
Son las 2:30 de la mañana, miramos la pantalla del smartphone y el brillo preanuncia un despertar. Sabemos que hay que empezar el día en menos de cinco horas, que vamos a estar agotados y que deberíamos estar durmiendo. Sin embargo, actualizamos sin cesar el feed, reproducimos un video breve sin siquiera terminarlo, luego otro, y otro más. No lo estamos disfrutando, de hecho, sentimos una mezcla de cansancio, sueño y culpa.
Por alguna razón, no podemos apagar el dispositivo.
Si esta escena nos resulta familiar, es porque es cada vez una consulta más frecuente. Si bien nos plantean falta de voluntad, no es eso, nuestro cerebro ha sido secuestrado (hijacked).
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Históricamente asociamos la adicción al consumo de sustancias químicas, pero en la era digital nuestro cerebro está siendo hackeado por hábitos cotidianos. Contrariamente a lo que se cree, el eje de la trampa que esclaviza, tal como sugiere la palabra adicto (adictus- esclavo) no está en la recompensa sino en la anticipación de ella, un ciclo que nos deja eternamente insatisfechos.
Para entender cómo caímos en esta trampa, similar a otros consumos problemáticos, necesitamos analizar el problema desde diferentes miradas de las ciencias del comportamiento: la ecología, arquitectura y cartografía de nuestros comportamientos.
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Aunque obras de divulgación como “Dopamine Nation”, de Anna Lembke, han popularizado parte de esta problemática, el verdadero mecanismo que nos esclaviza se explica a través de décadas de evidencia neurobiológica.
Ecología del comportamiento: el choque de paradigmas

Durante la mayor parte de la historia humana, nuestro cerebro evolucionó en un contexto de administrar lo escaso, una “ecología de la escasez”. La dopamina, que popularmente conocemos como “la hormona de la felicidad y de la recompensa”, en realidad nos ayudó a sobrevivir. No nos premiaba por estar satisfechos, nos premiaba, motivaba, impulsaba para buscar: agua, alimento, refugio etc. Es decir, anticipa una recompensa y el placer de obtenerla. Es la molécula que modula la motivación por anticipar una recompensa prevista.
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No aumenta necesariamente al máximo cuando logramos algo (obtener el premio, comer el chocolate, ver el like), sino en los instantes previos. Es más el “lo quiero” y no el “me gusta”, lo que daría la diferencia. Esto explica por qué el acto de hacer scroll infinito o esperar a que cargue un video es más adictivo que el contenido en sí mismo. Nos volvemos adictos a la búsqueda de la recompensa, un alimento, o un like.
El problema es que el sistema de recompensa, diseñado para sobrevivir en la escasez, de pronto se encuentra habitando una ecología de hiperabundancia tecnológica, que desborda nuestra capacidad de procesamiento.
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El resultado es un colapso de ese sistema que administra lo escaso, que Lembke denomina “secuestro dopaminérgico”. Científicamente este concepto se lo conoce como secuestro neural (Neural hijacking), y es una desregulación del circuito de recompensa, investigado por Nora Volkow, directora del Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas de EEUU, quien por medio de neuroimágenes demostró cómo la sobreestimulación crónica reduce drásticamente los receptores de dopamina en el cerebro.
Arquitectura del comportamiento: la trampa de la “fricción cero”

En el pasado, cualquier recompensa requería pasos, tiempo y un gran esfuerzo físico y/o mental. Había “fricción” entre el deseo y la satisfacción. Hoy la búsqueda para generar y facilitar el consumo, es crear sistemas que tiendan a la llamada “fricción cero”. Ya no hay que cazar ni caminar; basta con deslizar un dedo.
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Un ejemplo simple es la comunicación, o los sistemas de compras, pedidos de préstamos o más aun los juegos de apuestas. La facilidad e inmediatez evita todo esfuerzo que posibilitaría espacios de pausa y reflexión. Y en esto radica el gran engaño de la dopamina: su pico máximo no ocurriría cuando obtenemos la recompensa, sino en los instantes previos. A este fenómeno de anticipación, que no se gota allí, se lo denomina “Error de Predicción de Recompensa”, planteado en los años 90 por el neurocientífico Wolfram Schultz.
Tras este pico, hay una caída compensatoria (Drug addiction, dysregulation of reward, and allostasis), que nos empuja a buscar el estímulo nuevamente. Y allí el circulo interminable y creciente ya que en realidad somos cada vez más adictos a ese circuito de anticipación, de promesa de la recompensa, que a la real recompensa.
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Por eso el acto de hacer scroll infinito o esperar a que cargue una notificación puede ser más adictivo que el contenido en sí mismo. Y es aquí donde se traza el paralelismo ineludible con las drogas, son de fácil acceso y en contextos que validan, es decir sin fricción; al igual que una pantalla inyecta estímulos sin fricción.
El daño neuronal potencialmente es menor, sin embargo es del mismo tipo.
Es ahí donde este pasaje y/o sumatoria de las sustancias a los comportamientos crea un nuevo paradigma. Las drogas tradicionales (cocaína, alcohol, etc.) liberan cantidades masivas de dopamina químicamente, y las pantallas, los videojuegos, el porno y las redes sociales lo hacen de manera conductual. Ambas activan el mismo circuito neuronal. Hay quienes han llamado a esto “democratización de la adicción”: todos somos vulnerables porque el “dealer” está en nuestro bolsillo las 24 horas y de hecho nos envía notificaciones.
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Cartografía del comportamiento: el mapa del placer y el dolor

¿Hacia dónde nos lleva este estímulo constante? Imaginemos que en nuestro cerebro existe una balanza, donde se procesa el placer y el dolor (o recompensa y castigo). Cada vez que la balanza se inclina fuertemente hacia el placer (al recibir un like o ganar en un videojuego), el cerebro busca compensar, la homeostasis que es el sistema de equilibrio de toda nuestra fisiología, presiona el lado de la privación de la recompensa o el castigo, como forma de balancear.
Este mecanismo compensatorio homeostático es el que nos mantiene vivos, como ocurre, por ejemplo, en otras áreas como la del aparato cardiovascular.
Volviendo al comportamiento, inmediatamente después del pico dopaminérgico, hay una caída post-recompensa sin llanura de satisfacción, sino que se reinicia el ciclo. No volvemos a un estado de base normal, sino que caemos por debajo de esta. La compulsión surge de ese estado de abstinencia y malestar, que aunque débiles llevan a repetir la acción urgente para salir del malestar.
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Este circuito tiene una consecuencia neuronal y es la regulación a la baja (downregulation) de los receptores de dopamina. Esto es que ante el incremento y picos constantes y repetidos de dopamina, el cerebro se defiende reduciendo la sensibilidad o la cantidad de receptores disponibles para protegerse de esa sobreestimulación.
Con el sobreestímulo crónico, viene la adaptación neuronal que conocemos como tolerancia. Y ahí ocurre algo opuesto a lo buscado, esa “balanza” del cerebro, cambia la línea o punto de ajuste basal. La balanza ya no está en equilibrio sino por defecto inclinada hacia el malestar.

Aquí es donde ese mapa, esa cartografía de la adicción, es de pronóstico sombrío y es el núcleo de la adicción, que se manifiesta por estos aspectos:
- Tolerancia: Ya no hacemos scroll o consumimos pantallas, juegos, compras, etc., durante horas para sentirnos bien, lo hacemos simplemente para dejar de sentirnos mal. A la vez necesitamos estímulos cada vez más fuertes solo para intentar lograr infructuosamente un equilibrio.
- Anhedonia, la ausencia del placer: Estando en ese polo del malestar las recompensas más simples y de baja dopamina, como leer un libro, tener una conversación profunda, caminar por la naturaleza ya no impactan igual y aparte requieren de más tiempo. Nos parecen aburridas por estímulo y por impaciencia.
Estamos atrapados en un ciclo donde la búsqueda del próximo estímulo rápido nos va vaciando, dejándonos en un estado crónico de ansiedad, irritabilidad e insatisfacción.
El camino es reconocer que estamos atrapados en ese ciclo que Baudelaire llamó el paraíso artificial. Por ejemplo, entender que esa ansiedad nocturna frente a la pantalla es la respuesta fisiológica lógica a un entorno diseñado para sobre estimularnos.

Al mismo tiempo, rediseñar sistemas de nuestro entorno. No apelar únicamente a la voluntad sino construir espacios conceptuales propicios diferentes. El mundo externo no nos pone freno, fricciones, sino que las quita, por ende, tenemos que construirlos nosotros. Algunas opciones incluyenel llamado ayuno de dopamina, que es la abstinencia temporal de estímulos buscando recuperar un nivel de base.
Otro, es buscar incrementar la fricción, dormir con el celular lejos de la habitación, el uso de aparatología más simple o con menos funciones, desinstalar aplicaciones de las mismas, etc. Es decir, que sea más dificultoso ese mecanismo automático. Por último buscar actividades que desde esta perspectiva pueden originar malestar, sobre todo impaciencia: leer en papel durante espacios de tiempo mínimos, el ejercicio físico, tareas manuales, sin sistemas que nos reclaman adosados a nosotros, dotarnos de tiempos dedicados sin interrupciones, etc.
En la era de la indulgencia extrema y la gratificación inmediata, los caminos no pasan por pensar más sino construir sistemas y derroteros, por eso la arquitectura y cartografía, ya que apelar a nuestra voluntad puede ser parte de la trampa.
* El doctor Enrique De Rosa Alabaster se especializa en temas de salud mental. Es médico psiquiatra, neurólogo, sexólogo y médico legista
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