Más allá de las drogas de diseño: por qué la poliadicción y el malestar social son la marca de esta época

El consumo problemático se redefine por mezclas de sedantes, anestésicos y fármacos que muestran un problema más hondo: una vida social atravesada por el agotamiento, la medicalización del sufrimiento y la búsqueda de apagar la conciencia

Ilustración de un cerebro laberíntico con una figura humana sentada en el centro, rodeada de píldoras, cápsulas, jeringas y frascos de medicamentos.
La poliadicción y la búsqueda de alivio inmediato atraviesan a toda la sociedad e impactan en clases medias y altas, además de los sectores vulnerables (Imagen Ilustrativa Infobae)
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Cada 26 de junio se conmemora el Día Internacional de la Lucha contra el Uso Indebido y el Tráfico Ilícito de Drogas. A medida que pasan los años, vemos la evolución de una problemática, que ya no se trata simplemente de “drogas”.

El cambio de paradigma es que el problema ya no radica en una sustancia específica, sino en un contexto de poliadicción en el que se mezclan sedantes, residuos de todo tipo, drogas veterinarias, anestésicos y estimulantes.

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El colapso del sistema de salud y cómo la propia sociedad fomenta el consumo para poder tolerar el “modo supervivencia” superan ampliamente a las medidas exclusivas del sistema de salud y nos imponen la necesidad urgente de cambios socioculturales estructurales.

Ya no se trata de preguntarse exclusivamente por los efectos de la cocaína o el fentanilo de forma aislada. El mercado ilícito impuso las mezclas como respuesta a una sociedad que medicaliza su sufrimiento, en la cual el rendimiento es el eje existencial absoluto. Esa respuesta estimula, realimenta y así perpetúa el círculo.

(Imagen Ilustrativa Infobae)
La crisis de las drogas ya no se explica por una sustancia específica, sino por un contexto de poliadicción con mezclas de sedantes, anestésicos, fármacos veterinarios y estimulantes (Imagen Ilustrativa Infobae)

Durante mucho tiempo hemos mirado el árbol y no el bosque que representa el problema de las adicciones, hoy llamados consumos problemáticos. Abordar a la “droga de moda”, como el fentanilo en tiempos recientes, como si fuera un enemigo con existencia física al que se podría derrotar nos llevó al fracaso.

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Así, los médicos y el personal de salud “aprendíamos” nuevos nombres y moléculas, pero siempre corríamos por detrás de un mercado que se adelanta a nuestra capacidad de comprenderlo. El usuario ya no sabe qué consume; solo busca el cierre de su conciencia que le permita sostener la existencia cotidiana. El opio, la “adormidera”, ya no se usa para provocar un sueño reparador, sino para aturdirnos, para provocarnos estupor; de allí el término estupefacientes.

Vivimos inmersos en un contexto social que muta a tal velocidad que la posibilidad de adaptarse y subsistir se vuelve, por momentos, caótica e insostenible para el psiquismo; habitamos un entorno patógeno y, quizás, hasta deshumanizado.

Para ciertos grupos sociales más frágiles, apagar la mente y aturdirse termina siendo la única opción imaginable. Todo esto deja como única opción vivir en un constante “modo supervivencia” en el cual las alertas no dejan de sonar.

Hombre barbudo con camiseta azul sentado en la cama con la cabeza entre las manos. Se ve el colchón, el somier de madera, una mesita de noche con lámpara y una ventana
Adultos y jóvenes muchas veces ya no saben qué consumen y buscan alterar la conciencia para sostener una vida marcada por el modo supervivencia y el sufrimiento psíquico (Imagen Ilustrativa Infobae)

Cómo opera el aislamiento y el sufrimiento psíquico

En ese caos, para que los estímulos y las alarmas se alejen, el individuo se aísla. Al profundizar ese encierro con las sustancias, cae en un profundo vacío existencial y en un sufrimiento psíquico intolerable.

El síntoma, es decir, la adicción, la violencia y la depresión, son en realidad la claudicación de una unidad psico-física que ya no puede tolerar una vida que se ha vuelto insoportable en las demandas que plantea para el individuo.

El factor central es la búsqueda incesante de una sustancia que modifique la percepción de lo cotidiano, ya sea para escapar, buscar placer o forzar el rendimiento; pero ya no para expandir la mente, sino, por el contrario, para lograr el estrechamiento de la conciencia.

Tussi la cocaína rosa - (Imagen ilustrativa Infobae)
La dopamina interviene en los consumos problemáticos porque la droga secuestra el sistema de anticipación de la recompensa y promete un atajo frente al esfuerzo y al dolor (Imagen Ilustrativa Infobae

El papel de la dopamina

A la vez, en una sociedad que promueve la retribución inmediata y la intolerancia a la frustración, entra en juego una trampa biológica: la dopamina. Contrario a lo que popularmente se cree, esta molécula no nos da la retribución por algo logrado, sino que rige la anticipación y la expectativa de esa recompensa. La droga secuestra este sistema y empuja al individuo a buscar un atajo que promete evitar el esfuerzo, la carga y el dolor inherente a la existencia.

Otra característica y que es muy evidente en las áreas que incluso hacen a lo criminológico-forense, es que este contexto social ya no toca solo a las clases desfavorecidas o marginales, sino que es transversal a toda la sociedad. La necesidad de éxito, de placer y bienestar, la huida de las emociones y la intolerancia a la incertidumbre de todo tipo, toma de rehenes a las clases medias, profesionales, estudiantes y políticos por igual.

La sociedad del cansancio y de la violencia tiene como correlato la búsqueda de una solución mágica, inmediata y artificial. Esto debe ser un factor ineludible en cualquier política de salud que intente abordar el tema con los imperativos actuales.

Ilustración estilo collage de un cerebro adolescente en tonos azul y verde, rodeado de símbolos de alcohol, cannabis y cigarrillos, con líneas onduladas azules sobre fondo crema
La presión por tener éxito, sentir bienestar y tolerar cada vez menos la frustración afecta la salud mental a corto y largo plazo (Imagen Ilustrativa Infobae)

En este contexto, los sistemas de salud —que son los receptores del emergente de esta crisis— no están preparados para comprender y abordar la totalidad del tema.

El colapso de las guardias médicas y las emergencias ambulatorias es un testigo constante de esto. La falta de protocolos, de sistemas de triaje, la ausencia de estructura para la respuesta inmediata y, en casos urgentes, la imposibilidad fáctica (no teórica) de las internaciones, deriva en un eje del problema: hacer creer que aquel que se encuentra en una situación de necesidad de asistencia es el único culpable de su malestar. La idea de que la “falta de voluntad” es el aspecto condicionante central sigue imperando.

Qué cambios requiere el abordaje

En este sentido, trabajar intensamente en reducir la estigmatización y en la comprensión de la problemática en un sentido amplio (que excede únicamente a la salud física) es fundamental.

La capacitación en todos los niveles y, especialmente, entender que una persona en una situación de este tipo es un otro que demanda comprensión y ayuda, y no estigmatización ni abandono, debe ser el comienzo de la elaboración de un paradigma médico y social adecuado a los tiempos actuales.

* El doctor Enrique De Rosa Alabaster se especializa en temas de salud mental. Es médico psiquiatra, neurólogo, sexólogo y médico legista

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