
Shannon Romano, una bióloga molecular, se contagió de coronavirus a fines de marzo pasado, aproximadamente una semana después de que ella y sus colegas cerraran su laboratorio en el Hospital Mount Sinai en la ciudad de Nueva York, Estados Unidos. Primero vino un dolor de cabeza debilitante, seguido de una fiebre alta y luego unos dolores corporales insoportables. “No podía dormir. No podía moverme“, recordó. “Cada una de mis articulaciones me dolía por dentro”.
No era una experiencia que quisiera repetir, nunca. Entonces, cuando se convirtió en elegible para la vacuna COVID-19 a principios de este mes, recibió la vacuna. Dos días después de la inyección, desarrolló síntomas que le resultaron muy familiares. “Era el mismo dolor de cabeza y de cuerpo que tenía cuando tuve COVID-19”, dijo. Y si bien recuperó rápidamente la intensa respuesta de su cuerpo al jab la tomó por sorpresa.
Un nuevo estudio puede explicar por qué la doctora Romano y muchos otros que han tenido coronavirus informan estas reacciones inesperadamente intensas a la primera inyección de una vacuna. Los investigadores encontraron que las personas que habían sido infectadas previamente con el virus informaron fatiga, dolor de cabeza, escalofríos, fiebre y dolor muscular y articular después de la primera inyección con más frecuencia que aquellos que nunca habían sido infectados. Los sobrevivientes de la enfermedad también tuvieron niveles de anticuerpos mucho más altos después de la primera y segunda dosis de la vacuna.
Según estos resultados, dicen los investigadores, las personas que han tenido COVID-19 pueden necesitar solo una inyección. “Creo que una vacuna debería ser suficiente”, aseveró Florian Krammer, virólogo de la Escuela de Medicina Icahn en Mount Sinai y autor del estudio. “Esto también evitaría a las personas un dolor innecesario al recibir la segunda dosis y liberaría dosis adicionales de la vacuna”.

Un segundo estudio publicado el lunes refuerza la idea. La investigación incluyó a 59 trabajadores de la salud, 42 de los cuales tenían previamente COVID-19 (con o sin síntomas). Los investigadores no evaluaron los efectos secundarios, pero encontraron que aquellos que habían sido previamente infectados respondieron al primer pinchazo generando altos niveles de anticuerpos, comparables a las cantidades observadas después de la segunda dosis en personas que nunca habían sido infectadas. Y en los experimentos de laboratorio, esos anticuerpos se unieron al virus e impidieron que ingresara a las células. Para estirar el suministro de la vacuna, los autores concluyen que aquellos que previamente han tenido coronavirus deben bajar en la lista de prioridades y recibir solo una dosis de la vacuna mientras los suministros son limitados.
“En general, los individuos que atravesaron la infección cuentan con anticuerpos y células T de memoria inmunológica que son las que conservan la memoria de haber estado infectados. Entonces, una dosis de la vacuna contra la enfermedad podría actuar como un refuerzo o booster dose. Al tener memoria inmunológica se produce una respuesta con título de anticuerpo todavía más alto de los que están circulado y por lo tanto no necesitaría utilizar dos dosis. En general, lo que uno ve en las vacunas es que la primera dosis es lo que produce la respuesta primaria, es decir el primer estímulo a las células productoras de anticuerpos. La segunda dosis, genera la respuesta secundaria o de refuerzo que aumenta más al título de anticuerpos. En estos casos, uno considera que la enfermedad es la respuesta primaria y la primera dosis la respuesta secundaria”, explicó a Infobae el doctor Eduardo López, uno de los infectólogos que asesora al Gobierno Argentino en medio de la pandemia.
Para el médico infectólogo Roberto Debbag (MN 60253), los estudios demuestran que las personas que han tenido la infección y se vacunan tienen altos niveles de anticuerpos, es decir un impacto inmunitario mayor, que si se dieran dos dosis. “Es un dato alentador”, manifestó en diálogo con este medio. Y agregó: “En nuestro país, el Ministerio de Salud está buscando vacunas y acuerdos con los principales fabricantes, y eso es absolutamente importante. Pero también deberían estar diseñando programas de vacunación a medida. Por ejemplo, tratar de ver de encontrar personas sintomáticas que hayan tenido la infección para no vacunarlas inicialmente y luego, después de que se vacunen los prioritarios, vacunarlos con la sola dosis”.

“De esta manera, se ahorrarían dosis para aplicar a individuos susceptibles. Además, logísticamente sería más eficaz porque los individuos irían una sola vez a vacunarse y se necesitaría una menor capacidad de almacenamiento”, añadió López. Sin embargo, tal como advirtió a este medio el infectólogo Lautaro de Vedia, ex presidente de la Sociedad Argentina de Infectología, “por el momento no hay ninguna determinación al respecto. Si bien el concepto es interesante, no cambia las indicaciones actuales de la vacuna”.
Aunque algunos científicos están de acuerdo con esta lógica, otros son más cautelosos. Cambiar la cantidad de dosis podría crear “un precedente realmente complicado”, aseguró en diálogo con The New York Times E. John Wherry, director del Instituto de Inmunología de la Universidad de Pensilvania. “No aceptamos las aprobaciones de la FDA de, digamos, un fármaco quimioterapéutico y luego simplemente descartamos el programa de dosificación”, resaltó el experto.
Wherry también señaló que las personas que tenían casos leves de COVID-19 parecen tener niveles de anticuerpos más bajos y es posible que no tengan protección contra variantes más contagiosas del virus. También puede resultar difícil identificar qué personas se han infectado anteriormente. “Documentar eso se convierte en un problema de salud pública potencialmente complicado”, aseveró.
Maria Elena Bottazzi, inmunóloga del Baylor College of Medicine en Houston, también sugiere que todos se adhieran a dos dosis. “Soy una gran defensora de la dosificación y el horario correctos, porque así es como se realizaron los estudios”, sostuvo la especialista.
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