
Alberto Fernández se despidió anoche del acto en el búnker oficialista llamando a celebrar “este triunfo”, el miércoles que viene en Plaza de Mayo. Esa concentración fue convocada en su apoyo por la CGT y los movimientos sociales aliados, con la esperanza de dar batalla al kirchnerismo duro. En el escenario de anoche no estuvo Cristina Fernández de Kirchner, que había comunicado su ausencia por recomendación médica pero fue ovacionada por la tribuna como líder. Hubo más señales llamativas. El tono fue de confrontación abierta con la oposición y ni allí ni en el previo mensaje grabado del Presidente hubo un mínimo reconocimiento de cortesía a la fuerza política ganadora.
No se trata de una cuestión formal. Fue la síntesis de la lectura del oficialismo, la que busca casi infantilmente imponer como discurso y tal vez, la que puede explicarse puertas adentro como expresión de una batalla inconclusa: nadie perdió pero todos tienen qué facturarle al otro. Fue visible, ya en letra chiquita, lo ocurrido ayer mismo a la noche en el escenario: algunos advirtieron que Victoria Tolosa Paz no hizo mención elogiosa a CFK entre tantos agradecimientos o que hubo intendentes molestos por el lugar de Axel Kicillof, elogiado por su supuesto peso en la campaña. Son pequeñeces, aunque dicen algo como síntomas.
El oficialismo volvió a ensimismarse. Es un dato saliente porque afecta, al menos en principio, la posibilidad seria de una convocatoria a la oposición para tratar un acuerdo polpitico. El Presidente achicó esa posibilidad al foco de la deuda, habló en el mensaje grabado -se supone, que el más elaborado- sin asumir responsabilidades y se entusiasmó en el búnker como si se tratara de un triunfo. Ninguna señal de haber asimilado el mensaje de la derrota, frente a la gravedad de la crisis económica y social, y con el agregado de la incertidumbre política por la disputa en el poder.
El Frente de Todos logró revertir el resultado en tres distritos y recuperar terreno en Buenos Aires. El plus en la provincia fue que pasaría a controlar el Senado provincial, hasta ahora en manos de JxC. Pero perdió otra vez en una elección de medio término. Quedó sin quorum propio en el Senado. Sufrió derrotas en 15 de los 24 distritos del país -13 fueron para JxC y dos para furzas provinciales-, con el agregado de que la principal oposición tiñó con sus colores los números en los cinco grandes: Buenos Aires, por poco, y Córdoba, Santa Fe, Capital y Mendoza, por mucho.
A escala nacional, después del notable intento de polarizar y a pesar del compromiso de jefes territoriales y aparato, más de dos tercios del electorado votó a otros espacios políticos. La diferencia fue de unos nueve puntos de JxC sobre el Frente de Todos. En números provisorios, unos 42 puntos a menos de 34.

Comparar el resultado de ayer con legislativas anteriores es difícil, porque política y matemáticas no son lo mismo. De todos modos, esta vez se trató de la unión de kirchnerismo, PJ tradicional y variantes renovadoras. En 2017, ganó JxC con el 42 por ciento, y detrás quedaron el kirchnerismo con 22 puntos, el PJ con 14 y el massismo con 6. En la anterior de término medio, en 2013, el kirchnerismo había anotado 33 puntos y el Frente Renovador registró 18, en base al triunfo sonoro en Buenos Aires, con el 43%.
Hubo pinceladas reduccionistas en la lectura de anoche. Es decir, el consuelo oficialista que destacaba el resultado alcanzado en un cuadro adverso social y económico -cargado además con costos autoinfligidos- y el señalamiento opositor sobre el triunfo a pesar del despliegue “económico” y de aparato del oficialismo, sobre todo en la provincia de Buenos Aires.
Fue más grave, por supuesto, la mala interpretación del malestar social ya expresado en las PASO. Dio lugar a expresiones penosas de clientelismo en varios municipios, junto a la movida sintetizada de manera irritante por poner “platita en el bolsillo”. Ahora, el mensaje más que inquietante surge de la consideración del resultado como un virtual éxito.
El mensaje grabado del Presidente no abandonó el tono de campaña. Puso como eje que pasada la elección -casi un dato anecdótico-, empieza la segunda etapa de su gestión. Y la primera etapa, dura, se debió a causas externas: la crisis heredada del macrismo y la pandemia. Es decir, no asumió responsabilidad alguna en el agravamiento de la crisis económica y social, y tampoco en las consecuencias generadas por la mala administración de las restricciones sociales frente al coronavirus.
Además, Alberto Fernández dejó una vaga, genérica admisión de errores y, en contrapartida, abundó en decribir un panorama de recuperación económica, que sólo sería amenazado por la deuda. Confirmó además el llamado a la oposición para negociar un acuerdo. Y exhibió la jugada. Lo condicionó por partida doble: lo limitó a las tratativas con el FMI por la deuda y dijo que JxC tiene una obligación “patriótica”. En otras palabras, buscó imponer reglas de juego como si los resultados de la elección no le señalaran nada sobre el rumbo y sus consecuencias.
El mensaje -en primer lugar, la dureza formal del discurso- expresó otra vez el peso de las consideraciones internas, en temas sensibles como la economía y el Fondo. El Presidente se ocupó de enfatizar que todo cuenta con respaldo de CFK, Massa y su gabinete. Y a la vez, dejó claro que hablaba de los ministros en general y en especial, de Guzmán, de quien dijo que “lidera” las tratativas con el FMI.
Ese cuidado por la interna es un síntoma de la tensión irresuelta. Genera incertidumbre. Y le agrega esta vez la sensación de no reconocer la realidad que acaba de exponer la elección.
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