
*Grupo INECO es una organización dedicada a la prevención, diagnóstico y tratamiento de enfermedades mentales. A través de su Fundación INECO, investiga el cerebro humano.
Quienes se dedican al cuidado de otras personas —niños, adolescentes, adultos o personas mayores— suelen encontrarse en situaciones de alta exigencia emocional, física y mental. Este acompañamiento puede surgir en el contexto de enfermedades crónicas, discapacidades o situaciones de vulnerabilidad, y aunque muchas veces resulta gratificante, también puede implicar un importante nivel de desgaste.
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En la práctica clínica, existe lo que se denomina como síndrome del cuidador, el cual está conformado por niveles de estrés elevado, así como malestar físico y/o psicológico, producto del cuidado de personas con algún tipo de limitación.

“Se suele presentar en dos tipos de cuidadores: por un lado familiares directos, así como también es habitual que se presente en profesionales de la salud (enfermeras, trabajadores sociales, terapeutas, médicos). Otro término conocido es el de fatiga de compasión”, sostiene la licenciada Belén Tarallo, miembro del equipo de Psicoterapia de INECO.
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“Es de suma relevancia que los cuidadores no solo atiendan a quienes asisten, sino también a sí mismos. El bienestar del cuidador influye directamente en la calidad del cuidado brindado y en la sostenibilidad del acompañamiento a lo largo del tiempo. En este sentido, el autocuidado se presenta como una herramienta fundamental para preservar la salud mental y física, prevenir el agotamiento y favorecer vínculos saludables”, agrega la licenciada Tarallo.
A continuación, se detallan cuatro recomendaciones fundamentales, respaldadas por la neurociencia, para promover el autocuidado de quienes están al servicio de otros:

Mantener el equilibrio de los hábitos como la alimentación, el sueño, ejercicio físico regular, y el contacto social es indispensable para poder tener la energía, claridad mental y ánimo suficiente para cuidar al otro.
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Esto se puede llevar a cabo a través de hobbies o de pausas breves durante el transcurso del día. Actividades como leer, escuchar música, salir a caminar, conversar con alguien cercano son formas efectivas de recargar energía y conectar con el propio deseo. Estas pausas permiten aliviar la tensión acumulada y fortalecer la identidad del cuidador más allá del rol que desempeña.

El autocuidado también implica reconocer los propios límites. Delegar tareas, promover la autonomía de la persona cuidada en la medida de sus posibilidades y buscar apoyo profesional cuando sea necesario —como enfermeros, terapeutas o acompañantes— contribuye a disminuir la sobrecarga. El trabajo en equipo en el cuidado favorece un entorno más saludable y reduce el riesgo de agotamiento emocional o físico.
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Se recomienda prestar especial atención a los siguientes síntomas, frecuentes en el síndrome del cuidador: irritabilidad, trastornos del sueño, ansiedad elevada, aislamiento, desesperanza, cansancio excesivo, dificultad para concentrarse, entre otros.
Sostener el rol de cuidador sin prácticas de autocuidado puede tener consecuencias negativas, tanto para quien asiste como para quien recibe la ayuda. Por eso, cuidarse no es un acto egoísta, sino una condición necesaria para brindar un acompañamiento genuino, sostenido y humano.
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