
Los síntomas de la enfermedad renal crónica suelen aparecer cuando el daño ya está avanzado, lo que complica una intervención temprana.
Belén Alemany, médica especialista en nefrología en España, explicó en declaraciones a la revista CuidatePlus que el verdadero riesgo de la enfermedad renal no se limita a la pérdida de función del riñón, sino que involucra su relación estrecha con el corazón, las arterias y el metabolismo.
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La detección temprana, mediante pruebas simples de sangre y orina, permite anticipar el diagnóstico y actuar antes de llegar a etapas graves. Según un informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la enfermedad renal crónica representa un desafío creciente de salud pública y requiere fortalecer la prevención y el tratamiento a nivel mundial.
El impacto multisistémico de la enfermedad renal crónica

La enfermedad renal crónica (ERC) se caracteriza por una disminución progresiva de la capacidad de filtrado de los riñones. Este deterioro no solo afecta la purificación de la sangre, sino que incrementa el riesgo de sufrir complicaciones cardiovasculares. Como explicó Alemany en declaraciones recogidas por el portal español, “el paciente no suele fallecer por el riñón en sí, sino por las complicaciones cardiovasculares asociadas”.
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Según los especialistas, los síntomas iniciales pueden pasar desapercibidos incluso cuando la función renal se reduce al 25% o 20%, y solo aparecen señales claras cuando la capacidad baja al 10% o 15%. En ese momento, la fatiga, la hinchazón, la falta de apetito o la anemia pueden indicar un daño avanzado.
El retraso en la identificación de la enfermedad limita las posibilidades de tratamiento y recuperación. Ante esta situación, la OMS recomendó a los gobiernos implementar estrategias de detección y prevención, especialmente entre los grupos de riesgo.
En paralelo, un estudio publicado en la revista científica Oxford Academic confirma que la enfermedad incrementa de manera significativa el riesgo de desarrollar enfermedad cardiovascular, incluyendo infartos, insuficiencia cardíaca y arritmias, incluso en etapas tempranas.
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Factores de riesgo principales y herramientas de diagnóstico

La hipertensión arterial, la diabetes, la obesidad, el colesterol elevado y el tabaquismo son algunas de las principales causas. Además, el envejecimiento vascular contribuye al deterioro renal, especialmente a partir de los 40 años. Según los expertos, estos factores suelen avanzar sin síntomas evidentes, lo que refuerza la importancia de los controles preventivos.
La detección precoz se basa en dos pruebas simples: el análisis de sangre para medir la creatinina y calcular el filtrado glomerular (FG), y la determinación de la albuminuria en orina. Un FG de 38 indica que los riñones funcionan al 38% de su capacidad, y la presencia elevada de albúmina en la orina anticipa un peor pronóstico.
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El fortalecimiento de la prevención incluye recomendaciones concretas: adoptar una dieta equilibrada, rica en frutas, verduras, legumbres y alimentos frescos, evitando ultraprocesados con alto contenido de sodio, fosfatos y aditivos. Mantener un peso saludable y realizar ejercicio físico regular ayudan a reducir la presión sobre los riñones.
Por otro lado, el uso frecuente de antiinflamatorios como ibuprofeno o naproxeno puede dañar el riñón si se toma sin control médico, y el exceso de suplementos proteicos, especialmente entre jóvenes que buscan aumentar masa muscular, puede sobrecargar el órgano y acelerar su desgaste, resalta la experta.
La prevención, la mejor herramienta contra el daño renal irreversible

La vigilancia médica y los controles periódicos permiten anticipar alteraciones en el filtrado glomerular o la albuminuria antes de que el daño sea irreversible. El objetivo, según la nefróloga, es “adelantarnos a la enfermedad con información, prevención y seguimiento precoz”.
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Según la OMS, la integración de la prevención de la enfermedad renal en la estrategia de lucha contra las enfermedades no transmisibles constituye una prioridad para los sistemas de salud.
La información, la prevención y la intervención a tiempo constituyen las vías más eficaces para proteger la función renal y evitar las complicaciones asociadas. El seguimiento regular de los factores de riesgo y la adopción de hábitos saludables pueden frenar el avance silencioso de la enfermedad renal crónica y mejorar la calidad de vida de quienes la padecen.
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