
El ataque ocurrido en San Cristóbal, Santa Fe, el 30 de marzo de 2026, que terminara con un muerto y heridos, fue seguido por una serie de amenazas de tiroteos en escuelas de distintas provincias durante estas semanas, y renovó algo a lo que estamos asistiendo como sociedad sin encontrar respuestas adecuadas: la violencia en el ámbito escolar.
La reacción inmediata suele ser similar: hablar de una “epidemia” y sacar conclusiones y actuar en consecuencia a lo que la palabra sugiere, un brote, la eclosión súbita de algo.
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Sin embargo, ese diagnóstico, aunque comprensible, es impreciso: en lugar de plantear un proceso dinámico y con un origen multifactorial, y sin duda de larga data, agrupa fenómenos distintos bajo una misma etiqueta y esto dificulta entender qué está ocurriendo realmente. Desde ya, aleja la posibilidad de tomar medidas efectivas.
En esa búsqueda de explicaciones monocausales surgen las redes, el bullying, la familia etc. Todas ellas, sin duda, parte del tema pero como detrás de toda afirmación parcial se esconde la falsedad de la premisa.
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No es lo mismo una pelea entre alumnos, el bullying, la violencia que los chicos traen desde sus hogares o los episodios extremos. Mezclar todo genera impacto, pero impide el análisis.
Efecto copycat

En el área de los comportamientos sociales y medios, la llamada agenda setting, un concepto de Maxwell McCombs y Donald Shaw, que postula que los medios no nos dicen qué pensar, pero muchas veces sí sobre qué pensar.
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A su vez esto se articula con otro concepto que es la construcción narrativa de la violencia, que, simplificando el concepto, es cómo se cuentan esos hechos y las razones que se dan a estos.
La importancia de estos últimos factores, es que llevan a un efecto comportamental muy conocido en particular en el área de los comportamientos violentos y la criminología que son los comportamientos por imitación, o como se lo conoce habitualmente efecto Copycat.
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Todo esto modifica nuestra percepción del mundo y en un cerebro en crecimiento como el de los adolescentes se potencian de manera significativa.
La pirámide de Galtung

Las autoridades bonaerenses educativas y de seguridad, señalaron que las amenazas fueron promovidas a través de redes sociales en las que participan estudiantes, y pidieron no viralizar los mensajes por el daño que producen y por el riesgo de repetición. Relacionado con este aspecto, la investigación oficial del caso San Cristóbal encontró vínculos con “subculturas digitales violentas”, y en particular comunidades virtuales transnacionales que glorifican masacres, como la TCC (True Crime Community, Comunidad de crímenes reales).
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En la búsqueda de la explicación de los fenómenos sociales violentos frecuentemente se olvida lo que el sociólogo Johan Galtung explicó hace casi 60 años (1969) en su artículo “Violencia, paz e investigación sobre la Paz”, publicado en el Journal of Peace Research en el cual señalaba que la violencia que vemos, la emergente, la directa, está basada inevitablemente en otra estructural que es la que hace al sistema social e institucional y a la matriz cultural que es la que provee de razones y justificaciones ideológicas. Esto se llamó la pirámide de Galtung.
Si bien hoy hay abordajes desde diferentes áreas que amplían y en algunos casos cuestionan el modelo, esto sirvió y sirve de marco conceptual. Por ejemplo, desde los hallazgos de la neurobiología del comportamiento, los estudios sobre tolerancia a la frustración, gratificación, circuito de recompensa, autorregulación, impasividad, de la neurobiología del trauma, arrojan muchas líneas a ser seguidas y estudiadas en los casos específicos. Al mismo tiempo están los modelos que permiten medir, como lo es el campo de la epidemiología de la violencia, y posibilitan pensar en términos de acciones de políticas públicas concretas.
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La violencia en Argentina

En cuanto a nuestro país, en el que de alguna manera la violencia escolar y en particular aquella mediada por armas parecía algo lejano, ahora ya muestran un escenario progresivamente más complejo.
Si nos remitimos al ámbito escolar diversos informes indican que una proporción significativa de estudiantes ha sido víctima de agresiones, y/o ha presenciado situaciones de violencia o incluso reconocen haber agredido a un compañero.
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En Argentina, UNICEF reportó en noviembre de 2025 un fuerte aumento de situaciones de bullying, que pasó de 25% a 41% en un año. Por su parte, Argentinos por la Educación mostró los siguientes datos para primaria:
- 56% de los alumnos dijo haberse sentido excluido al menos alguna vez
- 40% se sintió fuera de lugar
- 36% se sintió solo
- 34% reconoció haber agredido a un compañero
- 56% presenció agresiones
- 63% reportó haber sido víctima de alguna agresión o situación de violencia, ya sea en la escuela o en redes sociales.

Esto no demuestra una “epidemia” en sentido técnico, pero sí un deterioro del clima escolar y una normalización preocupante de la hostilidad cotidiana. A esto se suma algo que debe ser tenido en cuenta: buena parte de la violencia que estalla en la escuela no se origina allí.
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Un informe de Argentinos por la Educación de 2024, dice que en Argentina 1 de cada 2 niños, niñas y adolescentes de 1 a 14 años experimentó agresión psicológica en el último mes; 1 de cada 3 recibió castigo físico y 1 de cada 15 castigo físico severo.
El mismo informe subraya que la mayoría de los casos no se detecta o no se reporta por miedo, estigma y desconfianza.

En otras palabras: la escuela recibe, contiene, expresa y a veces amplifica violencias, pero cuya matriz está fuera de ella. Es decir, el punto clave es que gran parte de esa violencia no se origina en la escuela, y de allí volvemos al modelo amplio de Galtung.
Sabemos y diversos estudios e informes lo señalan que muchos niños y adolescentes están expuestos a agresión psicológica y física en sus hogares. No necesitamos ir a los casos Lucio o Ángel, pero sí a la violencia cotidiana que no sale en los medios y es naturalizada. Y es en ese marco que, la escuela, así como la calle, o el trabajo en otras franjas etarias, es un espacio donde esas tensiones se manifiestan.
Es decir, se busca el origen en la escuela, cuando no es otra cosa que el espacio donde esa expresión puede realizarse y se vuelve más visible. Eso va en contra de la búsqueda de la “violencia escolar” es decir el ámbito educativo como generador de la violencia, para pensar en la escuela como caja de resonancia de conflictos que vienen de otros ámbitos.
El impacto de las redes sociales

Podemos establecer otro espacio, mucho más amplio y es el de las redes sociales. La violencia ha pasado a ser un artículo de pertenencia e intercambio. No solo ocurre, sino que se registra, comparte y, de manera muy preocupante, es un producto de consumo.
Las peleas entre estudiantes se filman, circulan y repiten la lógica de exposición en las redes en las cuales a mayor impacto por su violencia, lleva el incentivo existencial, la visibilidad, la métrica, los likes. Un alumno postea un arma que habría llevado al colegio, y esto no ocurre, en el cliché de imaginar que estos actos son exclusivos de zonas menos favorecidas de la sociedad, sino todo lo contrario. Este acto sin medir las consecuencias, sin embargo, permite conseguir algo buscado, atesorado: la pertenencia, la métrica, los likes, los comentarios.
Este aspecto es central ya que modifica la propia construcción y sentido del acto violento. Ya no sirve preguntarse sobre patologías, disfunción familiar, o consumo de sustancias como respuesta que englobe todo, no es tampoco sólo una reacción impulsiva o la respuesta a un conflicto interpersonal, sino que es en cada vez más casos, una forma de comunicación, de obtener reconocimiento dentro de un grupo, en suma, de existir.

Como decíamos antes al hablar del efecto Copycat, las amenazas que circularon en abril muestran que la posibilidad de imitación, es un fenómeno evidente y preocupante. Esto no significa que los medios o las redes “produzcan” la violencia, pero sí que pueden amplificarla o facilitar su reproducción en determinados contextos. Cuando un hecho se repite, se detalla y se viraliza, deja de ser solo un evento aislado. Se transforma en un modelo disponible, y en ese punto, el rol de los medios adquiere una relevancia central.
La tendencia a centrar la narrativa en el agresor, aleja de la comprensión del problema en su real magnitud y si se reconstruyen en detalle sus acciones, su historia o sus motivaciones, existe el riesgo de reforzar procesos de identificación en personas vulnerables.
En conclusión, la violencia en las escuelas no es un problema exclusivamente educativo. Es el resultado de múltiples factores: dinámicas familiares, condiciones sociales, cambios culturales y nuevas formas de interacción digital.

La escuela, en este contexto, se convierte en el punto donde todo eso se encuentra. Y aquí surge la pregunta o el planteo central: ¿qué estamos haciendo o no, o no de la manera adecuada a la realidad respecto a la salud mental de los jóvenes? ¿Cuáles son las medidas de detección temprana y abordaje? ¿Alcanzan los modelos del gabinete psicopedagógico o necesitamos quizás, mediados por las mismas redes que sirven para propagar la violencia, usarlas para los fines de sostener la salud mental de una franja muy frágil de la población?
La pregunta, entonces, no es solo por qué ocurre un ataque, sino algo más amplio: ¿qué tipo de sociedad está produciendo estas formas de violencia y por qué aparecen, cada vez con más frecuencia, en uno de los espacios que históricamente se pensó como lugar de cuidado y formación.
* El doctor Enrique De Rosa Alabaster se especializa en temas de salud mental. Es médico psiquiatra, neurólogo, sexólogo y médico legista
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