Trastornos de la conducta alimentaria: por qué la recuperación no termina con el alta y qué secuelas pueden requerir seguimiento

Restablecer el peso corporal y normalizar los parámetros clínicos rara vez señala el cierre del proceso. Especialistas consultadas por Infobae detallaron efectos físicos y emocionales persistentes, además de las claves para reconstruir una relación saludable con el cuerpo y la comida

Una mujer joven sentada en el suelo junto a una cama sostiene su cabeza con las manos frente a una báscula de baño.
La recuperación de un trastorno de la conducta alimentaria abarca la salud física, la salud mental, la autonomía para alimentarse y el retorno a la vida social. (Imagen Ilustrativa Infobae)
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Recuperar peso, regularizar los análisis de laboratorio o recibir el alta son hitos del tratamiento, pero la recuperación de un trastorno de la conducta alimentaria (TCA) abarca más que la mejoría de los parámetros físicos. Especialistas consultadas por Infobae señalaron que algunas consecuencias sobre la salud ósea, las hormonas, la digestión y la salud mental pueden requerir más tiempo, seguimiento y un abordaje interdisciplinario.

“No es correcto decir que necesariamente quedan secuelas, sobre todo permanentes”, aclaró la médica pediatra y coordinadora de la Secretaría de Medios y Relaciones Comunitarias de la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP), Ángela Nakab (MN 68.722). Sin embargo, advirtió que una persona puede mejorar físicamente y conservar “preocupación excesiva por el cuerpo, miedo a determinados alimentos, conductas restrictivas o una relación muy rígida con la comida”.

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La evolución depende del diagnóstico, de las conductas involucradas —restricción, atracones, vómitos o uso de laxantes—, de la gravedad, la duración y la edad de inicio. La recuperación contempla la nutrición, la autonomía para alimentarse, la salud psicológica y la posibilidad de retomar la vida social sin que la comida o la imagen corporal ocupen el centro de la escena.

Huesos, hormonas y digestión: las secuelas físicas que pueden requerir seguimiento tras un TCA

Una paciente joven sentada sobre una camilla conversa con una doctora en bata blanca que sostiene un portapapeles.
Las especialistas señalaron que algunas secuelas del TCA en la salud ósea, las hormonas y la digestión pueden requerir más tiempo y seguimiento interdisciplinario. (Imagen Ilustrativa Infobae)

La médica especialista en Nutrición, Ana Jufe (MN 74.310), explicó que “la mayoría de las complicaciones médicas mejoran o se revierten por completo luego de la recuperación nutricional y del peso corporal”. Aun así, precisó que algunas consecuencias pueden persistir de acuerdo con las características del cuadro.

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Entre ellas mencionó la osteopenia y la osteoporosis, sobre todo cuando el TCA ocurrió durante la adolescencia y se acompañó de amenorrea. “Cuanto más tiempo hubo amenorrea, mayores niveles de osteopenia”, afirmó. La densidad mineral ósea perdida no siempre se restituye por completo, lo que puede aumentar la vulnerabilidad a fracturas.

La médica pediatra especialista en Nutrición Infantil, Romina Lambert (MP 2.241), integrante del Comité de Nutrición de la SAP y de la comisión directiva de la filial Bahía Blanca, ubicó este riesgo en una etapa relevante del desarrollo. “El pico de masa ósea ocurre alrededor de los 20 años; si no se alcanza adecuadamente por déficit nutricional y alteración hormonal, el riesgo de osteoporosis y fracturas en la menopausia será mayor”, señaló. También advirtió que los déficits de vitaminas, minerales y macronutrientes durante la niñez y adolescencia pueden afectar el desarrollo corporal.

En cuadros restrictivos, como la anorexia nerviosa, Nakab indicó que la falta prolongada de energía puede alterar la función reproductiva, el eje tiroideo, el cortisol, la hormona de crecimiento y la IGF-1. “Muchas de estas alteraciones son adaptaciones del organismo frente a la falta de energía y van mejorando con la recuperación nutricional”, explicó.

Un doctor examina una radiografía de manos junto a una paciente en una oficina médica con afiches sobre salud ósea.
La anorexia nerviosa y otros cuadros restrictivos pueden alterar la función reproductiva, el eje tiroideo, el cortisol y otras hormonas que mejoran con la recuperación nutricional. (Imagen Ilustrativa Infobae)

La menstruación puede demorarse en volver incluso después de recuperar peso. Jufe sostuvo que eso puede ocurrir cuando persiste un bajo porcentaje de grasa corporal o pensamientos invasivos sobre la alimentación que mantienen un nivel de estrés capaz de inhibir la producción de hormonas sexuales.

Las secuelas digestivas incluyen gastroparesia funcional —un vaciamiento gástrico más lento—, tránsito intestinal enlentecido y constipación. Jufe las vinculó con restricciones intensas, que pueden agravarse si hubo vómitos autoinducidos o abuso de laxantes. En esos casos, agregó, también puede persistir el reflujo gastroesofágico por debilitamiento del esfínter del esófago.

“La pérdida del esmalte dentario provocada por los vómitos es irreversible”, alertó Jufe. Puede causar sensibilidad dental y elevar el riesgo de caries. Lambert añadió que los vómitos persistentes pueden generar daño crónico en la mucosa esofágica.

Las purgas también pueden asociarse con alteraciones de electrolitos y complicaciones cardiovasculares. Jufe mencionó fluctuaciones de presión arterial y frecuencia cardíaca, incluso tras la recuperación, vinculadas con la pérdida de músculo cardíaco.

Respecto de la regulación alimentaria, Nakab explicó que las señales de hambre y saciedad pueden modificarse transitoriamente. Durante la recuperación, algunas personas pueden sentir un hambre intensa o imprevisible. “Esto no significa que se pierda para siempre la capacidad de regular la ingesta”, afirmó.

La preocupación por el cuerpo y el miedo a comer pueden durar más que la mejoría física

Dieta trastornos alimentarios
La preocupación por el cuerpo, el miedo a comer, la ansiedad y la dismorfia corporal pueden durar más que la mejoría física en un TCA. (Freepik)

La recuperación psicológica puede tener otros tiempos. Según Nakab, pueden persistir “preocupación excesiva por el peso o por la imagen o forma corporal, miedo a determinados alimentos, sentir culpa después de comer, necesidad de controlar la alimentación o una gran sensibilidad a la mirada de los demás”.

Jufe mencionó la fobia a subir de peso, la dismorfia corporal, la dificultad para aceptar cambios físicos, la ansiedad y la rigidez mental. También pueden mantenerse comorbilidades, como depresión o trastorno obsesivo compulsivo, si no fueron abordadas de forma conjunta con el TCA.

La médica pediatra especialista en Nutrición y directora médica del Instituto de Nutrición y Metabolismo Infantil, Irina Kovalskys (MN 80.503), advirtió que “la persistencia de la desnutrición, una mayor comorbilidad psiquiátrica y una mayor rigidez cognitiva pueden dificultar, en algunas personas, la incorporación de una variedad más amplia de alimentos y, en consecuencia, el desarrollo de una mejor relación con la alimentación”.

Jufe describió la hipervigilancia corporal como “un estado de alerta constante” en el que la persona busca en gestos, expresiones y opiniones ajenas indicios de juicio sobre su físico. También pueden persistir la alimentación selectiva, la evitación de determinados productos, los picoteos, las sobreingestas o atracones aislados.

Lambert remarcó que los TCA presentan una mayor asociación con depresión y autolesiones. El pronóstico, indicó, está ligado a la adherencia al tratamiento y a la presencia de comorbilidades psiquiátricas.

La recuperación apunta a que la comida deje de organizar la vida cotidiana

Dieta restrictiva.- (Imagen Ilustrativa Infobae)
El tratamiento del trastorno de la conducta alimentaria requiere un abordaje interdisciplinario con terapia, rehabilitación alimentaria y apoyo familiar para recuperar flexibilidad con la comida. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Las especialistas coincidieron en que es posible recuperar flexibilidad en la alimentación. Jufe consideró esencial un tratamiento interdisciplinario con profesionales especializados y herramientas validadas, como terapia cognitivo-conductual o terapia dialéctico-conductual, según cada situación.

“Es necesario rehabilitar y reaprender a vincularnos con todos los alimentos, no intentar restringirnos”, planteó. El trabajo puede incluir exposición gradual a comidas temidas, abordaje de la imagen corporal, las comorbilidades y los traumas, además de la participación de familiares o seres queridos.

Nakab formuló una meta terapéutica: “Que el hecho de comer pueda volver a ser una actividad cotidiana y no una fuente permanente de miedo, de culpa o de control”. El proceso también busca retomar situaciones habituales, como comer con otras personas, asistir a festejos, viajar o salir a restaurantes.

Kovalskys señaló que una evolución favorable se vincula con intervención nutricional temprana, recuperación adecuada de peso y crecimiento, abordaje precoz e interdisciplinario e intervenciones familiares y conductuales.

El rol del entorno: puede proteger la recuperación o ser un disparador de recaídas

Cuatro personas sentadas a una mesa de madera comen ensalada, vegetales y pollo servidos en platos en el interior de una cocina.
Las especialistas advirtieron que la recuperación de un trastorno de la conducta alimentaria exige apoyo familiar, detección temprana de recaídas y controles médicos, nutricionales y de salud mental. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Luego del tratamiento, la persona vuelve a contextos donde abundan mensajes sobre dietas, calorías, ejercicio, pérdida de peso y cuerpos ideales. Nakab recomendó que familiares, amistades y adultos significativos eviten opinar sobre el cuerpo o el peso y no transformen la comida en un tema de vigilancia permanente.

“El acompañamiento familiar no significa controlar indefinidamente lo que come una persona”, diferenció. El objetivo es favorecer una autonomía progresiva y reconocer señales de alarma.

Kovalskys puso el foco en la adolescencia, cuando identidad y autoestima aún están en formación. Las redes sociales, los gimnasios y los espacios con espejos pueden resultar desafiantes. También lo son situaciones como usar traje de baño frente a pares o asistir a reuniones con pocas opciones alimentarias. “Se espera que puedan contar con ese acompañamiento ante situaciones que todavía podrían resultar desafiantes”, indicó.

La recuperación puede ser completa, pero las recaídas deben detectarse temprano

Una adolescente de cabello corto y castaño, con auriculares negros, se sienta en el suelo en el interior, con las rodillas recogidas y la cabeza inclinada hacia abajo
Las recaídas en un trastorno de la conducta alimentaria deben detectarse temprano mediante señales como restricción, ejercicio compulsivo, aislamiento y preocupación excesiva por el peso. (Freepik)

Las especialistas prefieren hablar de recuperación antes que de cura. Kovalskys explicó que puede ser completa o parcial y que se evalúa a partir del peso y el crecimiento adecuados, la recuperación menstrual cuando corresponde, la autonomía, la flexibilidad alimentaria y la salud psicológica y psiquiátrica.

Nakab señaló que el alta “no significa el final de todo contacto con el sistema de salud”. Según el caso, pueden sostenerse controles médicos, nutricionales, psicológicos o psiquiátricos. Entre las señales tempranas de recaída enumeró la restricción, la evitación de comidas, el ejercicio compulsivo, el retorno de conductas compensatorias, el aislamiento y la preocupación excesiva por el peso o la imagen.

“Una recaída no significa que el tratamiento haya fracasado”, sostuvo. Jufe recomendó que quien aún no se sienta bien después del alta consulte nuevamente: “Que accione según lo aprendido y no según lo que los pensamientos del TCA le dicen”.

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