
Existen nuevos factores de riesgo para el corazón en mayores de 60 años, que ya no se explican solo por la hipertensión, el colesterol elevado o la diabetes: especialistas advierten que condiciones vinculadas al envejecimiento —como la fragilidad, la pérdida de masa muscular, la malnutrición, la polifarmacia, el aislamiento social y la depresión— pueden resultar igual o más decisivas para desencadenar un infarto, un accidente cerebrovascular o insuficiencia cardíaca.
La magnitud del problema aparece en las últimas cifras de la Dirección de Estadísticas e Información en Salud del Ministerio de Salud de la Nación (DEIS): el 89% de las muertes por enfermedades del sistema circulatorio correspondió a personas de 60 años o más.
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Ese grupo incluye enfermedades hipertensivas, cardiopatías isquémicas, insuficiencia cardíaca, enfermedades cerebrovasculares, ateroesclerosis y otros trastornos del sistema circulatorio, de acuerdo con la DEIS.

El planteo de los especialistas es que los factores tradicionales siguen siendo relevantes, pero ya no alcanzan para explicar el pronóstico en la vejez.
Según la Sociedad Argentina de Cardiología (SAC), existen condiciones estrechamente ligadas al envejecimiento que influyen de manera decisiva sobre la evolución cardiovascular y obligan a incorporar una valoración más amplia.
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“Durante muchos años evaluamos el riesgo cardiovascular observando principalmente la presión arterial, el colesterol o la glucemia, entre otros factores. Hoy sabemos que eso es insuficiente”, sostuvo el doctor Guillermo Suárez, director del Consejo de Cardio Geriatría de la Sociedad Argentina de Cardiología y uno de los coordinadores de la II Jornada del Consejo de Cardio Geriatría de la SAC realizada en Rosario, Santa Fe.

“La fragilidad, la pérdida de autonomía, la sarcopenia o el aislamiento social pueden modificar profundamente el pronóstico cardiovascular de una persona mayor. Por eso debemos dejar de mirar solamente la enfermedad y comenzar a mirar a la persona en forma integral y en el centro de la toma de decisiones”, agregó.
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La edad biológica puede describir mejor el riesgo cardiovascular que la edad cronológica
Uno de los ejes de esa revisión es desplazar a la edad cronológica como criterio principal de decisión médica. Según la SAC, dos personas de 80 años pueden tener riesgos cardiovasculares completamente distintos si una conserva independencia funcional, actividad física, vínculos sociales y reserva biológica, mientras la otra acumula déficits que aumentan su vulnerabilidad.
“Frente al envejecimiento de la población, los médicos tenemos que tener en cuenta que el adulto mayor necesita un tipo distinto de atención, con un abordaje muy específico, para el que los profesionales de la salud deben complementar su formación”, afirmó el doctor Sergio Baratta, presidente de la Sociedad Argentina de Cardiología.
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La edad biológica, explican los especialistas, refleja cómo envejecieron los órganos, los sistemas y las capacidades funcionales, mientras la edad cronológica solo indica cuántos años vivió una persona.
“La edad cronológica ya no alcanza para definir conductas. Necesitamos conocer la situación nutricional, funcional, cognitiva y social de cada paciente para comprender verdaderamente su riesgo”, explica la doctora María Alejandra Fradegrada, presidenta del Distrito Santa Fe de la Sociedad Argentina de Cardiología y coordinadora de la jornada científica.
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La fragilidad ocupa un lugar central en esta nueva mirada. La SAC la define como un síndrome independiente de la edad cronológica, de origen multicausal y atravesado por factores genéticos, clínicos, ambientales y psicosociales, que reduce la reserva biológica y eleva la vulnerabilidad frente a factores estresantes.
Se trata de un síndrome biológico complejo, multidimensional y potencialmente reversible. También advierte que aumenta el riesgo de enfermedad, discapacidad, internaciones, dependencia y muerte, según la SAC.
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La malnutrición, la polifarmacia y la soledad también afectan al corazón
La evidencia muestra que la relación entre fragilidad y enfermedad cardiovascular es bidireccional. Las enfermedades cardiovasculares favorecen el desarrollo de fragilidad y, al mismo tiempo, la fragilidad aumenta la probabilidad de eventos cardiovasculares graves y empeora el pronóstico de quienes ya tienen una patología cardíaca.

Estudios internacionales citados indican que la prefragilidad y la fragilidad se asocian con un aumento de la mortalidad y de los eventos cardiovasculares mayores incluso después de ajustar por los factores de riesgo tradicionales.
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Eso implica que una persona puede tener la presión controlada, colesterol en valores adecuados y no fumar, pero seguir expuesta a un riesgo elevado si existen otras vulnerabilidades no detectadas.
Entre los factores menos conocidos que concentran la atención de los especialistas aparece la sarcopenia, que es la pérdida progresiva de masa y fuerza muscular. También, la nutrición: tanto el exceso de peso como la desnutrición se vinculan con peores resultados clínicos, y en los adultos mayores la malnutrición suele pasar inadvertida.
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La disminución del apetito, las dificultades económicas, los problemas dentarios, la soledad y ciertas enfermedades crónicas pueden favorecer déficits nutricionales que impactan de manera directa sobre la fragilidad y el riesgo cardiovascular.

No vacunarse también constituye un factor de riesgo, porque la inmunización frente a la gripe, la neumonía o el COVID-19 ayuda a evitar cuadros que pueden desencadenar episodios cardiovasculares.
La polifarmacia integra también ese nuevo mapa de riesgo. El aumento de la expectativa de vida permitió controlar numerosas enfermedades crónicas, pero también expuso a muchas personas mayores a una gran cantidad de tratamientos simultáneos, con más posibilidades de interacciones medicamentosas, efectos adversos, caídas, deterioro funcional y dificultades para cumplir correctamente las indicaciones.

Los especialistas también incorporan factores sociales, psicológicos y emocionales. La depresión, el estrés crónico, la ansiedad, la soledad y el aislamiento social se asocian con una mayor incidencia de enfermedad cardiovascular y con una peor evolución clínica, mientras que no tener pareja, disponer de una red de apoyo limitada o carecer de vínculos significativos puede afectar de manera directa la salud física.
Estas condiciones no se limitan al plano emocional, porque generan respuestas biológicas vinculadas con procesos inflamatorios, alteraciones hormonales y mecanismos asociados al desarrollo de enfermedad cardiovascular.
También menciona determinantes ligados al género: las mujeres suelen acumular más déficits asociados al envejecimiento, aunque presentan una supervivencia mayor que los hombres, en un fenómeno descripto como “paradoja de salud y supervivencia”.

La sociedad científica propone una valoración integral centrada en cinco dimensiones: clínica, nutricional, funcional, mental y social.
Este tipo de evaluación integral permite mejorar la calidad de vida, reducir internaciones, disminuir la institucionalización y optimizar los resultados clínicos.
“El objetivo ya no consiste únicamente en diagnosticar enfermedades, sino en comprender cómo vive cada persona, cuál es su grado de autonomía, cómo se alimenta, qué nivel de actividad física mantiene, cuáles son sus vínculos sociales, qué apoyo recibe de su entorno y cuáles son sus objetivos de vida”, concluyó el doctor Sebastián Benítez, coordinador de Consejos Científicos de la Sociedad Argentina de Cardiología.
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