¿Qué pasa cuando el sueldo alcanza cada vez para menos? ¿Cuando una deuda se acumula, una cuenta vence y no está claro si el mes próximo será posible afrontar los mismos gastos? La preocupación por el dinero suele pensarse como un problema estrictamente económico, pero también puede convertirse en una fuente persistente de alerta, angustia y ansiedad.
En un contexto marcado por la inflación y la incertidumbre sobre el poder adquisitivo, la psicóloga Marina Mammoliti, creadora del pódcast Psicología al desnudo, explicó en Infobae a la Tarde por qué las dificultades financieras pueden tener un impacto profundo en el bienestar emocional. Su explicación parte de una idea sencilla: el dinero no representa solamente capacidad de consumo, sino también una sensación básica de seguridad.
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“Lo económico hoy, es decir, el dinero, la plata, es el equivalente a todo aquello que nos da seguridad. Yo, cuando tengo plata, puedo pagar el alquiler, comer, satisfacer todas mis necesidades básicas”, explicó Mammoliti. “Con lo cual, si yo no tengo dinero o no sé si voy a poder llegar a fin de mes, el miedo evolutivo que se nos activa tiene que ver con: ‘me voy a morir’. Es una cuestión de supervivencia cien por ciento, con lo cual el no tener dinero puede ser un gran disparador de ansiedad y tiene que ver con ese miedo evolutivo”.
La explicación permite entender por qué una situación financiera que, en apariencia, podría resolverse con una decisión práctica puede generar una respuesta emocional mucho más intensa. El problema no está únicamente en cuánto dinero falta, sino también en lo que esa falta representa para la posibilidad de sostener la vida cotidiana.
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Cuando la incertidumbre económica se convierte en ansiedad
Mammoliti explicó que la ansiedad aparece frente a una amenaza que la persona percibe que debe resolver, y que esa respuesta tiene una función adaptativa. “Siempre que nosotros tengamos una amenaza del exterior o interna que tengamos que resolver, nuestro sistema lucha-huida se va a activar”, señaló, antes de remarcar que se trata de un mecanismo ligado a la supervivencia.
Ese mecanismo puede resultar útil cuando existe un problema concreto y una posibilidad de actuar sobre él. La dificultad aparece cuando la amenaza permanece abierta durante semanas o meses, como puede ocurrir con una deuda que no se logra cancelar, gastos que se acumulan o la incertidumbre constante sobre si los ingresos alcanzarán para cubrir las necesidades del mes siguiente.
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“Si estoy preocupado por una deuda que tengo, eso me complica para el resto de las cosas de mi vida”, sostuvo la psicóloga. La preocupación económica puede entonces dejar de estar circunscripta a las cuentas y empezar a afectar la concentración, el descanso, el trabajo, los vínculos y la posibilidad de disfrutar de otras actividades.
Por eso, para comprender el impacto psicológico de una crisis económica no alcanza con observar cuánto dinero tiene una persona o qué gastos puede afrontar. También es necesario mirar cuánto tiempo permanece en estado de alerta y qué lugar ocupa esa preocupación dentro de su vida cotidiana.
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La pregunta clave: ¿la ansiedad me ayuda a resolver o me paraliza?
Una de las distinciones centrales que planteó Mammoliti durante la entrevista fue entre la ansiedad funcional y la disfuncional. La diferencia no está en la existencia de la emoción, sino en si esa respuesta permite enfrentar una situación concreta o termina generando un nivel de malestar que ya no guarda relación con aquello que la desencadenó.
“La ansiedad funcional es aquella que me ayuda a resolver. La ansiedad disfuncional no baja y tiene varias características”, explicó la especialista. Para ella, una persona puede sentir preocupación ante un problema económico y utilizar esa energía para revisar sus gastos, buscar alternativas o tomar una decisión, pero la respuesta se vuelve problemática cuando la intensidad de la ansiedad supera las demandas reales de la situación.
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Mammoliti utilizó un ejemplo para explicar esa diferencia y mostrar que el mecanismo puede aparecer incluso frente a situaciones cotidianas. “Si yo siento un nivel de ansiedad diez de diez porque acabo de subir una foto y tengo cinco me gusta, o acabo de mandar un mail y dos minutos después entro en colapso, ese monto de ansiedad no me ayuda a resolver”, planteó.
“Es decir, no está ajustado a lo que la situación me exige”, completó la psicóloga. La frecuencia, la intensidad y la duración de la respuesta son, en ese sentido, algunos de los elementos que permiten observar cuándo una emoción que puede ser útil frente a una amenaza concreta comienza a interferir con la vida cotidiana.
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El estrés económico también puede aparecer cuando no hay una necesidad básica en juego
La relación entre dinero y ansiedad no se limita a las situaciones de pobreza o a la imposibilidad de cubrir necesidades esenciales. Una persona puede conservar la capacidad de pagar sus gastos básicos y, sin embargo, experimentar angustia frente a la pérdida de determinados consumos, hábitos o condiciones de vida.
Mammoliti explicó que allí interviene una dimensión simbólica que muchas veces pasa inadvertida. “No lo tenemos que pensar en términos de lo concreto, sino más bien simbólico y, a veces, ni siquiera es tan racional”, señaló, al referirse a las decisiones económicas que pueden ser interpretadas como una señal de pérdida de estatus o fracaso personal.
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“Probablemente yo puedo racionalizar que si cambio a mis hijos de colegio, eso no significa que yo estoy completamente derrotada. Pero el ser humano necesita ser aceptado por la manada”, explicó. “Si yo hago algo que no está dentro de los parámetros del éxito de esa manada, me van a excluir”, agregó.
La comparación con los demás puede transformar así una decisión financiera en una experiencia emocional mucho más profunda. No se trata solamente de qué se puede comprar, sino de lo que determinados bienes, servicios o hábitos representan para la identidad de una persona y para la sensación de pertenencia a su entorno.
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Las redes sociales suman nuevas “microamenazas”
A la incertidumbre económica se agrega, además, una característica de la vida contemporánea: la exposición permanente a estímulos y comparaciones. Mammoliti planteó que el sistema nervioso convive actualmente con una cantidad de señales que pueden mantenerlo en un estado de alerta casi constante.
“Tenemos microamenazas constantes. Es decir, vivimos con una hiperestimulación: celulares 24/7 con notificaciones 24/7, comparación constante en redes sociales, que todo el tiempo nos están haciendo que nos comparemos y, por ende, sintiéndonos menos que los demás o que nunca soy suficiente”, describió.
El efecto es que una preocupación puede acumularse sobre otras sin que exista un momento claro de desconexión. El problema financiero de una familia puede convivir con la presión laboral, la necesidad de responder mensajes, la comparación con otras personas y la sensación de que siempre hay algo más que resolver.
En ese escenario, la psicóloga advierte que no existe un único disparador de ansiedad que funcione de la misma manera para todos. “Cada uno tiene su propio mapa de la ansiedad. Probablemente a vos o a mí no nos desencadene el mismo nivel de ansiedad las mismas cosas”, explicó.
Identificar ese mapa personal implica reconocer qué situaciones activan la respuesta de alerta, qué pensamientos aparecen y qué conductas se ponen en marcha. Para Mammoliti, esa observación es importante porque permite dejar de pensar la ansiedad como una experiencia idéntica para todas las personas y empezar a trabajar sobre los factores específicos que la desencadenan.

Cómo reconocer cuándo la preocupación necesita atención
Sentir ansiedad frente a una situación económica difícil no significa, por sí solo, que exista un trastorno. Preocuparse cuando los ingresos no alcanzan, cuando aumenta una deuda o cuando existe incertidumbre sobre el futuro puede ser una reacción esperable frente a una dificultad concreta.
La señal de alerta aparece cuando esa preocupación adquiere una intensidad, una frecuencia o una duración que comienza a interferir con la vida cotidiana. En esos casos, la cuestión ya no es simplemente cuánto preocupa el dinero, sino qué capacidad conserva la persona para descansar, trabajar, vincularse y desarrollar sus actividades habituales.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que 359 millones de personas padecían un trastorno de ansiedad en 2021, lo que convierte a este grupo de trastornos en uno de los problemas de salud mental más extendidos en el mundo. La organización también señala que existen tratamientos eficaces, pero que apenas una de cada cuatro personas que los necesita recibe atención.
La conversación con Mammoliti permite, en definitiva, correr el foco de una idea instalada: que toda ansiedad debe ser eliminada o que sentirse desbordado frente a la incertidumbre económica es simplemente algo inevitable. La pregunta más útil es otra: ¿esta ansiedad me está ayudando a resolver lo que me preocupa o ya está ocupando una parte de mi vida que no debería ocupar?
En un escenario donde llegar a fin de mes puede convertirse en una fuente recurrente de incertidumbre, reconocer esa diferencia puede ser el primer paso. La dificultad económica puede ser real y no estar bajo el control de una persona, pero comprender cómo esa amenaza se instala en la mente y en el cuerpo permite identificar señales de alerta, desarrollar herramientas para afrontarla y recurrir a ayuda profesional cuando sea necesario.
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