La intensa actividad de Javier Milei en Río de Janeiro acaba de dejar un par de trazos fuertes en política exterior: cierto equilibrio para mantener perfil propio sin llegar al quiebre en el marco del G20 y giro desideologizado en la relación con China. Eso último, sobre todo, pone en crisis un eje de su propio discurso -el rechazo a cualquier “pacto con comunistas”- y expone un obligado pragmatismo en plena “batalla cultural”. Ocurre justo después de la puesta en escena de la organización ultraoficialista “Las Fuerzas del Cielo”, que se estrenó con consignas de intolerancia y como trinchera principista. ¿Contradictorio? No mucho, más bien repetido y peligroso como mensaje de los “leales” de todos los tiempos.
Hace apenas veinte días, el forzado final de la gestión de Diana Mondino al frente de la Cancillería fue acompañado por consideraciones, impulsadas desde pliegues del oficialismo, sobre la imposición de una línea cerrada e intransigente, incompatible con la compleja realidad externa, y cuya primera prueba sería, precisamente, la cumbre de presidentes en Río de Janeiro. Poco se decía de la agenda de encuentros que se venía armando. Y en paralelo, circulaban especulaciones en medios brasileños sobre una movida de Milei, en sintonía con el efecto Trump, apuntada a romper el previo y trabajoso tejido para coronar la cita del G20.
No fue eso lo que dejó la cumbre de Río. De hecho, las gestiones estuvieron orientadas desde el inicio del encuentro a evitar un camino sin retorno, a pesar de las referidas especulaciones y del frío cristalizado en la imagen del saludo entre Lula da Silva y Milei. Las tareas estuvieron a cargo especialmente de Gerardo Werthein y Federico Pinedo. Y eso se notó en el modo de sumarse a la Alianza Global contra el Hambre y la Pobreza y, finalmente, para suscribir el documento que coronó el encuentro del G20.
En los dos casos, en los límites de diferenciación que permiten esos entendimientos, la fórmula fue eludir el precipicio y dejar sentada la posición que se presume más conceptual. No fue la única señal: hubo otra en paralelo a las tratativas del canciller y del “sherpa” y ex senador del PRO. El protagonismo se lo llevó Luis Caputo y, como en el caso de la relación con China, expuso pragmatismo con telón de fondo económico. Fue firmado un memorándum con Brasil para impulsar infraestructura que permita exportar gas de Vaca Muerta a territorio brasileño.
Por supuesto, el foco mayor estuvo puesto en la reunión de casi media hora que mantuvo Milei con Xi Jinping. Las negociaciones, que podrían incluir una visita presidencial a Beijing a mediados del año próximo, exigen un complicado trabajo: pesan las necesidades financieras del país y el objetivo de ampliar el comercio, de un lado, y la apuesta geopolítica de China, con intereses concretos en obras locales estratégicas. La trascendencia del encuentro estuvo expuesta también por la amplitud de la delegación: participaron Karina Milei, Caputo, Werthein, Federico Sturzenegger y Luis Petri, además de Santiago Bausili y otros funcionarios.

La línea que supone la relación con Washington opera como eje fundamental en el frente externo y eso mismo, en lugar de rigidez, demanda un manejo razonable y sopesado de la política exterior, en escenarios mayores como el G20 y a escala regional. El efecto visible del triunfo de Donald Trump y la exposición ofrecida a Milei se proyectan además en las expectativas por la negociación con el FMI, que también tuvo su capítulo en Río de Janeiro. Fue un nuevo testeo para Economía y una cita exigida de tiempo para Milei con Kristalina Gerogieva.
Pero, lo dicho: el foco principal estuvo puesto -y así al parecer lo consideran en el Gobierno- en la reunión con Xi Jinping, presidente de China y jefe del Partido Comunista. ¿Una contradicción con el discurso cerrado y cada vez más exasperado de los grupos “mileistas”? En las formas, pero no en el fondo, porque la “batalla cultural” tiene doble expresión. Una es expresa: acompaña especialmente las cargas presidenciales más duras contra “enemigos” (pueden ser opositores, jueces y últimamente, sobre todo periodistas, como acaba de reiterar el propio Milei). Y la otra está implícita: no pone en discusión nada de lo que expone el líder, aunque suene difícil de explicar en blanco y negro.
La presentación de la organización “Las Fuerzas del Cielo” no expuso detalle alguno que se asocie con el liberalismo. Es otra cosa lo que exhibió en el las palabras y en la escenografía. No se trata del mensaje a Milei, ni de los vínculos con Santiago Caputo o del terreno elegido para sus batallas: las redes sociales. Lo central es que repite el esquema de la división -más que polarización- en base a un alineamiento vertical con el poder y una descalificación extrema de todo lo que considere ajeno.
No hace falta ir a los manuales de historia para entender el significado de la puesta en escena, con imágenes que pretenden invocar al Imperio Romano -escala simbólica fascistoide- y leyendas conservadoras. En una autodefinición de algo así como hoplitas o legionarios del oficialismo -más allá o por encima de LLA-, las intervenciones frente al micrófono dejaron frases expresivas. No sólo aquello del “brazo armado” -con posteriores aclaraciones para bajar el tono-, sino también “soldados más leales” y “guardia pretoriana” del Presidente.
Vuelta entonces, con otras ropas y diferentes veredas, al concepto de enfrentamiento. Los propios son los “leales” y más todavía, los “soldados”, es decir, los que acata sin discutir, disciplinadamente. Y el otro es el enemigo, descalificado de todas las maneras posibles, incluida en esta etapa la generalizada utilización del término “comunista”.
Ese tipo de encuadramiento político lleva al escalón siguiente: se trata de respaldar sin vueltas y no de interpretar lo que haga el líder, y mucho menos sus giros. La foto con Xi Jinping -lejos del rechazo de hace poco más de un año, todavía en clima de campaña- expone necesidades en ejercicio presidencial. No es tema de “soldados”.
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