
A los 91 años, Lorenzo Bavestrello recuerda que su salida de Chile en 1980, forzada por la persecución política tras el golpe de Estado de 1973, terminó por convertirlo en una figura central de la confitería en la República Dominicana, donde ayudó a levantar un negocio cuyos dulces quedaron ligados a la infancia de generaciones de dominicanos.
La reubicación de Bavestrello formó parte de un programa de migración laboral del entonces Comité Intergubernamental para las Migraciones Europeas, hoy Organización Internacional para las Migraciones (OIM), que ayudó a unos 9,000 chilenos a instalarse en el extranjero. En su caso, el destino fue Boca Chica, en la costa sur dominicana, después de perder su trabajo en Valparaíso y quedar expuesto por su actividad sindical.
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Según la OIM, Bavestrello trabajaba en una empresa de confitería y chocolate en su ciudad natal y era líder sindical cuando el derrocamiento del presidente chileno Salvador Allende alteró su vida. “Mis opiniones políticas me costaron el trabajo porque me opuse a la dictadura”, recordó.
La pérdida del empleo no fue un hecho aislado. A medida que la polarización avanzaba en Chile, encontrar otro trabajo se volvió casi imposible para alguien vinculado al movimiento sindical, mientras debía sostener a su esposa y a sus tres hijos pequeños.

El contacto que abrió esa salida llegó a través de su cuñado, un sacerdote católico, que lo vinculó con el Vicariato de la Solidaridad, organización que apoyaba a víctimas de la dictadura. Por esa red supo de un programa gestionado por el ICEM que ofrecía una vía de reubicación fuera del país.
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En la República Dominicana, el Banco Interamericano de Desarrollo y el ICEM respaldaban la creación de una fábrica de dulces. Por su experiencia en el sector, Bavestrello fue elegido para ayudar a poner en marcha el proyecto.
Viajó primero solo, con la promesa de reunir más tarde a su familia. Al llegar a Boca Chica, se instaló en una pequeña habitación y durante seis meses trabajó mientras esperaba la llegada de su esposa y de sus hijos: Alejandro, de 13 años; Christian, de 10; y Andrea, de siete.
“Fue un cambio enorme, pero tenía que seguir manteniendo a mi familia”, dijo. Esa etapa inicial estuvo marcada por el desarraigo y por un fuerte choque cultural, aunque también por la posibilidad de seguir ejerciendo el oficio que conocía.
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Cuarenta y seis años después de aquella partida, sus hijos todavía conservan un acento claramente chileno y mantienen vivos los recuerdos de las despedidas con familiares y amigos antes del viaje. Bavestrello resumió así el peso de aquella ayuda: “Lo que ICEM hizo por nosotros no tiene precio”.
Del cierre de la primera fábrica al nacimiento de Golosín en Santo Domingo
La estabilidad, de todos modos, no llegó de inmediato. La fábrica que lo había llevado a la República Dominicana cerró y volvió a dejarlo sin trabajo.
“Los recuerdos de aquellos primeros años no son precisamente agradables”, afirmó Bavestrello en declaraciones recogidas por la OIM. La nueva oportunidad apareció cuando encontró un socio que confiaba en su experiencia y con él abrió un pequeño negocio de confitería en Gazcue, un barrio tradicional de Santo Domingo.
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Con los años, ese emprendimiento se convirtió en Golosín, una empresa de dulces cuyos productos pasaron a formar parte de la memoria de infancia de generaciones de niños dominicanos. El crecimiento del negocio avanzó al mismo tiempo que la integración de la familia en el país.

Sus hijos continuaron los estudios, hicieron amistades y echaron raíces. El lugar al que llegaron como refugio terminó por convertirse en hogar.
“La República Dominicana nos acogió”, sostuvo Bavestrello. “Aquí encontramos paz. Pudimos trabajar, construir una vida y mirar hacia el futuro. Tengo muchos amigos dominicanos maravillosos, y eso ha marcado la diferencia a la hora de hacer que este lugar se sienta como un hogar”.
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A esta altura de su vida, Bavestrello dijo que ya no piensa primero en la incertidumbre ni en la pérdida que lo obligaron a irse de Chile, sino en lo que vino después: la familia que formó, la vida que levantó y la tranquilidad que encontró en territorio dominicano. “Todos mis hijos pudieron estudiar, y nuestra familia sigue creciendo. Esa es la mayor bendición”, concluyó.
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