
“Lo que hizo Máximo es una falta total de responsabilidad. Nos tiramos tiros en los pies. Esto debilita al Gobierno y al Frente de Todos. Ni hablar si no juntamos los votos para respaldar el acuerdo con el FMI”. El enojo que expresó con esa frase un senador nacional que responde a unos de los principales gobernadores del peronismo, es el retrato del fastidio que hay dentro de la alianza de gobierno.
Su voz representa la de muchos otros en el interior del país que repiten discursos similares. ¿Por qué Máximo pateó el tablero?¿Tenía real dimensión del daño que estaba generando en el Gobierno? ¿Cómo se sigue a partir de ahora? La última pregunta se multiplicó por la coalición después de la renuncia del líder de La Cámpora a la presidencia del bloque oficialista. La convivencia política está rodeada de interrogantes.
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Durante todo el martes en el Gobierno buscaron bajarle el tono a la crisis interna que desató la decisión del hijo de Cristina Kirchner. Ayer el presidente Alberto Fernández designó al diputado Germán Martínez como presidente del bloque del Frente de Todos en la Cámara de Diputados. Mano derecha de Agustín Rossi, el legislador rosarino tendrá por delante la difícil tarea de legitimar su conducción con Máximo Kirchner conduciendo a su grupo dentro del mismo bloque. ¿Quién manda y sobre quiénes manda? Está por verse.

La convivencia dentro del bloque oficialista tiene un signo de interrogación gigante. La Cámpora tiene 15 diputados que responden directamente a Kirchner. Son una minoría. Después hay legisladores cristinistas, albertistas, massistas, de los movimientos sociales, sindicalistas y otros que responden a gobernadores del PJ. ¿Cómo será la dinámica interna a partir de ahora? No hay certezas que sobresalgan en el peronismo.
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Martínez aprovechará los días que le quedan a esta semana para reunirse con todos los legisladores que pueda. Tiene que trazar una hoja de ruta y lo hará con el respaldo de Sergio Massa y Alberto Fernández. A partir de hoy Martínez es un hombre del Presidente. Y está en el lugar que está para tratar de mantener la unidad pero, al mismo tiempo, para conducir con el sello de la moderación albertista.
La semana que viene tendrá que estar al frente de las negociaciones para constituir cerca de 15 comisiones y empezará a realizar un poroteo para contabilizar quienes apoyarán el acuerdo con el FMI. De buenos lazos con el kirchnerismo histórico, tendrá que tener muñeca para que la interna no se lo devore.
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Fernández pidió que el Congreso respalde el acuerdo. Martínez y Massa tienen que juntar los votos que La Cámpora, el Frente Patria Grande que responde al dirigente social Juan Grabois y los legisladores del Partido del Trabajo y del Pueblo (PTP) no le darán los votos al Gobierno. El escenario no es fácil para el oficialismo. ¿Por qué? Porque el fuego amigo complicó todo la estrategia parlamentaria.
En el Gobierno nadie se atreve a pronosticar cómo seguirá la relación entre Alberto Fernández y Cristina Kirchner; entre Alberto y Máximo; entre el albertismo y el kirchnerismo; entre todos los sectores políticos que integran la coalición y que están intentando encontrar respuestas en los gestos y decisiones del Presidente.
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Las dudas pasan por saber si la alianza política podrá mantenerse unida o si se romperá después de una nueva crisis interna. El Jefe de Estado ha tenido a lo largo de su mandato una mirada conservadora respecto a la estabilidad de la coalición. Todas las veces que le recomendaron romper con la Vicepresidenta, él lo descartó de plano de inmediato.
No es casualidad que durante los minutos que estuvo reunido con Germán Martínez, le haya pedido que trabaje para mantener la unidad pese a las tensiones internas. Se trata de no empeorar un vínculo que ya está muy dañado y que debe sobrevivir dos años más de gestión. Al menos, si Fernández quiere tener al kirchnerismo y La Cámpora como aliados dentro del gobierno nacional.
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“Lo que pasó con Máximo reveló una crisis que existía y que estaba saliendo cada vez más a la luz”, reconoció un ministro cercano al Presidente en las últimas horas. En el Gobierno no intentan negar lo que es imposible negar, pero quieren salir rápido de pantano en el que cayeron el lunes después de la renuncia de Kirchner.
¿Y si se rompe la coalición? En el Frente de Todos, desde la crisis post PASO, sobrevuela el fantasma de la fractura en forma permanente. Los más extremistas anti K creen que llegó la hora de que Fernández patee el tablero y asuma la total conducción del gobierno y el peronismo. Los pragmáticos y moderados piensan lo contrario. Romper la alianza no es un camino. En cambio, tensar la cuerda es parte de un ejercicio de convivencia cada vez más natural.
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“Romper no se va a romper. No es negocio para nadie. No le conviene a nadie. Ni a Alberto ni a Cristina”, resaltó un funcionario muy importante del Gobierno en la tarde de ayer, cuando el foco de la Casa Rosada estaba puesto en conseguir con rapidez un reemplazo para Máximo Kirchner en la presidencia del bloque y dejar atrás el tema antes de comenzar la gira por el exterior.
Fernández viajó anoche rumbo a Rusia, China y Barbados. Durante su ausencia la vicepresidenta Cristina Kirchner estará a cargo del Poder Ejecutivo. Será hasta los primeros días de la próxima semana.
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En su entorno hay un gran hermetismo respecto a la agenda que llevará adelante y también sobre la posibilidad de expresarse públicamente sobre el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Sigue el silencio sepulcral. En el Gobierno nadie sabe si la Vicepresidenta hablará o no y, en todo caso, cuándo lo hará.
En las oportunidades que Cristina quedó al frente de la Presidencia cultivó el perfil bajo y no hizo declaraciones públicas. Lo lógico es que siga el mismo camino, aunque es impredecible su accionar. Y eso lo tienen en claro dentro de la Casa Rosada.
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