Lo que la infancia nos dejó: cómo los recuerdos moldean la vida adulta y la memoria familiar

La historia afectiva de la niñez define lugares, roles y expectativas que acompañan a cada individuo y condicionan su presente emocional

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abrazo cálido, infancia alegre, ternura juguete, muñecos suaves, niña feliz, compañía tierna, amor infantil, dulzura pura, peluches caninos, juego inocente - (Imagen Ilustrativa Infobae)
La infancia no es un hecho biográfico compartido sino una posición subjetiva dentro de la trama del deseo y el lenguaje familiar - (Imagen Ilustrativa Infobae)

— ¿Cómo lo lograste, con la infancia que tuvimos?

— Pero no tuvimos la misma infancia. Vos estabas ahí para mí.

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El diálogo ocurre entre dos hermanas adultas en “Valor sentimental”, la película de Joachim Trier. Es una conversación íntima que pone en cuestión una de las creencias más arraigadas del mundo adulto: la idea de que haber crecido en la misma casa, con los mismos padres, garantiza una infancia compartida.

Infancia y hogar: la memoria de los espacios

En palabras del propio Trier, la génesis de la película surgió de una reflexión sobre la transmisión generacional y el significado del hogar. Comenzó pensando en lo que habían vivido sus padres y abuelos, pero luego desplazó la mirada hacia la perspectiva de un niño: la experiencia de quien piensa su vida adulta a partir de la casa en la que creció. El hogar, sostiene, es algo profundamente subjetivo y funciona como punto de partida para abordar una historia más compleja sobre la vida y las expectativas.

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Al verla, recordé otras casas que, en la tradición literaria, funcionan como verdaderos sujetos de memoria. En “La casa”, de Manuel Mujica Láinez, una vieja residencia señorial construida a fines del siglo XIX narra su propia historia como testigo de pasiones, conflictos, decadencias y transformaciones a lo largo de generaciones. Allí, los objetos y los espacios no son neutros: portan memoria y afectos sedimentados en el tiempo.

Los recuerdos de las casas donde crecimos ocupan un lugar singular en la memoria. En algunas quedan marcas visibles: la altura de los niños medida contra un marco de puerta, la humedad que entró después de una inundación o una tormenta, los objetos que sobreviven a quienes los usaron, juguetes que se heredan.

(Imagen Ilustrativa Infobae)
Cada hermano nace en un momento distinto del deseo parental y ocupa un lugar propio en la estructura simbólica de la familia (Imagen Ilustrativa Infobae)

La diferencia invisible entre hermanos

En otras, hay hechos extremos y dolorosos que dejan otro tipo de huellas. Pero aun cuando los hermanos hayan vivido bajo el mismo techo y compartido escenas similares, los recursos subjetivos, la forma de subrayar un acontecimiento y no otro, o la sensación que dejó un hecho pueden ser radicalmente distintas.

No es poco común en la consulta con familias que los hermanos se enojen porque uno no recuerda algo que para otro fue decisivo, o que un acontecimiento vivido como trágico por uno resulte irrelevante para otro. No se trata de mala fe ni de negación: no ocuparon el mismo lugar en la experiencia.

La infancia no es un hecho biográfico compartido. Es una posición subjetiva singular en la trama del deseo, del lenguaje y del drama familiar.

Cada hermano nace en un momento distinto del deseo de los padres y ocupa un lugar propio en la estructura simbólica familiar. Ese lugar no es solo una proyección del deseo parental: está ya anticipado por una historia, fantasmas, expectativas, duelos y mandatos que lo preceden. La identidad se construye de manera singular en que cada niño se posiciona frente a ese lugar que lo antecede. Por eso, aun con los mismos padres y bajo el mismo techo, la infancia nunca es la misma.

Conocer el lugar de cada niño en la trama afectiva puede ser reparador y prevenir dolores futuros en la vida adulta 
 (Freepik)
Conocer el lugar de cada niño en la trama afectiva puede ser reparador y prevenir dolores futuros en la vida adulta (Freepik)

En toda familia hay movimientos dramáticos, a veces violentos, muchas veces invisibles, también inconscientes, que asignan lugares. No todos los hijos cargan con las mismas responsabilidades emocionales ni sostienen las mismas funciones, ni son deseados de la misma forma.

Cada cual ocupa un lugar en la fantasmática familiar. Y eso no es algo que pueda corregirse, puede comprenderse. Y comprender desde qué lugar habla cada uno, desde dónde mira, desde dónde tuvo que arreglárselas y desde dónde goza, lleva a la búsqueda de nuevas posiciones más acorde al deseo que nos habita, parafraseando a Lacan.

La infancia es una posición en el deseo del Otro y una contingencia del drama familiar. Con drama no me refiero a conflictos explícitos o desavenencias, sino a la trama que se transmite de generación en generación, con sus silencios, repeticiones y puntos ciegos, tan bien captados por los clásicos de la literatura y el cine. Alfred Hitchcock fue un especialista en mostrar lo inconsciente, su repitencia y sus secuelas en la vida adulta. En sus films se asiste al eterno retorno de lo no sabido.

Françoise Dolto aporta una clave en “Infancias”, un libro construido como un diálogo con su hija Catherine.

(Imagen Ilustrativa Infobae)
Los padres también están atravesados por fantasmas inconscientes que pueden repetirse de generación en generación (Imagen Ilustrativa Infobae)

Allí afirma que los niños parten de la creencia de que los adultos lo saben todo: que comprenden lo que ocurre, que entienden lo que ellos sienten, que pueden leer sus miedos y preguntas. Esa suposición sostiene la confianza infantil en el mundo adulto, hasta que se produce un quiebre: el niño descubre que los grandes no comprenden realmente lo que pasa, a veces ni siquiera lo que les ocurre a ellos mismos.

Es cierto, como lo es que los padres, a su vez, están comandados por sus propios fantasmas inconscientes. En “Valor sentimental”, esto se refleja con exquisitez, lo que no se elabora tiende a repetirse de generación en generación.

Pensar la salud mental infanto-juvenil desde este lugar implica correrse del relato normativo y acercarse a la singularidad. La pregunta no es si hubo amor o cuidados materiales suficientes, sino qué lugar tuvo cada niño en la trama afectiva y qué hizo con eso. Conocer ese lugar desde temprano es reparador y muchas veces preventivo de dolores futuros.

Una vez fui a buscar a dos niñas muy pequeñas, de uno y dos años, que vivían en un hogar convivencial durante la semana y pasaban los fines de semana en mi casa. La más chiquita salió llorando porque no podía llevarse un juguete que quería. Cuando pregunté qué pasaba, la mayor respondió con una frase que recuerdo casi a diario: “La vida es así, tía” (tía es el modo habitual de nombrar a madrinas y padrinos en ese hogar).

En esos hogares, la ropa y los juguetes son de uso común; no hay objetos propios ni pertenencias individuales. Es un problema estructural que merece un análisis específico. Pero lo que importa aquí es otra cosa: que una niña de apenas dos años ya sabía cuál era su lugar en el entramado, no solo familiar sino también social. Sabía que su deseo, y el de su hermanita, debía ajustarse a una lógica de carencia, propia de una infancia atravesada por la privación de cuidados familiares.

El lugar de las infancias en la trama familiar

(Imagen Ilustrativa Infobae)
Conocer el lugar de cada niño en la trama afectiva puede ser reparador y prevenir dolores futuros en la vida adulta (Imagen Ilustrativa Infobae)

La infancia es una experiencia situada, atravesada por el lugar que a cada niño le toca ocupar. Las casas, reales o simbólicas, guardan esas marcas. Son testigos mudos de lo que se dijo y de lo que no pudo decirse, de los cuidados ofrecidos, de las soledades, de los desamparos y también de los momentos bellos e inolvidables.

En el libro “Lo que queda de la infancia", Colette Soler da espesor a aquello que se escucha a diario en la palabra del analizante, que vuelve una y otra vez sobre las figuras originarias de la infancia: padre, madre, otros significativos. A partir de esa insistencia, interroga, qué se perpetúa de los primeros efectos de la lengua materna y del discurso del Otro en las posiciones subjetivas.

La pregunta es, entonces, qué queda de la infancia en el adulto y cuánto inciden en ello las contingencias de la historia por venir.

Trabajar sobre ello desde temprano no es negar ni corregir la historia que nos funda, sino poder narrarla, hacer algo con ella y apropiársela de un modo menos doloroso y más acorde al deseo posible.

*Sonia Almada es licenciada en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Magíster Internacional en Derechos Humanos para la mujer y el niño, violencia de género e intrafamiliar (UNESCO). Se especializó en infancias y juventudes en Latinoamérica (CLACSO). Fundó en 2003 la asociación civil Aralma que impulsa acciones para la erradicación de todo tipo de violencias hacia infancias y juventudes y familias. Es autora de tres libros: La niña deshilachada, Me gusta como soy, La niña del campanario y Huérfanos atravesados por el femicidio.

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