
Aquel 8 de marzo de 1946 en que Lorenzo Miguel, a los 19 años, llegó a tener por fin su primer combate de boxeo en el Luna Park, perdió por abandono en el cuarto round luego de haber recibido una paliza en manos de su contrincante, Julián Meyer. Más allá de la superioridad de su rival, quien fue muchos años después el sindicalista más poderoso de la Argentina terminó derrotado por un detalle curioso: se puso muy nervioso porque se le había despegado la suela de una zapatilla y tenía dificultades para moverse.
Con la cara deformada por los golpes, Lorenzo le prometió a su mamá Brígida, que había seguido la pelea por radio a puro llanto, que nunca más se subiría a un ring a pelear. Y cumplió. Miguel colgó los guantes prematuramente, pero luego tuvo revancha: desde 1970 permaneció durante 32 años en el combate político y sindical hasta que murió, en 2002, siempre como titular de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM).
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Dirigió durante tres décadas el principal gremio industrial del país cuando la metalurgia era decisiva en la economía y los obreros que representaba salían a la calle como soldados disciplinados si él lo ordenaba. Fue, muchísimo antes de Hugo Moyano, el sindicalista más importante de la Argentina. Porque no sólo era el jefe indiscutible del gremialismo peronista de los años 70, que incluía la jefatura de las 62 Organizaciones, sino que también el dirigente que más ministros y funcionarios impuso en la política argentina, el hombre que podía influir en las medidas del gobierno de turno y el que lograba torcer las decisiones que no le convenían.
Lorenzo Mariano Miguel nació el 27 de marzo de 1927, tuvo su primer trabajo como metalúrgico en la fábrica CAMEA, en 1945, y comenzó su carrera como delegado en 1951. Cuatro años más tarde, gracias al padrinazgo de caciques de la UOM como Augusto Vandor y Paulino Niembro, lideró la seccional Villa Lugano del gremio. En 1956, tras la Revolución Libertadora que derrocó a Juan Domingo Perón, Miguel fue echado de su trabajo por haber adherido a una huelga. Es decir, trabajó once años y fue dirigente durante tres décadas.
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Su inclinación por el sindicalismo nunca le impidió dedicarse a la pintura, su otra gran pasión. Ya cuando trabajaba como operario en CAMEA, en el horario de 22 a 6, se despertaba a las 14 y se ponía a dibujar en un improvisado atelier de su casa mientras sus hermanas le cebaban mate. Estudió con Divito, el ilustrador de las chicas pulposas de la revista Rico Tipo, y luego en la Asociación Estímulo de Bellas Artes. Ya desde esa época confesaba su admiración por artistas del impresionismo como Monet, Renoir y Cézanne.
Muchos años después, este amante de la amplia paleta de colores se convirtió en el enemigo número uno del “sucio trapo rojo”, como se identificaba desde la ortodoxia peronista al comunismo y a toda expresión de izquierda. Desde la UOM conducida por Vandor, donde se desempeñaba como tesorero, Miguel también empujó el retorno de Perón a la Argentina y la reunificación del sindicalismo peronista como un muro de contención ante la izquierda clasista que comenzaba a crecer en muchas fábricas.
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Ya al frente del gremio por el crimen de Vandor, Lorenzo, también conocido como “El Loro” o “El Tordo”, se convirtió en el abanderado de la consigna “ni yanquis ni marxistas, peronistas” como uno de los principales rostros de la “derecha del PJ” que se enfrentó a los radicalizados jóvenes de Montoneros. Esta agrupación guerrillera asesinó en 1973 a otro metalúrgico, José Ignacio Rucci, titular de la CGT y, milagrosamente, Miguel nunca sufrió ni un rasguño en manos de los cultores de “la patria socialista”, aunque tomaba sus recaudos: se movía acompañado por una legión de guardaespaldas y su auto blindado era siempre seguido por un ambulancia, en donde, según cuenta la leyenda, se ocultaba un cañón de largo alcance.
Si algo caracterizó a Lorenzo fue la heterogeneidad de las relaciones que cultivaba. El almirante Emilio Eduardo Massera, por ejemplo, le debió al líder de la UOM su nombramiento como jefe de la Armada: fue el que convenció a Perón, en 1973, de que el entonces contralmirante era un buen amigo del peronismo. Para su ascenso, pasaron a retiro los siete jefes navales más antiguos. Cuando Massera dejó de ser tan amigo y fue uno de los verdugos que dio el golpe militar de 1976, rescató a Miguel de manos de un grupo del Ejército, que lo atrapó en la madrugada del 24 de marzo y lo sometió a dos simulacros de fusilamiento. Gracias ese salvataje, el jefe metalúrgico terminó preso en el buque 33 Orientales, amarrado en el Apostadero Naval, donde derivaron a muchos dirigentes peronistas cuya detención fue “blanqueada” por la dictadura.
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Miguel también pasó de apoyar a atacar a ese oscuro personaje llamado José López Rega, un ex cabo de la Policía que fue mucamo de Perón en su exilio madrileño y, cuando el viejo líder murió, se convirtió en el hombre más influyente del gobierno de Isabel Perón. Desde ese privilegiado lugar (desde donde prohijó la Triple A, brutal exponente del terrorismo paraestatal), López Rega, o “El Brujo”, como lo llamaban por su pasión por la astrología y el esoterismo, comenzó siendo un aliado en la lucha contra “los zurdos”, pero su creciente poder chocó con la UOM porque, según Miguel, “quiso desautorizar los convenios colectivos”.
Sucedió en 1975 cuando un protegido de López Rega, Celestino Rodrigo, también de inclinaciones esotéricas, se convirtió en ministro de Economía y aplicó un fuerte plan de ajuste, inmortalizado como “Rodrigazo”, que incluyó una devaluación del peso del 100%, un aumento en los servicios públicos del 100% y un alza del 180% en el precio los combustibles. A la vez, el ministro quiso imponer un tope del 38% a las paritarias que se estaban negociando, mientras la UOM pactó un desafiante 143% de aumento. La Presidenta anunció que no lo homologarían y allí se desató la pelea: Miguel llamó a los metalúrgicos a movilizarse a la Plaza de Mayo, que se llenó al grito de estribillos como “Aplaudan, aplaudan, el Brujo hijo de puta se tiene que morir”.
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La respuesta oficial fue anular las paritarias, a lo que siguió un paro de 48 horas dispuesto por la CGT. Allí se acabó la magia negra de López Rega: la presión sindical obligó a Isabel Perón a homologar los acuerdos salariales y “El Brujo” y su protegido Rodrigo tuvieron que renunciar a sus cargos. Así, sobre la base de ese pírrico triunfo político, Lorenzo Miguel logró convertirse en el padre de la célebre “patria metalúrgica”.
El poder logrado no le evitó al jefe de la UOM quedar involucrado en episodios de violencia no resueltos, como el asesinato en julio de 1975 de Jorge “El Polaco” Dubchak, uno de sus guardaespaldas: la Sala III de la Cámara en lo Criminal y Correccional de la Capital consideró “seriamente factible el homicidio” de aquel custodio en la sede de la UOM de Perón al 1400. Miguel quedó sobreseído de la acusación de haber sido instigador del crimen, y quedaron expuestos indicios que atribuyeron el crimen a una pelea entre guardaespaldas del dirigente. El caso tuvo ribetes truculentos: el cuerpo de Dubchak nunca apareció porque, según los testimonios, habría sido cremado en un horno del subsuelo del edificio de la UOM. Y 16 personas aparentemente vinculadas con el asesinato (supuestos responsables o testigos) murieron en forma violenta.
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Casi de película, como los vínculos reservados de Miguel con militares durante la dictadura, que incluyeron, además de los contactos con Massera, reuniones con el subsecretario general del Ejército, el general Jorge Suárez Nelson, y declaraciones sugestivas como las del jefe del Ejército Cristino Nicolaides, quien llegó a calificar al líder de la UOM como “el estadista más grande de la Argentina”. Por eso no sorprendió que Raúl Alfonsín, en 1983, denunciara un “pacto sindical-militar” mediante el cual, si triunfaba el peronismo en las elecciones, se iba a aplicar una amnistía para militares acusados de violaciones a los derechos humanos.
El metalúrgico, que tuvo una mala relación con Carlos Menem desde que ambos compartieron la prisión en el buque 33 Orientales y en el penal de Magdalena, fue un estratego en las sombras del PJ y del sindicalismo: junto con el dirigente petrolero Diego Ibáñez, por ejemplo, encumbraron en 1980 a un dirigente casi desconocido del Sindicato de Cerveceros para liderar la CGT porque era “controlable”. La apuesta no salió como pensaban, pero terminaron eligiendo a alguien que hizo historia en la central obrera: Saúl Ubaldini.
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Miguel pertenecía a una generación de sindicalistas de una forma de vida austera y, aunque poseía una decena de propiedades, ni siquiera los jerarcas de la dictadura militar le encontraron evidencias de enriquecimiento ilícito. Aun así, siempre llamó la atención que en el verano argentino veraneara en la proletaria Mar de Ajó, pero en el verano europeo viajara con frecuencia a las Islas Canarias o a Anzio, un balneario cercano a Roma.

A Anzio lo llevaba su amigo Argalia Polese, un italiano de origen humilde que llegó a la Argentina en 1949 y fue peón de campo y mozo hasta que, luego de conocer a Miguel, fundó una empresa propia de catering que se encargó del comedor del camping metalúrgico Rutasol y consiguió que su pasar económico fuera tan próspero que terminó fundando, entre otras, una compañía dedicada al lapidado de piedras preciosas.
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Una historia similar a la de Julio Raele, otro amigo de Miguel que de chico pedía limosna en su Chacabuco natal y que muchos años después, gracias a su relación con el titular de la UOM, terminó siendo uno de los hombres más ricos de la Argentina: fue el presidente del Instituto de Seguros, compañía que concentró durante décadas la mayoría de las pólizas de seguros de vida y de sepelios de muchísimos sindicatos. También fue el dueño del departamento conocido como “el quincho de Raele”, en la calle Viamonte al 1800, donde Miguel mantuvo durante años comidas y negociaciones con los principales exponentes del poder en la Argentina.
Miguel fue, acaso, el último caudillo sindical respetado por todos, con códigos de lealtad indestructibles y sospechas eternas, el símbolo de un gremialismo peronista que reinó durante décadas en una Argentina que ya no existe. El hombre de perfil bajo y de poder alto que acuñó frases para la posteridad. Desde aquella que decía que “en la UOM siempre se vota por unanimidad”, crudo ejemplo de una democracia interna que excluye a los opositores, hasta otra muy curiosa que le atribuyen: “Al que le quepa el sanyo, que se lo ponga”.
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