
La tregua derivada del drama humano parece terminada. Fue sólo una semana y estuvo escenificada con Cristina Kirchner rodeada de curas villeros, tercermundistas y monjas militantes. Esa presentación entre mística y pacífica sucedió después de un primer momento de acusaciones a jueces, opositores y medios por, supuestamente, promover los discursos de odio que instigaron a los “copitos” Fernando Sabag Montiel y Brenda Uriarte, a querer dispararle en la cabeza.
El fervor dialoguista se disolvió más rápido que lágrima en tormenta: sin acuerdos ni consenso, la vicepresidenta consiguió anoche una victoria pírrica al imponer una ampliación de la Corte Suprema, de discutible validez constitucional, que puso en alerta a la oposición.
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Se trata del primer paso de una secuencia que continúa con el alegato en el juicio por Vialidad de este viernes y que podría sumar nuevos capítulos, más batallas. En la defensa en el proceso por corrupción en el cual el fiscal Diego Luciani pidió 12 años de cárcel e inhabilitación perpetua se esperaba un discurso de fuerte contenido político.
Se trata de lecciones que el manual kirchnerista suele aplicar en momentos de debilidad: afirmarse en sus posiciones, embestir contra sus adversarios -que suelen ser los mismos a los que acusó por el magnicidio milagrosamente no consumado- y proponer iniciativas que agudizan las diferencias, polaricen y generen espacios de debate y, eventualmente, conflicto. Definirse por lo que es, pero sobre todo, por lo que no es.
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Desde estatizaciones de empresas o de las jubilaciones, las PASO, la Ley de Medios, la democratización de la Justicia, la Asignación Universal por Hijos (AUH), entre otras, fueron iniciativas que, con mejor o peor suerte, el kirchnerismo supo alumbrar a veces en momentos de debilidad.
De esa lista incompleta, desordenada y arbitraria reaparecieron dos temas: la Justicia y la cuestión electoral.
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Con la reforma de la Corte Suprema, el peronismo confirmó que cumple con obediencia marcial los objetivos de la vicepresidenta. Aprobó un proyecto a las apuradas -tanto que los senadores tuvieron que borronear el número 26 y reemplazarlo por 15, sobre la marcha- con el único objetivo de que estuviera, cargado, arriba del escritorio de la jefa del Frente de Todos.
Para eso, el peronismo necesitó de los “tres mosqueteros” que salieron otra vez en auxilio de los proyectos de Cristina Kirchner. Alberto Weretilneck, que a la distancia gobierna Río Negro; Magdalena Solari Quintana, que responde Carlos Rovira, el hombre fuerte de Misiones; y Clara Vega, la riojana que entró por la oposición y ahora vota siempre… en contra de la oposición.
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Durante el debate previo a la ajustadísima definición en la que no sobró un solo voto -terminó 36 a 33-, Oscar Parrilli fue el que pronunció el discurso más agresivo contra la Corte Suprema. Dijo que está integrada por “cuatro mafiosos” que, entre fallo y fallo, “extorsionan a la democracia”. Pero también, lanzó munición gruesa contra Estados Unidos, después de las señales de concordia que desde la propia Cristina Kirchner hasta Roberto Baradel y Pablo Moyano, se venían prodigando.
La accidentada sesión del jueves dejó en claro que no habrá en el futuro próximo señales de pública amistad con la oposición, que se apresta a organizar un dispositivo defensivo no sólo ante el proyecto de la Corte Suprema -para el cual, en principio, no hay chances de que pase porque genera una resistencia transversal a la mayoría de los bloques no K- sino, sobre todo, ante una iniciativa más complicada y riesgosa para el futuro electoral de Juntos por el Cambio: la anulación de las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias, las PASO.
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Se trata de un proyecto que -según el “poroteo” de la oposición- contaba hasta anoche con los votos para ser aprobado en Diputados, que actúa como “filtro” para enfrentar las medidas más polémicas del gobierno que conduce la vicepresidenta Cristina Kirchner, como la reforma judicial y otras iniciativas aprobadas con la mínima diferencia en el Senado.
En Juntos por el Cambio a última hora hacían un balance provisorio de lo que pasó en la Cámara alta. “Va a ser un poco más difícil después de la forma en que le dieron media sanción a la ampliación de la Corte que algunos de los que están en el medio quieran votar con el gobierno para anular las PASO”, se esperanzaba una de las autoridades de los bloques más numerosos de la oposición.
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Promovido por los gobernadores peronistas pero, sobre todo, con la decisiva voz cantante de Axel Kicillof -que suele traducir de manera eficaz la política que diseñan en el Instituto Patria-, el proyecto para desactivar las primarias en caso de lograr su aprobación puede tener un efecto muy corrosivo para la unidad del frente opositor.
Aunque Mauricio Macri, Patricia Bullrich, Horacio Rodríguez Larreta y un sector mayoritario de la UCR empezaron a analizar la forma de organizar una interna propia si llegase el gobierno a anular las PASO, en el oficialismo todavía no tienen una decisión tomada por una cuestión fundamental: si no se desactivan también en la provincia de Buenos Aires, imaginario último refugio cristinista, no tiene sentido avanzar.
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En la opaca geografía de la Legislatura bonaerense, las voluntades para dejar sin efecto al menos para el 2023 las elecciones primarias no abundan, pero en la oposición hay recelo por el antecedente del fin de las reelecciones de los intendentes: un acuerdo que incluyó a un puñado de opositores les dio a todos un mandato más.
En el radicalismo le escapan a la lógica bonaerense y se enfocan en la discusión nacional. Aseguran que en la Cámara de Diputados no estarán los votos para ampliar la Corte Suprema ni anular las PASO. “¡No pasarán!”, prometía el presidente de la bancada Mario Negri. Habrá que esperar.
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Mientras tanto, en la marcha de los jueves, la presidenta de Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini, después de insultar como suele hacer a Alberto Fernández, brindó un anticipo que despejó algunas dudas que habían empezado a circular. “Parece que para el 17 de octubre va a haber una marcha muy grande. Tenemos que reventar la ciudad de gente, porque es la única manera en que el enemigo sabe que podemos, porque somos muchos”, reveló frente a la Casa Rosada.

Esa movilización en principio iba a ser encabezada por sectores del movimiento obrero y grupos piqueteros y sociales más cercanos al gobierno que lidera Cristina Kirchner, pero luego perdió fuerza y quedó en stand by. Las declaraciones de la titular de la organización de derechos humanos reponen una acción política de la que cual el kirchnerismo también echa mano cuando siente sus fuerzas flaquear.
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