
La intensificación agrícola se presenta como una alternativa clave para mejorar la productividad sin sacrificar la calidad del suelo. Más que una simple rotación de cultivos, este enfoque propone sembrar más especies a lo largo del año, lo que no solo impacta la producción, sino también la estructura del suelo y la cantidad de carbono orgánico.
Pero, ¿realmente puede la intensificación ser la respuesta para un futuro agrícola más sostenible? Un estudio reciente de la Facultad de Agronomía de la UBA (FAUBA) arroja resultados reveladores sobre cómo estas prácticas podrían transformar la forma en que cultivamos.
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La medición del carbono orgánico y la estabilidad estructural
En la investigación de la FAUBA, se midieron dos variables clave: el aumento del carbono orgánico y la mejora de la estabilidad estructural del suelo. ¿Es importante el carbono orgánico? Muy: proviene de la descomposición de restos vegetales y animales, y tiene un papel crucial en la mejora de la estructura del suelo, ya que ayuda a retener agua -y hacerlo más resistente a la erosión provocada por la lluvia y el viento-, nutre las plantas y mejora la fertilidad. Además, el carbono actúa como un regulador climático natural, contribuyendo al secuestro de CO2 en el suelo y ayudando a mitigar el cambio climático.

Cuanto mayor es la cantidad de carbono orgánico en el suelo, más saludable y resistente se vuelve, lo que permite una producción agrícola más sostenible. “Las rotaciones con más cultivos aumentan un 7% las reservas de carbono en la superficie del suelo, y la estabilidad estructural mejora un 22%, especialmente en la profundidad”, explica Emilia Giustiniani, docente de Manejo y Conservación de Suelos en la FAUBA.
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Más allá del monocultivo
A diferencia del monocultivo, que se limita a sembrar una única especie, la intensificación propone rotaciones más diversas. “Este manejo mejora la cobertura vegetal, lo que a su vez fortalece la estructura del suelo, ayudando a resistir la erosión”, afirma Giustiniani.
El análisis de más de 30 estudios sobre la Región Pampeana reveló que las rotaciones con más cultivos no solo aumentan el carbono orgánico, sino que también mejoran la estabilidad estructural del suelo, un aspecto fundamental para su resistencia a los factores climáticos adversos.
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Gramíneas y tiempo: una combinación ganadora
¿Por qué las gramíneas como el trigo y el maíz son tan relevantes en este proceso? Estas plantas, al dejar más residuos vegetales, contribuyen al aumento del carbono orgánico, lo que nutre el suelo y mejora su estructura. El tiempo también es esencial: las rotaciones más largas (más de nueve años) favorecen la acumulación de carbono y permiten una recuperación más eficiente del suelo. “Los beneficios son acumulativos, y con el tiempo, los suelos se hacen más fértiles y resistentes”, comenta Giustiniani.
Nuevos horizontes: explorando la Patagonia
Aunque los estudios se han centrado principalmente en la Región Pampeana, el grupo de investigación está extendiendo este enfoque a otras regiones del país. En la Patagonia, por ejemplo, los suelos volcánicos presentan desafíos distintos, pero la implementación de abonos orgánicos y la rotación de cultivos podría replicar los resultados observados en la llanura pampeana.
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“Ya demostramos que es posible mantener altos rendimientos sin comprometer la salud del suelo. El reto ahora es aplicar estos principios a diferentes paisajes agrícolas en todo el país”, concluyó Giustiniani.
La intensificación agrícola no solo tiene el potencial de mejorar la productividad, sino también de preservar la salud del suelo a largo plazo. A través de la rotación de cultivos y la incorporación de gramíneas, los suelos no solo se vuelven más fértiles y estables, sino también más resilientes frente a los retos del cambio climático.
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Fuente: FAUBA SLT
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