
La política exterior que ejecuta Alberto Fernández conspiró en contra de sus posibilidades de mantener un encuentro bilateral con Joseph Biden en la Casa Blanca. Desde la perspectiva geopolítica que marca la agenda internacional de Washington, el presidente argentino aparece muy cerca de China, próximo a Rusia y defendiendo los regímenes autoritarios de Cuba, Nicaragua y Venezuela. Una concepción diplomática que está muy lejos de las variables internas que aplica la administración demócrata para habilitar el acceso de un líder extranjero al Salón Oval.
Lula da Silva ingresará a la Casa Blanca porque es confiable para Biden. Lula es socio de Xi Jinping y Vladimir Putin en los BRICS, pero ello no implica que acepte la historia trágica del Partido Comunista de China y menos aún que ofrezca a Brasil como la puerta de entrada de Rusia en América Latina.
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En su defensa y ante la visita de Lula a la Casa Blanca, Alberto Fernández asegura que detenta una relación fluída con Washington y que protagonizó sucesivas acciones de diplomacia secreta vinculadas a ciertas necesidades geopolíticas que Estados Unidos tenía con Cuba, Nicaragua y Venezuela.
El dato es cierto.
Sin embargo, en la Casa Blanca aseguran que esas acciones secretas aún no alcanza para crear un clima de confianza que permita confirmar una reunión bilateral en el Salón Oval. El presidente argentino, a diferencia de otros mandatarios en América Latina, puede dialogar con Maduro, Díaz-Canel y Ortega. Una condición valorada en el Ala Oeste de la Casa Blanca, pero no suficiente para un encuentro con Biden.
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Se trata de un obvio ejemplo de realpolitik. La colaboración solicitada por el Consejo de Seguridad Nacional para aceitar sus propias relaciones en Caracas, Managua o La Habana no significan que La Casa Blanca ya confía en Balcarce 50. Sólo son hechos coyunturales que están muy lejos de determinados acontecimientos claves que sirven para moldear una relación bilateral.

Alberto Fernández no cuestiona los derechos humanos en China, elogió al Partido Comunista chino cuando se encontró con Xi y mantiene abierta la posibilidad de habilitar la construcción de centrales nucleares financiadas por líneas de crédito concedidas desde Beijing. Además, el presidente aún no descartó que la compañía Huawei participe en licitaciones públicas para aplicar su tecnología en transmisión de datos en la Argentina.
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Esa agenda con China preocupa a los Estados Unidos. Y esa preocupación se manifiesta con la resistencia de Biden a conceder una reunión bilateral en la Casa Blanca. El Departamento de Estado y el Consejo de Seguridad Nacional ya explicaron estas razones diplomáticas al Gobierno, y en Balcarce 50 aún sostienen que ese cónclave finalmente sucederá en el Salón Oval.
Se trata de una réplica optimista. Biden tiene con Lula un referente regional confiable que también llega a La Habana, Managua y Caracas. Y asumen en Washington que Lula jamás elogiaría al Partido Comunista de China o colaboraría con los interés estratégicos de Rusia en América Latina.
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Esas diferencias, sumadas a que Alberto Fernández busca su reelección, establecen límites en la Casa Blanca. No es habitual que un presidente de Estados Unidos reciba a un mandatario que tiene intenciones de competir por un período más en el Gobierno.

La cautela de Washington para avanzar en un encuentro bilateral también se profundiza por la reunión oficial que mantuvo Alberto Fernández con Putin. Días antes de ese cónclave en el Kremlin, la diplomacia de Estados Unidos desalentó el viaje a Moscú frente a la posible ofensiva que lanzaría Rusia contra Ucrania.
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La Casa Rosada rechazó los consejos que llegaron desde el Departamento de Estado y continuación se conoció en DC que Alberto Fernández había ofrecido a la Argentina como puerta de entrada de Rusia en América Latina. Tres semanas más tarde, Putin invadía Ucrania y ponía al mundo frente a un conflicto global con final abierto.
Lula entiende las reglas de juego de la diplomacia mundial y con apenas cuarenta días de mandato hoy ingresará al Salón Oval. Alberto Fernández buscaba idéntico encuentro bilateral, pero su política exterior va en zigzag y eso se paga en Washington. Puede suceder que termine su mandato y que jamás ingrese a la Casa Blanca como presidente de la Argentina
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