
Todos los trabajos de análisis sobre la llegada de Joe Biden a la presidencia de los Estados Unidos anotan como dato de interés local que viajó 16 veces a países de América latina durante las gestiones de Barack Obama. Eso señala conocimiento regional y –en contraposición con la huella de Donald Trump- anticiparía interés por reformular la estrategia de Washington para esta parte del planeta. Visto de manera lineal, algunos -no todos- en el circuito de Olivos alimentan un optimismo desmedido sobre rápidos beneficios para la Argentina. Una mirada más profunda incluso en ámbitos del oficialismo indican un camino más complejo, con dos puntos centrales: FMI y Venezuela.
Cada paso de Alberto Fernández en este terreno expone una señal para interpretar una línea de política imprecisa y, a la vez, un ejercicio en el juego interno. No se trata sólo ni centralmente de los contratiempos o desencuentros con la Cancillería -con capítulo reciente en los saludos de rigor al nuevo presidente de los Estados Unidos-, sino de las cuestiones de fondo en la relación con Cristina Kirchner, con foco de interés especial en esta materia.
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Las tratativas con el Fondo -su impacto como compromiso de gestión económica- y la estrategia frente al régimen venezolano -a partir de la condena por las graves violaciones a los derechos humanos- son entonces un tema central de política externa y al mismo tiempo una cuestión central a resolver en el plano doméstico. Suponer que la gestión de Biden resolverá esa ecuación parece de mínima desmesurado como expectativa.
Hay renglones de la agenda internacional que registrarían cambios positivos y no sólo para la región con la vuelta de los demócratas a la Casa Blanca. La reanimación del multilateralismo, una mejor sintonía con Europa, la recuperación de los compromisos medioambientales, entre otros puntos. Y seguramente, mayor interés regional, parte de una mirada más amplia de la competencia con China.
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La situación de Venezuela es un ítem destacado. Existe cierto consenso en que la administración Trump complicó en lugar de favorecer una estrategia amplia para abrir la puerta a una solución democrática frente al régimen de Nicolás Maduro. Complicó incluso los ámbitos más amplios, con participación de Europa. Sin embargo, nada indica que el giro de Washington cambie la cuestión de fondo.

En rigor, la estrategia hacia Caracas fue marcada a fondo por Obama. No es un dato anecdótico. Tampoco lo es el antecedente de la pésima relación de CFK con aquella gestión estadounidense, que tuvo expresión saliente con la incautación de elementos de un avión militar de Estados Unidos, en Ezeiza, hace una década.
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Biden ya dio un mensaje de dureza hacia el régimen de Maduro. Es posible, según expertos en materia regional, que busque habilitar alguna vía formalmente menos ruidosa pero más efectiva para presionar por una “salida democrática”. Tal vez, agregan, sea recreada una instancia regional amplia para allanar ese camino. La mirada crítica hacia la política de Trump apunta precisamente a revertir lo que es considerado como ineficaz, además de carente de visión humanitaria.
Eso podría abrir una ventana para el posicionamiento de Alberto Fernández, aunque es un interrogante cómo podría procesarlo en su relación con la ex presidente. El término dictador, sostenido por la nueva administración de Washington, es rechazado por el kirchnerismo duro. Esa caracterización de Maduro o su rechazo, en público o en privado, definen el sentido de la acción diplomática.
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Con sentido pragmático, el rubro más destacado en las preocupaciones de Olivos es la negociación con el FMI. Hay expectativa en las señales que emita Estados Unidos, por su peso formal y político en el Fondo. Eso, por supuesto, tiene sus limitaciones. Y también expone supuestos exagerados sobre el juego de las relaciones: en este caso, el predicamento del Papa.

Todos los trabajos referidos sobre Biden destacan que es el segundo presidente católico en la historia de Estados Unidos, después de John Fitzgerald Kennedy. Y señalan que tiene una relación de fuerte respeto por Francisco. En medios oficiales, enhebran ese dato con la prédica del Sumo Pontífice a favor de una salida razonable para la deuda de la Argentina.
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Sin dudas, se trata de un elemento de peso. El Fondo tiene márgenes para moverse. Esos márgenes son flexibles según las razones estratégicas de sus principales integrantes -empezando por Estados Unidos-, aunque con formatos y normas clásicas. Si no cambian los planes, el gobierno argentino buscará avanzar con un programa de facilidades extendidas.
Ese tipo de acuerdo supone la necesidad de atender cuestiones estructurales y no sólo necesidades de coyuntura para atender el compromiso de la deuda, según resumen conocedores de este tipo de tratativas con el Fondo. Y agregan: siempre en estos casos surgen pulseadas sobre programas que incluyan reformas en rubros sensibles, como el sistema previsional. Una de las caras del ajuste.
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Vuelta entonces a la ecuación que debe resolver el Presidente. La posición y la negociación en el frente externo y el juego de poder interno. También en este plano son visibles las tensiones sobre las medidas para enfrentar la crisis económica y social, agravada por la pandemia del coronavirus, la cuarentena del año pasado y sus estribaciones. La idea de ordenar las cuentas, repetida por Martín Guzmán en las últimas horas, no suena del mismo modo que la última carta de CFK.
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