Dice Alberto Fernández: “Somos la Argentina, somos un país enorme, que ha soportado dictaduras y ha vuelto, ha soportado a genocidas y ha vuelto, ha soportado una guerra y ha vuelto”. Está dicho ahora, en campaña. No es 1983. Y han pasado muchos gobiernos y frustraciones desde entonces. Pero el candidato necesita darle un sentido épico y de historia intencionalmente forzada a su discurso. ¿Dureza para ganar más votos? No parece: más bien asoma el intento de anticipar que la crisis, profunda –aunque de un único responsable, en su visión-, reclamará seguramente ajustes fuertes, tiempos pacientes y un tránsito árido si en ocho días es elegido presidente.
En este tramo final de campaña, después de cada acto o entrevista, se repite entre consultores y analistas la misma pregunta acerca del duro, por momentos agresivo discurso de Alberto Fernández contra Mauricio Macri. El manual dice que un candidato ganador, como él después de las PASO, debería mostrarse calmo y no provocar debates o cruces riesgosos: nadar en aguas seguras. En su caso, además, insistir con la presunta diferenciación respecto de los socios internos más duros, para atraer votantes de otras orillas. Fernández viene haciendo lo contrario. Está tranquilo con los números de las encuestas: lo dan ganador con cerca de 50 puntos. Pero no parece tan tranquilo con el panorama que enfrentaría si corona su carrera presidencial.
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Sabe que si liquida la elección en primera vuelta, enfrentaría más de un mes de vértigo hasta el 10 de diciembre. En principio, podría ser imaginado un cuadro diferente al producido por las primarias de agosto. Hay por lo menos dos elementos distintos: no sería sorpresivo el resultado –según los sondeos y las evaluaciones que circulan en medios empresariales y financieros, locales y externos- y finalmente él pasaría de candidato más votado en las PASO a presidente electo.
De todos modos, nadie se atreve asegurar nada, entre otras razones porque la incertidumbre económica es persistente y grave. Además de festejos y filas de saludos propios de la atracción del poder, el éxito en las urnas demandaría de manera más concreta definiciones sobre sus primeras medidas económicas y sociales, la renegociación de la deuda y las tratativas con el FMI, entre otros puntos. Todo eso, más la expectativa que generaría en el común de la gente un candidato que acaba de ser consagrado triunfador.
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Alberto Fernández, se ha dicho, mantiene su dureza discursiva y hasta en aumento. Lo expuso hace una semana en la primera entrega del debate de candidatos a presidente, en Santa Fe, y es posible que lo repita mañana en el segundo capítulo, esta vez en sede de la UBA. Fue lo único que se permitió de manera distintiva en un formato que cuesta calificar como debate y que careció de contrapuntos de propuestas. En el medio, y frente a la tribuna, volvió sobre la misma línea no sólo de confrontación, sino de descripción dramática de lo que pasaría a ser la “herencia” si gana el domingo 27.

Allí, en La Pampa y por el 17 de Octubre, el candidato dio señales precisas. Exhibió conceptos básicos del peronismo y también interpretaciones más en línea con el kirchnerismo duro que de tono “moderado” o renovador, como se decía apenas coronada la movida que lo colocó al frente de la fórmula. Con todo, esos gestos -que podrían ser descriptos como una “cristinización” personal- pueden ser leídos como todo en función del posible triunfo en las urnas: apuntaría a dar un mensaje de unidad interna frente a los interrogantes sobre la convivencia con la ex presidente y sus organizaciones. Alberto Fernández lo remató con la frase dejada ayer ante un micrófono: “Cristina y yo somos lo mismo”. Tanta insistencia y énfasis suelen generar dudas antes que certezas.
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El discurso pampeano tuvo matriz conocida: según esa visión, los gobiernos ajenos son golpes o accidentes de la historia, fruto del engaño –“Han confundido a millones de argentinos”, afirmó el candidato- o de procesos más complejos que operan sobre la sociedad. “Periódicamente se nos cruzan en el camino”, dijo en referencia a las gestiones de otro color político. “Nos dicen que la Argentina tiene un problema cíclico, que cada diez años tropieza con la misma piedra. La piedra son ellos”, agregó, sin asomo de mirada crítica sobre los aportes peronistas a la pendiente nacional.

Del mismo modo, recurso de campaña pero también ideológico, buena parte del contrapunto planteado en el discurso colocó al Frente de Todos como representación de la Argentina o del pueblo. Del otro lado, no dicho pero implícito, quedaría la antipatria o, sí dicho, los que quieren el poder para “destruir todo”. La dictadura del 76 –con incluida referencia a la guerra por las Malvinas- fue utilizada para comparar el esfuerzo que demandaría a la sociedad salir de la crisis actual.
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En la misma línea, con mayores pretensiones ideológicas, Cristina Fernández de Kirchner expuso antes y en el mismo escenario una cronológica y lineal referencia a etapas “neoliberales” de la Argentina. Un común denominador discutible, que le permitió enhebrar el golpe del 76, los 90 y el macrismo. Todo como fenómeno ajeno, o casi: al hablar de los 90 dijo sin profundizar en el tema que los partidos populares “también fueron coptados por esto”. No refirió directamente al PJ ni habló de Carlos Menem y los apoyos internos que cosechaba entonces.
El 17 de Octubre ha sido “resignificado” más de una vez en la historia del peronismo -también en las imágenes expuestas en La Pampa-, pero por supuesto incluyendo siempre la apelación a la unidad. El mensaje y la postal del escenario, con nutrida presencia de gobernadores, fueron en la misma dirección: tratar de aventar la idea de un conflicto interno que sería realmente grave trasladado al poder.
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Está claro que la confianza en el resultado de las urnas se apoya en el número impactante de las PASO y en las encuestas que circulan dentro y fuera del peronismo. Alberto Fernández piensa cada vez más en ese horizonte. Tal vez por eso y aunque resulte llamativo en las formas, el discurso de estas horas buscaría hacer un difícil equilibrio entre el objetivo de generar esperanza –traducida si gana en primer impacto de confianza- y la necesidad de ir bajando expectativas sobre la inmediatez de soluciones frente la crisis.
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