La final del Mundial dejó a la Argentina con una derrota ante España, pero también abrió paso a una profunda reflexión social. Mario Pergolini, en un instante en su ciclo Otro día perdido, puso en palabras lo que muchos sienten: ese instante de comunión colectiva que logra suspender, aunque sea por un momento, las diferencias cotidianas. “¿Y si nos quedáramos así, ¿no? Porque la verdad que estamos pasando un lindo momento en donde se acabaron las discusiones. Las discusiones tontas”, expresó, al sintetizar el clima que se vivió durante la competencia.
Mientras transcurrió el Mundial, la unidad nacional se volvió palpable. Las calles, los bares, los hogares y las redes sociales se poblaron de gestos y mensajes que, por encima de cualquier debate, celebraban la posibilidad de sentirse parte de algo común. Muchos argentinos, según Pergolini, percibieron una tregua: “Hay discusiones que no vamos a poder evitar. Pero si pudiésemos quedarnos un poquito con esta sensación de cuando estamos bien”.
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En ese sentido, la Copa del Mundo funcionó como catalizador de una convivencia que suele verse opacada por diferencias políticas, sociales o incluso deportivas. “Qué loco que, aunque estemos bien, enseguida nos olvidemos de esta sensación, porque estas cosas pasan. El tiempo lamentablemente diluye las cosas y lo que hoy sentimos a lo mejor es un poco difícil recordarlo dentro de un año, ¿no?”, planteó Pergolini, consciente del carácter efímero de estos momentos de armonía.
En la competencia deportiva, la Argentina experimentó una de las sensaciones más buscadas en tiempos de fragmentación: la comunión social. La sensación de bienestar y de posibilidad de entendimiento entre compatriotas se volvió tangible en encuentros, celebraciones y conversaciones. “Retengamos lo más que podamos esto de saber que nos podemos llevar bien, de que podemos tener una linda relación, que somos eso”, instó Mario, en alusión directa al clima que se vivió en las jornadas mundialistas.
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La comunión social descripta no es habitual en la Argentina de los últimos años. Los testimonios recogidos durante las semanas del Mundial coinciden en que el clima de entendimiento y cercanía se impuso por encima de las disputas habituales. “Durante mucho tiempo hemos luchado con lo que fueron los argentinos de otras épocas donde íbamos por el mundo como teniendo un orgullo anda a saber de dónde sacado, de qué forma, como si hubiésemos ganado anda a saber qué cosas”, reflexionó Pergolini, marcando la diferencia entre un pasado de orgullo mal entendido y un presente de simpatía y hospitalidad.
A pesar del ambiente positivo generado durante el Mundial, advirtió sobre la dificultad para mantener esa armonía más allá del evento deportivo. El olvido progresivo de los buenos momentos aparece como una constante en la vida social y personal: “Incluso sé que en las vacaciones de verano a lo mejor ya no nos vamos a acordar”, reconoció.
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Esa efímera sensación de unión es comparable, según su analogía, a los recuerdos compartidos en relaciones personales: “Si todos los amigos pudiesen recordar aquellos momentos que saltaban juntos en un viaje de egresados, ¿no? Es muy difícil sostener los buenos momentos, que sigan estando en el cuerpo y seguirlo sintiendo, pero estaría bueno si lo pudiésemos lograr”.

En la práctica, la tendencia social es a retomar las discusiones y los enfrentamientos una vez que el evento unificador termina. Según reconoció, “no lo vamos a lograr, pero bueno, qué sé yo, ojalá suceda”. Esta resignación no niega el valor de lo vivido, sino que apunta a la necesidad de intentar, al menos, retener algo de esa experiencia positiva.
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Uno de los puntos centrales de la reflexión es la crítica a los motivos banales que suelen dividir a la sociedad argentina. El distanciamiento por cuestiones triviales, los fanatismos y las peleas entre amigos y familiares aparecen como síntomas de una fragmentación persistente. “Somos un país que la verdad nos hemos distanciado por muchas razones y de muchas formas. Incluso cosas que no pensábamos que nos iba a pasar con amigos, con familiares, gente que dejó de hablarse por motivos realmente estúpidos, por fanatismos de otros”, lamentó.
La invitación a recordar los momentos de comunión no es ingenua: reconoce la dificultad de sostenerlos, pero insiste en la importancia de intentarlo siempre que sea posible. Mantener la memoria de los instantes de unión sirve, según la perspectiva de Pergolini, como un antídoto ante el riesgo de caer nuevamente en viejas divisiones.
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