¿Es bueno hacer sonar el cuello habitualmente?: qué dice la ciencia sobre esta costumbre

La cavitación del líquido sinovial y el roce de tejidos explican ese sonido frecuente, que suele dar alivio breve cuando hay rigidez cervical por estrés, pantallas o malas posturas

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Ilustración de la parte posterior de un hombre con una mano en el cuello. Rayos amarillos y naranjas irradian desde la articulación cervical, simulando un crujido.
El crujido al sonarse el cuello se explica por la cavitación del líquido sinovial y por cambios de presión en las articulaciones cervicales (Imagen Ilustrativa Infobae)

Sonarse el cuello, los nudillos o la espalda es una costumbre común en la vida cotidiana. Para muchos, el acto de provocar el crujido en las articulaciones representa un alivio momentáneo frente a la tensión, el estrés o la incomodidad muscular. Hay quienes buscan ese chasquido como rutina casi automática, y otros que lo perciben como una señal preocupante o incluso riesgosa.

Este hábito se extiende a lo largo de diferentes edades y contextos. No es raro ver a personas que, al sentir presión o rigidez, giran el cuello o estiran los dedos hasta escuchar el clásico ruido. El mecanismo detrás de este fenómeno ha sido objeto de distintas explicaciones científicas: la mayoría concuerda en que al mover una articulación, se producen cambios en la presión interna de las cápsulas que las envuelven, lo que genera la formación y colapso de burbujas de gas, responsables del sonido característico. Otras veces, proviene del desplazamiento de tendones, ligamentos o incluso de la piel respecto a los tejidos más profundos.

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Si bien el alivio inmediato es real y se traduce en una sensación placentera, la costumbre despertó debates científicos y expertos han respondido si se trata de un hábito que es inofensivo o si hace mal.

¿Por qué las personas se crujen el cuerpo?

Sonarse el cuello ocasionalmente suele considerarse inofensivo para la mayoría de las personas sanas. Cuando se mueve el cuello hasta el punto de crujido, el líquido sinovial que lubrica las articulaciones experimenta una disminución brusca de presión, lo que causa la formación y el colapso de burbujas de gas, explica el quiropráctico Andrew Bang a Cleveland Clinic. Este proceso, llamado cavitación, es el responsable del chasquido audible y, en la mayoría de los casos, no daña los huesos ni las estructuras blandas de la zona.

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Vista trasera de una persona con camiseta gris masajeándose el cuello y los hombros en una habitación luminosa con cortinas y una planta.
El sonido al sonarse el cuello también puede originarse por el deslizamiento de tendones, ligamentos o la piel sobre tejidos profundos (Imagen Ilustrativa Infobae)

En algunos casos, puede originarse por el deslizamiento de tendones o ligamentos sobre prominencias óseas, o incluso por la separación de la piel respecto de la fascia, una membrana que recubre los músculos. Todos estos mecanismos son fisiológicos y no implican fracturas ni daño inmediato en la estructura de la articulación.

La motivación suele estar relacionada con la necesidad de aliviar una sensación de presión, rigidez o incomodidad en la zona cervical. Esta sensación puede deberse a múltiples factores, pero los más frecuentes son las malas posturas, el sedentarismo, la tensión emocional y el estrés, enfatizan la clínica estadounidense y Healthline. Cuando la cabeza permanece mucho tiempo inclinada hacia adelante, como ocurre al mirar pantallas o dispositivos móviles, los músculos y las articulaciones del cuello soportan una carga adicional. Con el tiempo, esta sobrecarga genera contracturas y una sensación de “bloqueo” o rigidez que incita a buscar el alivio inmediato del crujido.

El estrés emocional también juega un papel fundamental. Healthline explica que bajo situaciones de ansiedad o presión psicológica, el cuerpo responde con aumento del tono muscular y posturas defensivas involuntarias, lo que incrementa la tensión en la región cervical y en otras áreas móviles del cuerpo. Esta tensión acumulada puede hacer que la persona sienta la necesidad de movilizar el cuello hasta provocar el característico sonido.

(Imagen Ilustrativa Infobae)
Las malas posturas, el sedentarismo, el uso prolongado de pantallas y el estrés aumentan la tensión cervical y favorecen el hábito de sonarse el cuello (Imagen Ilustrativa Infobae)

Desde la perspectiva subjetiva, este hábito en el cuello suele producir una sensación placentera y de alivio temporal. Este efecto se explica en parte por la liberación de endorfinas, sustancias que el cuerpo produce en respuesta al dolor o la incomodidad y que generan una sensación de bienestar. Además, escuchar el chasquido puede tener un efecto placebo, reforzando la idea de que algo “se liberó” en la articulación, aunque no siempre haya ocurrido un ajuste real.

Sonarse el cuello es positivo o negativo

Ahora bien, la pregunta sobre si este hábito es positivo o negativo depende de varios matices. Realizar el movimiento de forma ocasional, suave y sin dolor no suele acarrear problemas, según explican especialistas como Andrew Bang de la Cleveland Clinic. En ese sentido, para la mayoría de las personas, realizarlo una o dos veces al día puede considerarse normal y no representa un riesgo significativo para la salud articular.

Sin embargo, cuando el gesto se vuelve repetitivo, compulsivo o se realiza con demasiada fuerza, aparecen riesgos concretos. Entre los posibles daños, enumerados por el centro médico estadounidense, se cuentan la distensión muscular, la inestabilidad articular y, en casos muy poco frecuentes, lesiones más graves como la disección de la arteria vertebral. La costumbre excesiva puede llevar a que los ligamentos y tendones del cuello se aflojen progresivamente, lo que provoca laxitud articular y puede aumentar el riesgo de lesiones por movimientos cotidianos, además de favorecer el desarrollo de osteoartritis a largo plazo.

El acto de crujirse el cuello tampoco está exento de riesgos inmediatos. Si la maniobra se realiza de manera brusca, existe la posibilidad de pinzar un nervio, lo que ocasiona dolor intenso y limitación de la movilidad. En situaciones extremadamente raras, un movimiento forzado puede provocar desgarros en los vasos sanguíneos que irrigan el cerebro y la médula espinal, con consecuencias potencialmente graves.

Persona de tono de piel medio con camisa de rayas azules, cabello recogido, se toca el cuello con expresión de dolor sentada frente a una laptop blanca cerrada en un escritorio.
Crujirse el cuello con demasiada fuerza o de forma compulsiva puede causar distensión muscular, inestabilidad articular y lesiones graves (Imagen Ilustrativa Infobae)

Qué ocurre con otras articulaciones del cuerpo

Sonarse los nudillos es una práctica extendida y, según la Keck Medicine de USC, no se asocia con el desarrollo de osteoartritis ni con daños estructurales en las articulaciones. Los expertos indican que, aunque algunas investigaciones mencionan una posible hinchazón de las manos y disminución de la fuerza de agarre, estos hallazgos no han sido consistentes ni replicados por otros estudios. En consecuencia, consideran que crujirse los dedos probablemente no implique daños a largo plazo, ni beneficios concretos para la salud articular.

En cuanto a la espalda, esta costumbre puede generar una sensación momentánea de alivio, que podría deberse en parte a un efecto placebo. Hacerlo ocasionalmente por uno mismo no suele conllevar riesgos, siempre que no se aplique fuerza excesiva. Sin embargo, permitir que otra persona manipule la espalda puede resultar peligroso si no se trata de un profesional certificado, ya que podría ejercer demasiada presión y causar lesiones. Por este motivo, se recomienda acudir solo a fisioterapeutas o quiroprácticos titulados si se busca un ajuste en la columna, y considerar alternativas como masajes, aplicación de calor o frío, estiramientos y ejercicio regular para cuidar la salud de la espalda.

Un estudio publicado en Cureus en 2022 reveló que una joven presentó un caso severo de comportamiento compulsivo consistente en sonarse el cuello de manera repetida, con el objetivo de aliviar dolor y ansiedad. Esta conducta, asociada a un trastorno obsesivo-compulsivo y síntomas somáticos, la llevó a sufrir lesiones graves, incluyendo fracturas cervicales, hemorragias oculares y un accidente cerebrovascular por la manipulación excesiva de la columna cervical.

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