
Cuando se habla de consumo de sustancias se suele recurrir a la imagen de un sujeto solo, aislado, apartado de vínculos sociales, un acto oculto e individual. La realidad hoy es frecuentemente la del consumo en marcos sociales, que incluso lo validan.
Un reflejo de esto, por ejemplo, es la expresión “drogas recreacionales”, que le quita peso a la real gravedad donde el eje no es el goce. En este contexto de lo social, lo compartido, está el consumo de drogas que involucra a una pareja.
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En este escenario, la búsqueda de reduccionismos, de simplificaciones, la primera reacción suele ser buscar un responsable, un culpable. Es así que las palabras “facilitador,” “proveedor”, parecen encapsular y cerrar la dinámica del consumo en pareja.
Sin embargo, décadas de investigación muestran que la influencia mutua es mucho más compleja: las parejas pueden iniciar, mantener, potenciarse o incluso, en un aspecto mucho más positivo, superar juntas una adicción. Los casos que adquieren notoriedad, aún más, mediáticos, muestran de manera amplificada y, en algunos casos, distorsionada, una cuestión central, y es que casi siempre existe desde el inicio la misma pregunta: ¿Quién llevó a quién?
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Esta pregunta parece lógica e inocente. Si alguien indujo, inició a otro, tenemos una explicación sencilla para un fenómeno mucho más complejo. Tranquiliza e incluso permite eventuales derivas legales, y aquí una de las claves es decidir si pensar en comprender para asistir o etiquetar culpables y víctimas. Esto será concerniente a otra área, la legal y la aplicación o no de penas.
El consumo compartido no suele responder a explicaciones lineales

Lamentablemente, aún hoy el tema de las adicciones está atravesado de forma profunda por un sesgo jurídico y de seguridad, existentes por cierto, pero que no permiten abordar los comportamientos en su totalidad y buscar alternativas de salida.
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Frente a este paradigma cerrado, la investigación sobre adicciones y relaciones de pareja muestra un panorama muy diferente.
El consumo compartido rara vez responde a explicaciones lineales, a una historia de un único “inductor” y una única “víctima”, donde hay quien somete y quien es sometido y con eso se cierra el tema.
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Si existen esos casos, con mucha más frecuencia se construye un proceso diádico, donde confluyen vulnerabilidades individuales, influencia recíproca, contagio emocional y necesidades emocionales compartidas.
Una pareja no comparte solo una casa o un proyecto de vida. También terminan compartiendo hábitos, horarios, formas de divertirse, estrategias para enfrentar el estrés e incluso maneras de enfermar.
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En ese intercambio de hábitos, comportamientos, pensamientos o por el contrario, en el conflicto de estos, es que se establece la dinámica de una pareja, aun sea esta de corta existencia.

Este fenómeno es conocido como convergencia conductual, y nos muestra cómo con el paso del tiempo, quienes conviven y/o comparten experiencias, tienden a parecerse cada vez más en numerosos hábitos y estilos de vida. Las conductas se aprenden, modifican y construyen dentro de las relaciones. Esto nos explica, en parte, los puntos de convergencia y especialmente de disenso o conflicto.
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Estudios amplios y sistemáticos en cuanto a la población tomada, han demostrado que quienes conviven tienden a parecerse cada vez más en aspectos tan distintos como el consumo de alcohol, tabaco, cannabis, la actividad física, el sueño, la alimentación e incluso el peso corporal.
Las conductas se aprenden, se normalizan, racionalizan, y en ese contexto, comportamientos nocivos, como por ejemplo el consumo de tóxicos, puede ingresar a la relación de diversas maneras.
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Algunas veces uno de los integrantes consumía previamente, conducta que podía ser conocida o incluso, muchas veces, ocultada. En otros casos, ambos llegan con experiencias previas o aun un consumo establecido.
También el consumo puede comenzar dentro de la relación como parte de una actividad recreativa aparentemente ocasional, esto puede ser por iniciativa de una de las partes o un acuerdo.
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Las formas son diversas, pero es importante entender que a los fines clínicos la pregunta no es averiguar quién empezó u ofreció el primer paso, sino qué función cumple ese comportamiento, y no necesariamente la sustancia, dentro del vínculo. Para ayudar a alguien en un situación de riesgo como son los consumos, no hay que pensar en la droga, sino los comportamientos relacionados en primer lugar.
Ese consumo puede ser parte de un ritual de diversión, las famosas drogas recreativas, o el consumo de alcohol por pertenencia social o grupal. Puede ser una especie de secreto compartido que hace a la intimidad, al permitirse en ámbitos privados espacios de cierta transgresión.
También, muy habitualmente es un regulador emocional, por ejemplo, una forma de escapar del estrés o ahogar una disfuncionalidad de la pareja o la violencia o frustración de uno de sus miembros. También puede ser una forma no demasiado consciente pero sabida de evitar conflictos que la pareja no consigue resolver. Puede ser una forma de establecer vínculos de poder y jerarquía dentro de la pareja, o “pruebas de amor”, etc.
Las posibilidades son varias, lo concreto es que el problema no es lineal y deja de ser exclusivamente individual, para pasar a ser la sustancia parte del funcionamiento de la relación o quizás la prótesis que le permite seguir avanzando, en realidad postergando y tapando el desenlace. Desde los estudios del comportamiento, la pareja no se entiende únicamente como dos personas, sino el ámbito relacional que ambas construyen. Esa construcción, ese sistema desarrolla reglas, hábitos, silencios y modos particulares de afrontar la existencia, en el bienestar y el malestar. Es en este punto donde se diferencia con la búsqueda de culpables, como objetivo primario.

Otro error frecuente consiste en pensar que toda conducta problemática observada durante un episodio de consumo fue provocada exclusivamente por la droga. Aquí también la realidad es mucho más amplia y compleja. Desde ya, en algunos casos la sustancia actúa como causa inmediata, favoreciendo impulsividad, desinhibición o alteraciones del juicio.
Pero en otros, aparece como consecuencia de conflictos previos, ansiedad, depresión o dificultades para regular emociones, que por momentos se hacen incontrolables. Aquí es donde vemos la escalada de consumos distintos que se inicia con alcohol, psicofármacos etc. y de allí una espiral en la cual la angustia, ya de naturaleza casi psicótica por la alteración en la percepción de la realidad, está instalada.
Y por último, tenemos un tercer escenario que recibe mucha menos atención y es cuando la droga actúa como amplificador, no crea el problema, sino que lo intensifica. Y este peligroso factor, es el que vemos en las situaciones forenses o las que se mediatizan, en las que los antecedentes potencian la alteración de los mecanismos de autocontrol y convierten una discusión manejable en una situación explosiva.
La poliadicción, un fenómeno que marca el consumo de esta época

En este contexto es básico entender que las adicciones ya son por lo general poliadicciones y de allí que imaginar que los efectos son por la droga A o B, no reflejan la realidad de ese organismo comprometido de manera múltiple.
Existen algunos casos, por otro lado, en que intentando proteger a la persona terminan protegiendo el consumo. A veces, no por maldad o por intencionalidad, una pareja minimiza, relativiza o justifica conductas, los oculta o busca resolverlos a su manera, sin medir las consecuencias y riesgos y así sostener involuntariamente una adicción.
Las indicaciones de intervención profesional médica o aun legal son desestimadas como exageradas. Ese fenómeno es conocido como facilitación (enabling) y no porque faciliten la drogas sino porque perpetúan la conducta. Esta situación que se ve en algunas parejas, las vemos también en familiares como padres o hermanos.

En conclusión, las preguntas ¿qué efecto hace tal droga? o ¿quién llevó a quién?, parten de un mismo desconocimiento de la realidad. Y
a no se trata de monodrogas, sino de poliadicciones y ya no de una intervención de un culpable designado sino la necesidad de preguntarse ¿cuál es el lugar que los comportamientos adictivos juegan en esa relación o grupo?
Quizás la pregunta sea qué necesidad o qué vacío vino a cubrir ese comportamiento, “esa droga” dentro de esa relación, y eso nos permita entender más, ya que la conductas no dependen de un solo factor, sino que se construyen, sostienen, o incluso cambian en función de muchas variables.
Si evitamos caer en la tentación de señalar culpables o revictimizar a víctimas, podemos empezar a avanzar en la compresión que nos permita asistir compasivamente.
* El doctor Enrique De Rosa Alabaster se especializa en temas de salud mental. Es médico psiquiatra, neurólogo, sexólogo y médico legista
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