
“¿Iban a volver mejores?”, se preguntó Mauricio Macri en el mediodía del domingo. Así tituló a la carta que publicó criticando al gobierno de Alberto Fernández por el cierre del Aeropuerto de El Palomar. Ocho párrafos revindicando su gestión y descalificando la máxima impuesta en el peronismo antes de las elecciones, en las que sus propios dirigentes decían que iban a volver al poder para hacer un mejor gobierno que el de las últimas décadas, le sirvió para volver a ocupar un lugar central en el escenario de la política argentina.
Un juego de palabras en el final del texto se replicó por las redes sociales y le dio título a las crónicas. “Si teníamos alguna esperanza de que podían haber vuelto mejores, ya no la tenemos”, dijo el ex presidente. Macri sabe que sus palabras se replican con rapidez cuando toman estado público en las redes sociales. Cada gesto, cada foto o cada palabra es un mensaje que debe decodificarse según las circunstancias.
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Casualidad o no, los dos últimos jefes de Estado actúan a imagen y semejanza. En espejo. Cristina Kirchner no da entrevistas. Comunica en el Senado, en un circuito temático acotado, y lo hace, sobre todo, en las redes sociales. Desde allí marca sus diferencias internas con el gobierno que conduce Fernández, critica la labor de la Justicia y cuestiona a los medios de comunicación.
Macri usa las redes sociales para marcarle la cancha al Gobierno con las medidas con las que no está de acuerdo, capitalizar las marchas opositoras contra la gestión del Frente de Todos y recomendar columnas de opinión. No gobierna, no tiene una responsabilidad en el Estado, pero hace política con la agenda diaria de la Argentina. Busca posicionarse resaltando la institucionalidad de su gestión y buscando el choque con el kirchnerismo.
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Ambos ex presidentes polarizan y consolidan su lugar al mando del ala dura de las coaliciones. Uno en el oficialismo, otro en la oposición. Son iguales, pero muy diferentes.
Es un juego de extremos. La Vicepresidenta y la fuerza que conducen ocupan el ala dura de la gestión del Frente de Todos. Sin comunicación fluida con su compañero de fórmula, construye y concentra su poder exponiendo una mirada distinta a la del conductor de su propio gobierno. Como cuando aseguró que la reforma judicial impulsada por el Presidente no era una verdadera reforma. “El país todavía se debe una verdadera reforma judicial que no es la que vamos a debatir”, dijo antes de que se discuta en el Congreso. Un ejemplo de tantos caminos paralelos.
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En la oposición, Macri es el extremo. También los dirigentes que lo rodean y que se posicionan dentro del sector más duro de la coalición, como es el caso de Miguel Pichetto y Patricia Bullrich, dos laderos permanentes en el desgastante ejercicio de imponer la mirada opositora frente a lo que consideran que son desmadres de la gestión peronista, como la intención de expropiar Vicentin o el desplazamiento de tres jueces que tuvieron o tienen causas en las que está involucrada Cristina Kirchner.

Cristina tironea a Macri al medio de la cancha. Macri hace lo mismo con la Vicepresidenta. Cristina dice que en Argentina la Corte Suprema dirigió el proceso de Lawfare del que se siente víctima y que “esa articulación se desplegó en nuestro país con toda su intensidad desde la llegada de Mauricio Macri a la Presidencia de la Nación”. Macri dice que Cristina “tiene una agenda propia que busca bloquear, dominar y someter a la Justicia”. Ambos conviven en absoluta comodidad.
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Durante toda la pandemia el ex presidente le reclamó diálogo a Alberto Fernández y su gobierno. Pero esa comunicación no existió. Ni va a existir. Como no hay puentes que unan al ex presidente con la Casa Rosada, toda la tensión se concentra en mensajes críticos en las redes sociales. Macri levanta las banderas de la institucionalidad, el respeto a las libertades individuales y la división de poderes. Fernández - cada vez menos - le responde con nombre y apellido contando las desgracias del pasado económico.
Cuando se necesita diálogo, los que aparecen son los que creen en la negociación con el peronismo que está en el poder. Entonces Rodríguez Larreta le puede responder un mensaje al Presidente para acordar una etapa de la cuarentena y María Eugenia Vidal puede escribirse con Axel Kicillof para negociar el presupuesto bonaerense. Para el diálogo están los que forman parte del ala dialoguista. Simple. El ex presidente no encaja en ese equipo.
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Cuando la cuerda debe tensarse, como en el momento en que el Gobierno avanzó en la quita de coparticipación a la Ciudad de Buenos Aires, el ex jefe de Estado aparece para respaldar la posición del gobierno porteño, argumentar que existen “motivaciones partidarias” en el accionar del oficialismo y apuntar con el dedo a los cuatro diputados cordobeses que acompañaron la quita y responden a su amigo, el gobernador de Córdoba, Juan Schiaretti. En ese equipo de duros se siente cómodo.

El ex jefe de Estado no cree demasiado en la división interna de Juntos por el Cambio. Halcones y Palomas o “duros” y “dialoguistas”, dos versiones de una misma realidad. Aunque advierte que hay diferencias de estilo con las que se puede convivir. El mismo ejemplo que aflora de las voces del oficialismo cuando intentan explicar las diferencias de criterio aparecen cada vez con más frecuencia. Las diferencias en ambos frentes son tan evidentes que no hay explicación oficial o en off que las pueda tapar.
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El líder del PRO levanta la voz cada vez con más frecuencia. A diferencia de Cristina, complementa las redes con entrevistas esporádicas y participación en foros internacionales. Intenta que su castillo amarillo no se desmorone frente al crecimiento de Horacio Rodríguez Larreta en las encuestas y en el escenario político. El gobierno del Frente de Todos lo empujó al medio del ring y el Jefe de Gobierno porteño no dudó en pisar la lona. A pocos días de terminar el año, no hay dudas del crecimiento de su liderazgo dentro de la oposición. El hijo político de Macri se consolida lentamente en el vértice de la pirámide opositora.
Con la llegada del año electoral las críticas de Macri al gobierno nacional probablemente se acentúen, a la par del crecimiento de su defensa a la gestión de Cambiemos. Este domingo lo demostró con la reivindicación de la política aeronáutica dentro de los cuatro años de su gestión. El pasado no es totalmente negativo como lo plantea el actual oficialismo. De eso está convencido.
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Macri se mueve. Y en la política el movimiento es señal de permanencia. Quiere estar, quiere que se lo escuche, quiere influir. Recibe intendentes, participa activamente de los encuentros del PRO y alimenta su perfil de protector de la institucionalidad. Dejó la centralidad política durante gran parte del 2020 y después de un revés histórico en las urnas. Esa realidad es parte del pasado. El presente es distinto y lo tiene ocupado intentando encontrar su nuevo lugar en la novela política de la Argentina. Tiene varias páginas escritas que revindica. Ahora está escribiendo sobre la hoja en blanco.
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