
Estamos en marzo de 2022. El mundo está ya en la era de la postpandemia y viviendo las consecuencias, en particular en los cambios en los comportamientos, en la salud mental.
En los medios de todo el mundo, se está trasmitiendo la entrega de los Premios Oscar, pero lo que captó la atención, no fue una entrega, sino una escena inesperada que fue repetida miles de veces. Durante la gala, el famoso actor Will Smith, hasta entonces símbolo de autocontrol y humor, se levantó de su asiento con rostro tenso, caminó hasta el escenario, y le dio una cachetada en vivo al presentador de la velada, el cómico Chris Rock.
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La escena no necesitó traducción, era brutalmente clara. En un terreno donde prima la ficción, esto no lo fue y quizás por eso sorprendió de tal manera que desató una ola de interpretaciones. El juicio fue inmediato, automático. Algunos hablaron de impulsividad, buscando causas que explicaran estos y otros de desequilibrios emocionales, manifestándolo bajo diversas etiquetas, y en ese contexto no faltaron quienes mencionaron sin más el “bipolar”. Como si toda conducta intempestiva pudiera explicarse con un diagnóstico psiquiátrico, como si el acto de actuar sin pensar necesariamente indicara una enfermedad. El fondo de la cuestión fue la confusión entre un acto impulsivo y un posible diagnóstico clínico real.
Esta viñeta ilustra algo frecuente. La vemos a diario en consultorios, hospitales, redes sociales e inclusive en las búsquedas que nos acercan con el Dr. Google o la IA y se trata del constante error lógico de extrapolar un síntoma a una patología. Las personas impulsivas, intensas, cambiantes o reactivas son fácilmente clasificadas como “bipolares”, cuando en realidad lo que muestran puede deberse a una enorme variedad de causas, desde factores emocionales o educativos hasta trastornos del neurodesarrollo, de la personalidad o, simplemente, estilos temperamentales.
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En realidad, lo que llamamos o detectamos como “impulsividad” y hasta violencia, puede ser la punta del iceberg de múltiples condiciones. Esa multiplicidad lleva a relacionarla con una sola condición sin ver el contexto y así posiblemente confundirla con bipolaridad, trastorno de déficit atencional e hiperactividad (TDAH) u otras y no solo implica un error sino que puede llevar a una persona a un tratamiento equivocado.
La impulsividad no es un diagnóstico, es un síntoma. Un rasgo transversal que puede aparecer en múltiples cuadros clínicos y que, por sí solo, no basta para establecer una patología específica. Puede ser parte de un episodio maníaco o hipomaníaco, pero también es frecuente en personas con trastorno de déficit atencional e hiperactividad (TDAH), también en quienes padecen un trastorno de personalidad en particular el llamado trastorno límite de la personalidad o borderline, en quienes atraviesan adicciones o inclusive en aquellos que simplemente no han desarrollado herramientas adecuadas de autorregulación emocional.
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El factor común a todas esas patologías que se expresan con ese síntoma, entre otros, es exactamente ese: la deficiente autorregulación emocional. Lo peligroso es que esta confusión lleva muchas veces a medicar lo que no se comprende, y a encasillar a alguien en un diagnóstico que condiciona su historia, su vínculo con los demás y, lo más grave, su tratamiento.
Impulsividad y bipolaridad
Quizás la confusión y el error más frecuente sea confundir impulsividad con bipolaridad. La pregunta, ¿“no será ( o no seré) bipolar?” es habitual. En realidad se recurre al término “bipolar” como un atajo lógico que permite no realizar la evaluación completa, como si esto sirviera para explicar cualquier vaivén emocional.
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Pero el trastorno bipolar verdadero tiene características muy precisas: implica episodios bien definidos, con cambios notables del estado de ánimo que duran días o semanas, acompañados de síntomas como euforia exagerada, verborrea, grandiosidad, disminución del sueño o, en algunos casos, depresión severa. No se trata de estar un poco irritable ni de cambiar de opinión con frecuencia. No todo cambio de humor es bipolaridad, así como no toda tristeza es depresión.
El problema de fondo es que vivimos en una cultura de la inmediatez y parte de esto es la necesidad de etiquetas y el diagnóstico médico rápidos, cuando, en particular el psiquiátrico, necesita de tiempo. Ese etiquetado rápido se manifiesta en un diagnóstico inmediato, con explicaciones lineales y lamentablemente a soluciones centradas en un fármaco.
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En gran medida, el auge de la automedicación está relacionado con esto. La impulsividad, que muchas veces es solo un indicador de desregulación emocional, con otro camino a recorrer en la historia y realidad del individuo, termina así malinterpretada y encapsulada como enfermedad mental. Esto no solo estigmatiza al paciente, sino que lo aleja de abordajes terapéuticos adecuados. Una persona mal diagnosticada puede recibir medicamentos “anti-impulsivos”, un paraguas conceptual muy extenso, que no necesita, o alguien con un trastorno de la personalidad puede ser medicado de forma crónica sin mejorar su funcionamiento vincular.
La cultura popular ha contribuido en parte a esto. Basta pensar en figuras como Britney Spears, cuya conducta impulsiva fue durante años atribuida a una supuesta manía, sin que se preguntaran si no se trataba de un caso de trauma prolongado, control parental extremo y desgaste emocional.
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Otro caso es el de Kanye West, quien ha hablado públicamente sobre su diagnóstico de bipolaridad, pero ante ciertas manifestaciones surgen las dudas de expertos: ¿es realmente bipolar o sus manifestaciones responden a otra combinación de factores como narcisismo, consumos problemáticos y exposición mediática constante?
En Argentina, el caso de Chano Moreno Charpentier es paradigmático. El músico atravesó múltiples internaciones, crisis públicas, intentos de diagnóstico que iban desde bipolaridad hasta trastornos de adicción y personalidad. Lo que quedó claro en el tratamiento mediático fue la enorme dificultad para nombrar con precisión lo que le ocurría, y la tendencia a simplificar y la necesidad de encerrar en un diagnóstico la totalidad compleja de una persona que sufre.
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Es evidente que no se trata de negar la existencia de la impulsividad como síntoma de importancia, ya que muchas veces es el primer motivo de consulta, e inclusive aportado por su entorno, como son casos que ingresan por vía judicial y luego se detecta una patología. Pero tampoco se trata de precipitarse a un diagnóstico sin una evaluación cuidadosa, ya que el correcto proceder médico psiquiátrico es establecer una minuciosa historia clínica, con seguimiento longitudinal, con estudios complementarios y cotejando el cuadro posible, con las otras alternativas.
La clave está en el contexto, en el tiempo, en cómo evoluciona esa conducta que la precede, qué consecuencias tiene y cómo se repite. La impulsividad del niño inquieto no es la misma que la del adolescente que se autolesiona, ni la del adulto que rompe una relación en un arrebato. Cada una de esas formas tiene causas distintas, implicancias distintas y, por lo tanto, tratamientos distintos. Generalizar conduce al error.
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También el entorno juega un papel clave. Padres que, en su inquietud frente a conductas que no comprenden, asimilan el malestar de su hijo con el de otros o docentes que buscan una respuesta rápida frente a alumnos, dispersos o desafiantes, que etiquetan como “hiperactivos”. También pasa con los médicos si no sostenemos la presión por el diagnóstico y/o la medicación rápida en una consulta. Las consecuencias de esa “rapidez” son la extrema lentitud de tratamientos crónicos, ensayo y error, donde la persona que presenta un malestar ya sale como portadora de un diagnóstico del cual quizás nunca se desprenderá. Se medicaliza la emoción e inclusive la crisis vital.
Como toda palabra poderosa, “bipolar” se ha convertido en un significante que encierra más de lo que revela. Nombrar no siempre significa comprender. Y comprender no siempre lleva a tratar mejor. La impulsividad, esa energía que desborda antes de tiempo, merece ser entendida, no encasillada. Solo así podremos ayudar sin lastimar, y tratar sin reducir la complejidad humana a una etiqueta.
Y finalmente recordar el primer mandato atribuido a Hipócrates o también a Galeno “Primum Non nocere”, “Lo primero (aun en la ausencia de una medida eficaz) es no dañar”.
* El doctor Enrique De Rosa Alabaster se especializa en temas de salud mental. Es médico psiquiatra, neurólogo, sexólogo y médico legista
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