026, la oficina realizó 1.754 evaluaciones de situaciones de violencia que afectaron a niñas y adolescentes, a partir de las presentaciones recibidas en su sede de la Ciudad de Buenos Aires.
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El tiempo promedio de maltrato fue de cuatro años. En el 56% de las situaciones, los episodios ocurrían a diario o de forma semanal. Cuatro años tienen un peso enorme en la vida de una niña o un niño que crece mientras lo lastiman.
Algunos niños logran salir con la ayuda de un adulto que los escucha y actúa, como ocurrió en este caso. Otros llegan a la adultez tras atravesar años de violencia intrafamiliar, sin haber encontrado durante su infancia una protección efectiva.
Entre quienes consiguen contarlo, hay niños a los que les piden que comprendan al agresor. Ese desierto se extiende en el cuerpo y la mente. Si la persona a la que recurrieron tampoco los ayuda, saben que no hay salida.
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Lograron hablar de lo que les pasa, pero todavía deben volver al lugar donde los lastiman. La ilusión se enciende ante cada adulto al que se acercan: puede ser una posibilidad, alguien que se dé cuenta, que ayude, que los salve.
Para sobrevivir, comienzan a armar un kit de supervivencia: escuchan y observan a los adultos agresores, prevén sus movimientos e intentan evitar una nueva situación de violencia. No sirve de mucho, como ya conté en otras columnas.
Las señales que para otras personas pasarían inadvertidas adquieren un valor incalculable para la víctima. Les permiten anticipar el estado del adulto y calcular cómo comportarse. Cada uno sabe cuándo conviene hablar, esconderse, distraer a un hermano o permanecer lo más invisible posible.
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Hay un problema fundamental: los niños y niñas tienen derecho a la protección inmediata, pero para ejercerlo dependen, especialmente, de que los adultos reciban su palabra, les crean y actúen.
El relato infantil puede ponerse en duda por la edad, por la autoridad que se atribuye a sus padres o por la resistencia a admitir lo que ocurre dentro de una familia. Se les exige explicar, repetir, convencer. Mientras tanto, los golpes, las humillaciones, las amenazas, la violencia sexual y la negligencia pueden continuar. La renegación social del maltrato infantil es abrumadora: se sabe que existe, pero, cuando un niño o una niña lo señala cerca de nosotros, puede preferirse una explicación que conserve intacta la imagen de los adultos.
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Algunos niños logran hacerlo, como en este caso, aunque la mayoría debe esperar a la adultez para huir de la violencia intrafamiliar. Viven en el desierto, sin poder ver un horizonte de salida. Se trata de esperar: así lo cuentan muchos pacientes que han soportado estas formas de tortura.
Lo que a un adulto se le creería sin dudas —una mujer que denuncia violencia por razones de género, un hombre que denuncia una agresión—, en los niños se pone en duda, sin más, solo por la edad. De alguna manera, la sociedad no se hace cargo de la magnitud del maltrato infantil en forma de golpes, humillaciones, amenazas, abuso sexual, negligencia y otras formas de violencia en entornos familiares.
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Hablar puede ser una forma de salir de ese desierto, que queda impregnado para siempre en el alma. Poner en palabras lo vivido permite que el sufrimiento encuentre un destinatario, que alguien sepa lo que ocurre u ocurrió entre esas paredes. Los adultos sobrevivientes pueden necesitar hacerlo para nombrar lo que durante años tuvieron que callar y dejar de cargarlo en soledad. Es una forma de recobrar la dignidad arrebatada y señalar al agresor, aunque la justicia no sea posible por prescripción.
De los estudios internacionales se desprende que seis de cada diez niños menores de cinco años sufren regularmente castigos corporales o violencia psicológica perpetrada por sus progenitores y cuidadores, y que una de cada cinco mujeres y uno de cada siete hombres declaran haber sufrido abusos sexuales en la infancia.
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Se calcula que cada año mueren por homicidio 40.150 menores de 18 años, algunos de ellos, probablemente, como consecuencia del maltrato infantil. Se trata, casi con toda seguridad, de una subestimación de la verdadera extensión del problema, ya que muchas muertes debidas al maltrato infantil se atribuyen erróneamente a caídas, quemaduras, ahogamientos u otras causas, según la OMS.

El maltrato infantil tiene graves consecuencias físicas, sexuales y psicológicas, tanto a corto como a largo plazo. Entre ellas se encuentran lesiones, discapacidades graves, infecciones, trauma, ansiedad, depresión, ideación suicida y suicidio.
Son pocos los pacientes infantiles y adultos que padecieron violencia que, en algún momento, no piensan en quitarse la vida. No porque no quieran vivir, sino porque vivir así es la muerte verdadera. La otra opción aparece como un alivio.
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Un estrés severo o prolongado —el de estar siempre en alerta para intentar escapar del próximo golpe o soportar la humillación y el destrato— puede interferir con el desarrollo de los sistemas nervioso e inmune. Estos efectos también inciden en el aprendizaje: se relacionan con un funcionamiento cognitivo más pobre y un menor desempeño académico.
Los adultos que padecieron maltrato infantil presentan una alta predisposición a sufrir problemas físicos, psicológicos o de comportamiento.

Más allá de sus consecuencias para la salud, sociales y educativas, el maltrato infantil también tiene efectos económicos: costos de hospitalización y tratamiento psicológico, ausentismo laboral y gastos de los servicios de protección de menores y de atención de salud, en algunos casos durante toda la vida.
A pesar de esta evidencia médica, psicológica y financiera, en Argentina no existen campañas nacionales sostenidas de prevención de la violencia contra niños y niñas, con alcance territorial y evaluación de resultados.
La prevención del maltrato infantil necesita presencia en escuelas, centros de salud y comunidades; adultos capaces de reconocer la violencia y respuestas que protejan desde el primer pedido de ayuda.
De lo contrario, se le pide al niño que atraviese su infancia como un desierto.
*Sonia Almada es Lic. en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Magíster Internacional en Derechos Humanos para la mujer y el niño, violencia de género e intrafamiliar (UNESCO). Se especializó en infancias y juventudes en Latinoamérica (CLACSO). Fundó en 2003 la asociación civil Aralma que impulsa acciones para la erradicación de todo tipo de violencias hacia infancias y juventudes y familias. Es autora de cuatro libros: La niña deshilachada, Me gusta como soy, La niña del campanario y Huérfanos atravesados por el femicidio.
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