
Una anécdota pinta muy bien a Axel Kicillof y su receloso y cerrado sistema de funcionamiento. Se enteró hace unos días por un trascendido periodístico del encuentro mantenido por un reducido grupo de intendentes peronistas del GBA con un par de operadores políticos del gobierno que se va, y cerró con ellos todo canal de diálogo, al menos temporalmente. Desconfía de un sistema político que por ahora conoce poco. Se maneja además con especial reserva y exige una práctica similar a sus interlocutores internos. Sólo remite a Cristina Fernández de Kirchner. Y es tal el hermetismo, que descoloca no sólo al PJ tradicional sino también a kirchneristas nuevos y viejos.
Todo lo que ocurre en la provincia desde el inicio de la transición muestra el mismo sello. El foco nacional, por supuesto, está puesto en el armado de Alberto Fernández y las definiciones en el Congreso –con versiones, internas y otros ingredientes de impacto- y eso tal vez colaboró con su decisión de moverse sin dejar mucha huella. Con esos cuidados impuestos, avanza en la conformación de su gabinete, en diálogo con la ex presidente, y mantiene cierta tensión en la Legislatura provincial.
Son días intensos en los dos terrenos, con un calendario local diferente al nacional y al que el propio Kicillof agregó una originalidad: la postergación por 24 horas de su asunción en La Plata. El gobernador electo quiere estar presente en la ceremonia del martes próximo que consagrará a Alberto Fernández –con quien viene generando nuevos vínculos-y a Cristina Fernández de Kirchner. Y, de manera especial, quiere asegurarse la presencia de la ex presidente en su acto de traspaso del mando, un día después. Es también, dicen, el deseo de CFK.

Un poco antes, el lunes, asumirán los nuevos legisladores bonaerenses y quedarán coronadas las nuevas autoridades de bloques y de las dos cámaras provinciales. El juego es diferente en cada caso y supone además el paso de bancadas peronistas y kirchneristas fragmentadas a la unificación de personería. No es sólo una cuestión de voluntad política –como se ha visto- sino además funcional: no existe la figura de los interbloques. En medios platenses, dicen que habría existido algún sondeo massista para modificar esa norma reglamentaria, pero las señales de rechazo preventivo fueron evidentes en filas kirchneristas y del oficialismo que se va.
El reparto de espacios en la legislatura provincial es un tema de peso por partida doble y ya se habría producido algún intento de “seducción” del nuevo oficialismo para sumar algún legislador de Juntos por el Cambio. La nueva oposición se muestra activa para evitar deserciones y mantendría sus bloques con un funcionamiento orgánico más aceitado, en el pasaje al llano. Se verá.
El Frente de Todos coronará un bloque fuerte de conjunto en la Cámara de diputados bonaerenses, con 45 o 46 integrantes sobre un total de 92 butacas, 43 de las cuales corresponden a la coalición que se despide del poder. Un panorama de negociación ineludible enfrentará en el ala de senadores: reunirá 20 bancas contra 26 de Juntos por el Cambio.
La Legislatura ha sido siempre un espacio de negociación y acuerdos para sostener el sistema político bonaerense, a diferencia de lo que ocurre a menudo en el Congreso de la Nación. Esa realidad también se traduce en conversaciones informales –y nada infrecuentes- como la que despertó el malestar de Kicillof. Pero los recelos no terminan allí, sino que inquietan, como se ha dicho, en la interna.

En el Senado provincial, Verónica Magario tendrá naturalmente peso propio y tal vez recupere un protagonismo que no se advierte en el armado que viene cerrando Kicillof. Y en Diputados, las versiones giran en torno de la presidencia de la Cámara y del bloque, en un juego especialmente significativo.
Dos nombres se alternan en las especulaciones para el cargo principal de los diputados provinciales. Uno es Federico Otermín, que cuenta con la ventaja –o la desventaja, en la visión más desconfiada- del estrecho vínculo personal con el intendente Martín Insaurralde –es decir, con un exponente del poder territorial- y la confianza de Máximo Kirchner. El otro, es el veterano dirigente Carlos “Cuto” Moreno, de larga relación con CFK y llegada directa a Kicillof: fue un sostén de su campaña.
Los títulos kirchneristas no parecen suficientes en el armado que viene. Hasta en La Cámpora dominan los interrogantes acerca de los casilleros del gabinete provincial, que Kicillof maneja en reserva con la ex presidente. Ni siquiera las conversaciones por la transición con los funcionarios de María Eugenia Vidal permitieron reconocer un reparto de cargos en firme. Los representantes designados por Kicillof se movieron por distintas áreas de manera indistinta. Sobresalió, sí, Carlos Bianco, hombre de confianza del gobernador electo y destacado motor de su campaña, que sería el próximo jefe de ministros.
Parte de lo que en Buenos Aires tiene que ver con el esquema que arrastra Kicillof por su historia personal, expresado en recelos y primeros lances con la política bonaerense. Pero mucho, además, tiene relación directa con el blindaje de la provincia para afirmar el dominio de la ex presidente.
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