
La Cámara de Diputados vive horas de vértigo después de meses de virtual parálisis legislativa. Es la última imagen del muy dilatado y desgastante proceso para coronar el acuerdo con el FMI. El oficialismo -dos de sus socios principales, Alberto Fernández y Sergio Massa- buscan cerrar filas en el bloque del frente de Todos y habilitan negociaciones con la oposición, pero cada tanto asoman sobreactuaciones inentendibles. Se extrema la presión interna, al punto de sumar tensiones con el kirchnerismo duro, y se agregan cargas discursivas que complican cualquier tejido con Juntos por el Cambio. Viejas y nuevas contradicciones.
Un ejemplo, no el único. Ayer, casi a la misma hora de una de las conversaciones entre Massa y los referentes de JxC -fueron muchas, entre presenciales y telefónicas-, el Presidente se mostraba en un acto y no ahorraba alguna andanada sobre las responsabilidades de la gestión macrista por el endeudamiento del país, parte de una historia de “herencias” que lleva décadas y que alimenta a mediano plazo este acuerdo. Llamativo, casi como el último intento presidencial de mostrarse duro, más que crítico, de la relación con el FMI, hace apenas un par de días.
En la necesidad de liquidar a más tardar el viernes la sanción del aval al trato con el Fondo, entre hoy y mañana se verá abiertamente el juego. El plenario de las comisiones de Presupuesto y de Finanzas deberá resolver el tema. Los negociadores de uno y otro lado juegan una ficha final a una modificación del proyecto original que procese de algún modo el reclamo opositor: una ley de respaldo a la refinanciación de la deuda pero que deje exclusivamente en manos del Ejecutivo el plan concreto, es decir, asumir y aplicar los compromisos con el FMI.

Al revés, Olivos insistió siempre con la necesidad de que JxC y en especial el macrismo se hagan cargo del tema, en todos sus términos. Sin mucha plasticidad política, y más en línea de tratar de fracturar el voto opositor, Martín Guzmán había descalificado ásperamente el pedido que llegaba desde la coalición de enfrente. Y a la vez, insistía con que el entendimiento con el equipo técnico del Fondo era el mejor trato posible. No convencía al kirchnerismo y aumentaba el malestar en la oposición.
El Gobierno, vía Massa, buscó un camino menos ruidoso para tratar de controlar el daño interno -aún sin conmover a La Cámpora y sus aliados- y repitió una fórmula clásica: empezar por convocar al apoyo de los jefes provinciales, para afirmar desde ese núcleo una posición mayoritaria en el bloque. Guzmán, a su vez, cambió el discurso: puso el énfasis en señalar el precipicio que representaría caer en default. Habló del temible impacto negativo en los precios, el dólar, la producción y las consecuencias sociales. Un intento, realista, de exponer riesgos más graves que los costos del ajuste.
Parecía razonable, si no se le hubieran añadido ingredientes internos menos visibles. El encuentro del Presidente con gobernadores, que luego fueron al Congreso, mostró limitaciones en la convocatoria y sugirió más bien, otra vez, el imaginario de un armado “albertista” con base territorial. El propio Alberto Fernández se encargó después, en un acto bonaerense, de sugerir su proyecto reeleccionista.
La reunión para pronunciarse sobre el entendimiento con el FMI exhibió a una docena de jefes provinciales, del PJ y aliados. Hubo ausencias significativas. No participó Axel Kicillof, con el escudo de un previo compromiso. Tampoco lo hicieron Juan Schiaretti y Alberto Rodríguez Saá, entre los más notables.
No fue el único dato con lectura en el frente doméstico. Las apelaciones de Guzmán, con tono dramático sobre el riesgo de un default, también fueron repetidas por los gobernadores que pasaron por el Congreso. En paralelo, se dejan trascender consideraciones que van más allá: apuntan contra el “irresponsable” gesto de Máximo Kirchner en contra del entendimiento con el FMI. También, se quejan por la incertidumbre que produce el silencio de Cristina Fernández de Kirchner.
Pueden añadirse dos señales más.
Una: Mario Ishii compartió ayer un acto con el Presidente y desde ese palco apuntó a los legisladores de La Cámpora y otros espacios kirchneristas: “No traicionen al pueblo”, dijo el intendente, cuya acercamiento a Alberto Fernández es observado en el mundo del peronismo bonaerense.
Dos: el kirchnerismo fue dejado afuera de las dos comisiones que deben resolver en plenario qué proyecto logrará mayoría camino al debate en el recinto de Diputados.
En la previa al trámite legislativo, el oficialismo confiaba en la apuesta por la división de la oposición, para sumar votos de esa franja y salvar su propio déficit. JxC arrastra sus propias internas y la última cita de su mesa nacional -un domingo, precipitada por la falta de consenso de entrecasa- buscó encontrar un mínimo de acuerdo: evitar colocar al país en zona de default. El problema es la expresión práctica de ese mínimo impuesto por convicción o conveniencia, según el caso.
La idea se resumiría en facilitar el funcionamiento en comisiones y luego el debate, con aporte al quórum. Y en cuanto al proyecto, la intención es avalar la refinanciación de la deuda por parte del Gobierno, pero no el paquete de compromisos adoptados en la negociación con el Fondo. De esto habló Massa con Mario Negri, Luciano Laspina y Juan Manuel López. También con Cristian Ritondo. La oposición propuso dejar de lado el proyecto original del Gobierno y consensuar otro, mínimo, que respalde el entendimiento de manera global y deje en manos del Gobierno el plan efectivo.
El radical Gerardo Morales repuso discusiones en el difícil equilibrio opositor. El macrismo más cerrado dejó trascender su malestar. En cualquier caso, una pulseada con escaso margen por la necesidad de evitar el abismo del default.
Olivos evalúa ahora cómo cerrar el capítulo de Diputados y encarar en velocidad el tratamiento en el Senado. El desgaste tiene que ver con la incapacidad de logar un mínimo consenso previo. Ninguna de las cuentas que se hacen en estas horas expone niveles de sustento político razonable. Eso supera la cuestión estrictamente técnica. Pesa en el plano local y no proyecta un cambio de clima externo en materia de apoyo e inversiones. Eso, además, en un mundo alterado abruptamente por la invasión de Rusia a Ucrania.
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