
La presentación de la nueva etapa de cuarentena fue la más extensa y quizá la más extraña de todas. Alberto Fernández anunció lo que podría ser considerado una buena noticia: la flexibilización del aislamiento en las áreas del país con mayores restricciones. Una noticia positiva por su efecto de cierta liberación. En sentido inverso, la gestualidad y las sucesivas advertencias de cada expositor dejaron un regusto amargo, inquietante. El Presidente lo resumió con un término: “Precariedad”, dijo para mantener abierta la puerta a un nuevo retroceso. Algo así como una apuesta, aunque con riesgo compartido, esta ver con una puesta en escena que incluyó a los jefes políticos de cinco distritos, los más afectados por el coronavirus.
De algún modo, el uso repetido de cifras tomadas como valores absolutos esta vez jugó claramente en contra. Funcionarios nacionales, bonaerenses y porteños sabían que el anuncio sería formalizado frente a números alarmantes de contagios, y se esforzaban por explicar otros valores estadísticos considerados auspiciosos. Llamativo: ayer mismo –como estrategia lineal- otra vez hubo comparaciones poco sólidas con experiencias de otros países y hasta regiones. En espejo, esa idea de contraponer números a gusto parece instalada socialmente. Y los números, tomados como datos aislados, impactan por su volumen. Ayer mismo, apenas unas horas después del anuncio, el informe oficial agudizaba ese contraste difícil de desmontar: el mayor registro diario , con 4.518 contagiados, el grueso en el ámbito metropolitano (3.002 en Provincia y 1.081 en la Capital).
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El mensaje formal requirió entonces hacer foco en otros valores, básicamente, el lapso de duplicación de contagios y la ecuación sobre cantidad de contagios por persona con el virus, entre los más mencionados. Esa fue una señal de las batallas en simultáneo que exponía ayer el Presidente, flanqueado otra vez por Axel Kicillof y Horacio Rodríguez Larreta, y acompañado en videoconferencia por la rionegrina Arabela Carreras, el chaqueño Jorge Capitanich y el jujeño Gerardo Morales. Señal política múltiple.
El Presidente, y los jefes distritales a su manera, buscaron un complicado equilibrio entre dar el mensaje de apertura, señalar los riesgos sanitarios que siguen presentes y repetir con énfasis que si las cosas no funcionan, habrá marcha atrás con la flexibilización. Por consiguiente, el llamado a la responsabilidad social para mantener los cuidados resultó a la vez una convocatoria solidaria y una advertencia colectiva.
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Para el Gobierno, tal como lo expresó más bien publicitariamente, resultaba central exponer que el largo y agotador camino recorrido hasta ahora –con su impacto económico de crisis profunda, un grave cuadro social y consecuencias psicológicas variadas- tiene sentido en función del sistema de salud. Es decir, que no fue un sinsentido la dureza del aislamiento frente a bajos números de casos, sino la preparación ineludible para enfrentar el “pico”. Un desafío fue entonces destacar tal visión de logros, cuando al mismo tiempo resulta necesario mantener el tono de peligro y posible retorno a mayores restricciones.
Alberto Fernández quedó expuesto en esa línea incluso al ocuparse de ponderar un eje central de la extensa cuarentena: fortalecer el sistema de salud para evitar que su capacidad sea superada en los momentos de mayor nivel de contagios. Dijo que durante la etapa de mayor rigidez que concluye ahora, la ocupación en unidades de terapia intensiva creció del 56 al 64 por ciento en el área de Capital y Gran Buenos Aires. Y calculó que sin las medidas adoptadas, esa cifra rondaría el 72 por ciento. Cifras inquietantes en cualquier caso.
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Con todo, el dato más significativo en el discurso presidencial y de los coprotagonistas de la conferencia de ayer fue la inclusión de referencias a las características y al impacto múltiple de la cuarentena. Eso se venía insinuando en la última semana con explicaciones sobre la posibilidad de flexibilizar la cuarentena considerando sus consecuencias económicas y sociales. En otras palabras, el agotamiento en sus diversas dimensiones. Dos ejemplos: el Presidente hizo referencia ayer al malestar colectivo y Rodríguez Larreta habló de ir recuperando libertades.
Hay en todo este largo trayecto de aislamiento aspectos que prolijamente son evitados en el discurso, aunque están en la mesa de análisis de cada círculo de gestión y no sólo en Olivos. Es un punto en las charlas de Rodríguez Larreta y su equipo. Aparece en las conversaciones de Kicillof con intendentes del GBA. Se trata de la realidad de la circulación barrial –en un punto, desenganchada del movimiento más restringido al transporte público- y de la grave crisis de los comercios y actividades de la economía informal, además del reflejo de la fuerte caída de la economía a escala nacional.
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Essa realidad está asociada a necesidades de todo tipo: contacto social, supervivencia, falta de condiciones sanitarias, graves problemas habitacionales, según la zona. No se trata sólo de los barrios vulnerables o más precarios. Son necesidades combinadas o únicas, pero extendidas. Y es un cuadro difícil de revertir, algo que se admite en conversaciones más o menos reservadas. La última experiencia de cuarentena más dura mostró que sólo tuvo alguna efectividad en el transporte público y en el cierre de comercios no esenciales, con tendencia a flexibilizarse de hecho en esta última semana.
Visto así, la sensación de alivio de estas horas, aún parcial, es a la vez un desafío a futuro. En esa dirección parecieron apuntar las advertencias sobre el escalonamiento de la apertura y, más aún, sobre las posibles marchas atrás.
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El cuadro es precario, según la razonable definición presidencial. Y está a la vista que un factor determinante en el aflojamiento de las normas responde a la necesidad compartida de descomprimir la situación social. Así es reconocido o al menos registrado, según el caso, en el círculo del Presidente y también del jefe de Gobierno porteño y del gobernador bonarense.
Asoma entonces contradictorio que a ese cuadro de fatiga y malestar social creciente, reflejado a esta altura e cualquiera de las muchas encuestas que circulan, se le sume tensión política. Lo comprobó ayer mismo Alberto Fernández, en el final de una densa semana: el conflicto de los camioneros y las renovadas señales de la interna oficialista fueron los únicos temas fuera de la agenda del coronavirus en su contacto con el periodismo.
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