
Nuevas investigaciones han demostrado que la grasa corporal humana cumple funciones mucho más complejas que el mero almacenamiento de energía. Dos estudios recientes, destacados por New Scientist, revelan que el tejido adiposo participa activamente en la regulación del sistema inmunológico y la presión arterial, y que su impacto varía según el tipo y la ubicación en el organismo.
Según New Scientist, existen varias clases de grasa corporal: la grasa subcutánea, que se sitúa justo bajo la piel; la grasa visceral, presente en la zona abdominal; la grasa parda, que ayuda a generar calor; y la grasa beige, capaz de adquirir funciones intermedias.
La localización del tejido es determinante. Mientras la grasa subcutánea suele ser menos problemática, la grasa visceral se asocia con inflamación, diabetes tipo 2 y enfermedades cardiovasculares.
Un escudo inmunológico junto al intestino
Uno de los estudios, dirigido por Jutta Jalkanen en el Hospital Universitario Karolinska de Estocolmo, examinó el papel inmunológico de la grasa visceral, en particular del tejido adiposo epiploico que rodea el intestino grueso.

Los investigadores encontraron en este depósito una alta concentración de células inmunes y células grasas especializadas que producen proteínas inflamatorias. También observaron que productos microbianos del intestino activan estas células grasas, impulsando defensas inmediatas en la zona.
Jalkanen explicó a New Scientist que “nuestro trabajo demuestra que los depósitos de tejido adiposo parecen estar especializados dependiendo de su localización anatómica, y aquellos situados junto al intestino están especialmente adaptados para interactuar con el sistema inmunológico”.
Si bien el estudio incluyó a personas con obesidad, la experta considera que la función protectora de este tejido está presente en todos los individuos, ya que todos tienen algo de grasa rodeando el intestino.
Esta protección puede convertirse en un riesgo si la activación inmunológica es constante, como sucede en la obesidad. El consumo excesivo de determinados alimentos o una microbiota intestinal alterada pueden estimular una respuesta crónica en la grasa intestinal, lo que contribuye a una inflamación persistente relacionada con enfermedades metabólicas como la diabetes tipo 2 y la propia obesidad.
El rol de la grasa perivascular en la presión arterial
El segundo estudio, liderado por Mascha Koenen en la Universidad Rockefeller de Nueva York, analizó el tejido adiposo perivascular, una capa de grasa con abundantes células beige que envuelve los vasos sanguíneos.

En experimentos con ratones modificados para carecer de esta grasa, se detectó que sus vasos sanguíneos eran más rígidos y tendían a aumentar la presión arterial frente a estímulos hormonales habituales. El equipo atribuyó este fenómeno a la acción de la enzima QSOX1, liberada por células grasas disfuncionales. Al bloquear dicha enzima, fue posible impedir el daño vascular y regular la presión arterial, independientemente del peso corporal.
Sobre estos resultados, Koenen señaló a New Scientist que “lo que muestra de forma clara es que la comunicación entre diferentes sistemas de órganos es esencial para comprender enfermedades complejas como la hipertensión y la regulación de la presión arterial”.
Por su parte, Kristy Townsend, especialista de la Universidad Estatal de Ohio, destacó: “Este estudio revela un papel poco apreciado de la grasa parda y la grasa beige, subrayando la importancia de entender los efectos funcionales del tejido adiposo más allá de la masa total o del índice de masa corporal”.
El consenso de los expertos apunta hacia terapias futuras que busquen preservar o restaurar funciones específicas del tejido graso, en vez de solo reducir su cantidad. Nuevos tratamientos podrían dirigirse a reforzar la actividad saludable de la grasa beige y su comunicación con el sistema inmunitario, así como aprovechar sus beneficios vasculares.
Estos avances, según resume New Scientist, contribuyen a una visión transformada del tejido adiposo: ya no se lo ve exclusivamente como un simple almacén de energía, sino como un tejido activo, diverso e integrado en numerosos procesos que resultan clave para la salud humana.
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