
Finalmente, en un día con foco político único -del mundo y local- en la elección de Estados Unidos, Cristina Fernández de Kirchner fue proclamada al frente del PJ. No ocurrió como coronación del camino imaginado, cuando se motorizaba un “operativo clamor” de escasa repercusión, sino después de un desgaste doméstico con cuentas que el kirchnerismo tratará de saldar, a su manera. Casi en simultáneo con el parte de la Junta Electoral, la ex presidente ratificó su línea territorial y expuso el estado de la interna: realizó un acto en el Gran Buenos Aires y lo hizo en un distrito manejado por una pieza clave del armado de Axel Kicillof.
Con todo, la posibilidad de un acto partidario de mayor repercusión y a su medida tiene chances. De hecho, en poco más de diez días quedará liquidado el cronograma para que asuman los integrantes del Consejo Nacional. Para entonces, es posible que el discurso incluya una nueva descarga sobre la condena en el caso Vialidad -se espera el fallo de la Cámara de Casación-, resumido en el discurso de la persecución política a CFK. El kirchnerismo trasluce preocupación y enojo selectivos: la recreación de la consigna del lawfare no asoma en defensa de ex funcionarios y menos, de Alberto Fernández, no en el caso de Fabiola Yañez sino en la investigación por el negocio de los seguros.
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La decisión de la Junta Electoral era esperada después de que la jueza María Servini rechazara los reclamos de Ricardo Quintela y dejara a su lista fuera de carrera. Luego de algunas vueltas, el gobernador riojano decidió no escalar en el terreno judicial con una apelación y sus voceros dejaron trascender que, ahora sí, podría producirse un encuentro con CFK. La cita y declaraciones de unidad -con Javier Milei en la mira como “único” enemigo para aglutinar- expondrían el último capítulo de esta etapa y, antes que un motivo de celebración, el punto desde el que arranca la ex presidente para ordenar y enderezar al peronismo.
La visita a Avellaneda, para un encuentro con representantes de pequeñas y medianas empresas, puso a la vista de todos los trazos básicos del movimiento que despliega en línea con su objetivo mayor: recomponer liderazgo y alinear al peronismo/kirchnerismo, empezando por el principal distrito electoral. Y tratar de evitar fisuras, como algunas expuestas en el Congreso y, sobre todo, frente a la falta de apoyo abierto de jefes provinciales.
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La titularidad del PJ -cargo que nunca apreció, sino al contrario- sería apenas un paso, más costoso que lo que se suponía. De allí su disgusto con la pelea pública que le planteó Quintela -descontando de entrada que el gobernador riojano carecía de estructura para la batalla- y sobre todo, el profundo enojo con Axel Kicillof, que colocó su proyecto presidencial por encima del círculo de CFK.
Resulta claro que la ex presidente considera como base y principal capital político a la provincia de Buenos Aires. Y, a la vez, que no piensa dar por sentado como algo ajeno a su poder el camino de Kicillof. Menos, asimilarlo como un hecho natural. No se trata sólo de defender el espacio de Máximo Kirchner en el peronismo bonaerense, sino también de exponer con claridad que ella mismo quiere seguir dominando el tablero.
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Por eso mismo, fue considerado más que simbólico el acto en Avellaneda. Es un municipio importante del GBA, manejado por Jorge Ferraresi, convertido en un armador central del proyecto de Kicillof. El discurso, lejos de otros despliegues, fue igualmente un toque que ratifica el otro componente central de su juego: polarizar con Milei. Dijo algo provocativo, pero en principio sin mucho eco: “Este modelo es como un yogurt, tiene fecha de vencimiento”. Evitó hablar de tiempos, y prefirió hablar de “modelo” y no de Gobierno. Pero busca una respuesta que alimente la pelea de conveniencia en la grieta.
Eso mismo apuntaría a mantener su lugar en la oposición dura, aunque sin superar las limitaciones que supone la sola conservación del núcleo de apoyo. Las encuestas difieren sobre los niveles de aceptación y rechazo que genera la ex presidente, aunque tienden afirmar su apuesta, y la del oficialismo, a una polarización electoral prematura.
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Por lo pronto, la ex presidentae tendrá que sumar a su discurso, otra vez, el renglón judicial. Se espera que la semana próxima, la Cámara de Casación anuncie su fallo sobre la causa Vialidad. Se verá si no hay cambios. Debe pronunciarse sobre la condena a seis años contra CFK dispuesta por un tribunal oral federal.
El kirchnerismo apuntó contra los jueces de Casación luego de que rechazaran planteos de la defensa y trascendiera que, aun con diferencias, se volcarían por ratificar la condena. La carga estuvo concentrada en los trascendidos sobre la posición de los camaristas y, además, en la insistencia con identificarlos como cercanos al macrismo, sumados a una estrategia del oficialismo. Por entonces, recién asomaba la movida K por la conducción del PJ.
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De todas maneras, la inquietud del kirchnerismo en materia judicial se ciñe a la ex presidente. Se trata de cerrar filas ante la repercusión pública, mientras se da por descontado que la defensa dará los pasos correspondientes para llegar a la Corte Suprema. En cambio, y precisamente para evitar el foco, el silencio acompaña otros hechos como la vuelta de Ricardo Jaime a los titulares: el ex funcionario debió presentarse ante la Justicia para cumplir la condena por la tragedia de Once.
Más evidente fueron los movimientos para despegar de Alberto Fernández, que fue citado a indagatoria por el caso de los seguros, para dentro de dos semanas. La investigación de esos negocios causó en sus orígenes cierta sensación de revancha en el núcleo kirchnerista. El ex presidente decía que nunca había quedado involucrado en una causa por hechos de corrupción: era una manera de irritar a CFK.
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El problema es que el caso creció, junto con el deterioro de Alberto Fernández y su arrastre de imagen de gestión. Eso último es lo que provoca el silencio. Significativo.
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