
Las cifras globales de obesidad reflejan contrastes marcados entre países desarrollados. Japón figura entre las naciones con menor prevalencia: datos del Global Nutrition Report y la Organización Mundial de la Salud indican que la obesidad afecta al 4,3% de las mujeres adultas y al 6,0% de los hombres.
El contraste se vuelve aún más marcado al observar el caso de Estados Unidos, donde la tasa de obesidad se sitúa en torno al 40% de la población adulta, según el National Health and Nutrition Examination Survey. La prevalencia es similar entre mujeres y hombres mientras que la obesidad severa afecta casi al 10% de los adultos, con mayor incidencia en mujeres.
La diferencia entre ambos modelos alimentarios no se explica por la falta de productos indulgentes ni por la imposición de una dieta restrictiva. Japón ofrece snacks, dulces y comida rápida, pero mantiene bajos niveles de obesidad mediante una combinación de hábitos cotidianos, normas sociales y políticas públicas que estructuran la relación con la comida desde la infancia.
Este conjunto de factores fue analizado por el epidemiólogo Tim Spector en una columna informativa para The Telegraph, donde detalló cómo el entorno alimentario japonés promueve elecciones más equilibradas sin recurrir a prohibiciones.
Alimentación accesible fuera del hogar
Un rasgo distintivo del sistema japonés es la amplia red de tiendas de conveniencia, integradas al entorno urbano y utilizadas cotidianamente por millones de personas. Cerca de un tercio de los alimentos consumidos en el país se adquiere en estos establecimientos, que funcionan como una extensión práctica de la cocina doméstica.

A diferencia de lo que ocurre en comercios equivalentes de Estados Unidos o Reino Unido, dominados por productos ultraprocesados y bebidas azucaradas, en el país asiátiuco es común encontrar comidas frescas listas para consumir, elaboradas con ingredientes simples.
Platos a base de arroz, pescado y verduras conviven con opciones menos saludables, pero sin desplazar los alimentos de mayor valor nutricional. Esta oferta permanente disminuye la dependencia del snack hipercalórico como recurso rápido.
Bebidas con menor aporte calórico
El mismo criterio se observa en las máquinas expendedoras, presentes en calles, estaciones y edificios públicos. En lugar de ofrecer casi exclusivamente refrescos azucarados, incluyen tés, café solo, caldos vegetales calientes y bebidas sin calorías. La variedad de alternativas facilita la hidratación sin alto consumo de azúcar.

Spector explicó en su informe para The Telegraph que, en el Reino Unido, el agua suele ser la única opción frecuente frente a las bebidas endulzadas, lo que restringe las elecciones diarias y potencia el consumo de azúcar líquido, un factor relevante en el aumento de peso.
Porciones reducidas y saciedad consciente
El tamaño de las porciones representa otro contraste relevante. Los snacks japoneses se comercializan mayormente en envases individuales pequeños, pensados para una ingesta puntual. Este formato difiere de los paquetes grandes habituales en mercados occidentales, que favorecen el consumo excesivo.
Culturalmente, el concepto de hara hachi bu promueve dejar de comer al alcanzar aproximadamente el 80% de saciedad. Esta práctica se apoya en una dieta rica en verduras, fibra y alimentos fermentados, como el miso, que aportan volumen y prolongan la sensación de saciedad sin exceder el aporte calórico.
Normas sociales que regulan la ingesta
Las pautas sociales desempeñan un papel central. Comer mientras se camina, durante trayectos breves en transporte público o frente al televisor no forma parte de los comportamientos habituales. Tampoco es común ingerir alimentos a altas horas de la noche. Estas normas reducen el picoteo constante, especialmente en horarios asociados a peores indicadores metabólicos.

Según los estudios citados por Spector, los refrigerios nocturnos se vinculan con efectos adversos sobre la salud, un fenómeno más extendido en países occidentales.
Control del peso y rol preventivo de las escuelas
Japón implementa políticas de control del peso corporal en el ámbito laboral. Los empleados se pesan anualmente y, ante aumentos significativos, reciben derivaciones médicas. Este enfoque contrasta con occidente, donde el seguimiento sistemático del peso es menos frecuente, incluso en etapas sensibles.
En el sistema educativo, la alimentación escolar ocupa un lugar estratégico. Los menús cumplen estándares nutricionales definidos por especialistas y excluyen productos ultraprocesados. Las comidas se preparan en las escuelas y se consumen de manera lenta y comunitaria.

Un almuerzo típico incluye sopa con algas y tofu, un plato principal con pescado, carne o ave acompañado de arroz, varias verduras y fruta fresca, además de leche para todos los estudiantes.
Diversidad vegetal y microbioma intestinal
La variedad de plantas en la dieta diaria marca una diferencia clave. Mientras que en el Reino Unido un adulto promedio consume entre 10 y 12 plantas distintas por semana, en Japón esa cifra suele superarse ampliamente.
Desayunos con verduras encurtidas, soja fermentada y sopas, junto con cenas compuestas por varios platos pequeños, amplían la diversidad de ingredientes.
Spector señaló que esta diversidad alimentaria favorece un microbioma intestinal más robusto y resiliente, capaz de amortiguar el impacto ocasional de alimentos menos saludables.
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