
El bienestar personal y la relación entre actividad física y cambio climático están más conectados de lo que se pensaba, según investigaciones presentadas por la Universidad Tecnológica de Auckland. Los datos confirman que moverse contribuye a la salud pública y al ambiente global, aunque el acceso al ejercicio sigue dependiendo de profundas desigualdades en todo el mundo.
La actividad física puede aportar a la salud ambiental cuando caminar, andar en bicicleta o utilizar transporte público reemplaza el uso de automóviles particulares. Así, se reducen tanto el riesgo de enfermedades y se favorece el bienestar mental como las emisiones responsables del calentamiento global, según la Universidad Tecnológica de Auckland.
Investigaciones citadas por la casa de altos estudios muestran que los niveles globales de actividad física prácticamente no mejoraron en los últimos 20 años. Durante ese periodo, la mayoría de los países promulgaron políticas para impulsar el ejercicio, pero la aplicación efectiva fue insuficiente y persisten grandes diferencias entre géneros y grupos económicos.

La inactividad física está vinculada a más de cinco millones de muertes al año. Aunque los beneficios son conocidos —incluidos el refuerzo del sistema inmune, la prevención de enfermedades infecciosas y mejores desenlaces ante el cáncer—, 1 de cada 3 personas adultas y 8 de cada 10 adolescentes no alcanzan las recomendaciones mínimas de la Organización Mundial de la Salud, la agencia sanitaria de la ONU: al menos 150 minutos de actividad moderada por semana para adultos y 60 minutos diarios para niños.
Desigualdades globales en la práctica de actividad física
El acceso al ejercicio varía según factores sociales y económicos. De acuerdo con la Universidad Tecnológica de Auckland, la actividad física recreativa —la que se realiza por elección personal— es 40 puntos porcentuales más alta entre hombres con ventajas económicas en países ricos que entre mujeres de bajos recursos en países pobres.
En contraste, los grupos menos favorecidos suelen participar más en actividad física por necesidad económica, ya que desempeñan trabajos que requieren movimiento o deben desplazarse a pie por la falta de infraestructuras adecuadas.

Otros elementos, como la geografía, el género o la etnia, también influyen en quiénes pueden ejercitarse y en qué condiciones, lo que subraya la necesidad de políticas públicas adaptadas a las características de los sectores vulnerables.
El ejercicio físico ante el reto climático
La Universidad Tecnológica de Auckland destaca que la actividad física puede ser central para reducir emisiones y fortalecer la resiliencia climática. Impulsar estrategias que prioricen caminar, utilizar bicicleta o transporte público, en lugar de automóviles particulares, puede disminuir la contaminación derivada del transporte.
No obstante, algunos proyectos destinados a incentivar el ejercicio pueden acarrear consecuencias imprevistas si no contemplan las necesidades de todos los grupos sociales. Ejemplos son la expulsión involuntaria de residentes en zonas urbanas donde la infraestructura favorece a determinados sectores o el riesgo de que ciertas iniciativas incrementen las emisiones si no se planifican adecuadamente.

Para que las políticas sean efectivas, los estudios de la Universidad Tecnológica de Auckland indican que deben considerar tanto la mejora de la salud como los objetivos climáticos. Esto implica el desarrollo de herramientas y métricas que reflejen las prioridades de las poblaciones más vulnerables.
Desafíos de la política pública para promover la actividad física
Según la evaluación de la Universidad Tecnológica de Auckland, 200 países adoptaron políticas nacionales que promueven la actividad física desde 2004 hasta 2025. Solo el 38,7% de estas políticas contempla acciones intersectoriales con la participación de tres o más sectores gubernamentales, señalando una colaboración limitada.
Además, en el 26,5% de los países con políticas aprobadas faltan objetivos medibles para evaluar el impacto real. Entrevistas realizadas a autoridades, académicos y representantes sociales reflejan barreras persistentes: falta de consenso sobre el papel del ejercicio, enfoques limitados a la dimensión individual, ausencia de liderazgo claro y alianzas inestables entre sectores.

Los expertos indican la necesidad de fortalecer el consenso institucional, ampliar el reconocimiento sobre los beneficios múltiples del ejercicio, establecer liderazgos coordinados y fomentar alianzas más allá del sistema de salud convencional.
Para afrontar los desafíos de salud y clima, los especialistas señalan que será clave unir ambas agendas mediante objetivos compartidos y una responsabilidad común, integrando a quienes enfrentan los mayores riesgos en la toma de decisiones.
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