
No es el Talmud, ni la Biblia, ni el Corán, no esperen eso. Lo aclaró su autora tras explicar los sentimientos e intenciones que la animaron a la literatura. Escrito como quien habla, el libro de Cristina Kirchner quedó presentado este jueves en un contexto de militante excitación. Los que esperaban otra presentación, la de su candidatura, tendrán que tener paciencia. Es muy poco probable que haya fumata blanca antes del último minuto del 22 de Junio.
En un elaborado modo zen, Cristina lució su tan promocionado "abuenamiento". Lo suyo fue un ir y venir un tanto errático por obsesiones y emociones. Se demoró arrastrando palabras, jugueteando con la fonética, deleitándose con su propia escucha. Entre seductora y temperamental dialogó con la multitud que, adentro y afuera bajo la lluvia, festejaba su reaparición.
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Rodeada de los muy suyos, habló sosteniendo el rating de los canales de aire y cable que se prendieron en cadena. No fueron más de 30 minutos en los que renegó del populismo, elogió la estrategia económica de Donald Trump, rememoró con encendida ponderación el pacto social que impulsó el empresario y ministro de Economía de los primeros 70 José Ber Gelbard y, sin defenestrar de plano el acuerdo de los diez puntos que propone el Gobierno, contrapuso la idea de un "nuevo contrato social de ciudadanía responsable"
La sutil hilacha cristinista se escapó bajo el desliz de una frase glamourosa: "Yo no creo en los neutrales" dijo. "Nunca lo fui ni lo quiero ser". No mucho más de la fogosa beligerancia que suele animarla, pero se dejó entrever tal cual es.
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Los alcances de este "nuevo orden", expresado bajo un formato contractual, suenan tan fundacionales como imprecisos y no parecen tener que ver con los diez puntos del acuerdo que buscar sellar el Gobierno. Para Cristina hace falta algo más y propone que las obligaciones que se pacten deben ser "verificables y cuantificables", sin ofrecer mayores detalles. Un conjunto de palabras que suenan bonitas, pero que pueden empaquetar tanto al libre mercado como al estatismo a ultranza. También para comprender de qué se trata habrá que esperar.
Otro asunto muy distinto es el compromiso que fogonea el oficialismo. Bajo apremios electorales y rezando para que no se desmadre la economía, se suceden las bilaterales entre el ministro Rogelio Frigerio con presidenciables y gobernadores. Está claro que, más allá del cotillón que suele colorear estas movidas, lo que se pretende es dar señales claras de certidumbre a los mercados. Buscan firmar un paper en el que las distintas expresiones de la oposición aseguren que se sostendrá el equilibrio fiscal y se honrará el compromiso de pago a los acreedores, gane quien gane.
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En los despachos se evalúa el trámite como lento pero positivo. No descartan llegar a un documento final. Se espera que la próxima semana se sumen las CGT y la Iglesia.

Sergio Massa, Roberto Lavagna y Daniel Scioli presentaron sus reparos frente a sus tribunas, pero no sacaron el cuerpo a una búsqueda de consensos y, pasadas las elecciones en Córdoba, saben que contarán con el respaldo del seguro ganador Juan Schiaretti. No cuentan con señal alguna, en cambio, del gobernador formoseño Gildo Insfrán, ni del tucumano Juan Manzur. De Alicia Kirchner no hay rastro alguno.
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No hay que darle mucha vuelta. Muy buenas intenciones pero algo absolutamente inútil si no incluye un compromiso en el mismo sentido de Cristina Fernández de Kirchner. Esa es la verdadera madre del borrego. Sin el gancho de CFK, cualquier acuerdo que se firme es puro papel pintado. Hay que llegar a noviembre.
Los plazos que fatigan al radicalismo son más estrechos. El 27 de mayo se reúne la Convención Nacional y ese será un lunes de definiciones. A pocos días del cierre para la presentación de alianzas, deberán decidir si siguen jugando en Cambiemos. Las opciones están crudamente expuestas.
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Alfredo Cornejo, gobernador de Mendoza y presidente de la UCR, quiere ampliar Cambiemos, abriendo el espacio a otras fuerzas políticas. Esa es la propuesta con la que cruzó al oficialismo en el mismísimo momento en que se presentaron los diez puntos a la oposición. No descartan incluir en el espacio a referentes del PJ alternativo.
El sector más crítico —que encarnan Ricardo Alfonsín y Federico Storani— habla de un nuevo "frente superador". Quieren a Roberto Lavagna aglutinando el espacio, sumando al GEN de Margarita Stolbizer, al socialismo y a referentes del PJ que abjuran de todo lo K. Los anima una convicción aterradora: si se repite la competencia electoral del 2015, gana la Unidad Ciudadana. Eso es lo que pretenden evitar. Más claro, agua.
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Este domingo es clave. Nadie duda de que Juan Schiaretti renovará por mucho margen su mandato. Superada esa instancia, se espera que sea quien ordene el peronismo y revitalice las posibilidades de una candidatura para Alternativa Federal. Hay quienes, incluso, lo ven presidenciable.
La desconcertante escena política de hoy muestra a las dos fuerzas mayoritarias construyendo su identidad a partir del conflicto con el otro, acicateado el espanto.
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Las dos figuras presidenciables más competitivas, Mauricio Macri y Cristina Kirchner, conviven con un registro de imagen negativa del orden del 60% de acuerdo con las últimas mediciones. Cuesta imaginar cómo se las van a arreglar para construir algún consenso que permita gobernar el país a partir de diciembre. Es curiosa la situación, muchos esperan de Cristina lo que tantos otros esperan de Macri: que se baje, que dé un paso al costado. Ambos extremos se aferran a la expectativa que generan, quieren seguir participando. Se necesitan mutuamente para sobrevivir.
En la Rosada ayer se celebraba la reaparición pública de CFK. No son pocos los que aseguran que la campaña de Mauricio Macri empezó este jueves en la Feria del Libro. El Presidente ya funciona en modo electoral. Eso es lo que aseguran los que lo conocen bien.
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La estrategia elegida por el oficialismo está plagada de riesgos y funciona bajo una extraña paradoja: agitar el fantasma de Cristina suma arrimando por el lado del "voto miedo" pero de manera directamente proporcional mete ruido en la economía. Los mercados saben muy bien qué tecla apretar cuando los alcanza el espanto.
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