
La crisis en Venezuela ha causado una implosión geopolítica en el sistema internacional que coloca a Donald Trump como líder de una coalición de países que rompe bloques regionales y obliga a forzar maniobras diplomáticas que pretenden balancear el poder de la Casa Blanca y sólo favorecen a la permanencia de Nicolás Maduro en el poder.
El presidente de los Estados Unidos arrincona a Maduro y causa un efecto dominó en el orden global que no tiene antecedentes. La situación en Venezuela ya es un laberinto y no hay una hoja de ruta que permita desembocar sin conflicto en una transición democrática.
Trump quebró los consensos en el Mercosur y la Unión Europea, mientras que Maduro se apoya en China y Rusia, cuenta con las gestiones diplomáticas de Uruguay y México, y es respaldado por Cuba, Italia, Turquía e Irán. Este desbarajuste en el sistema internacional quedó al descubierto con la declaración del Grupo de Lima en Ottawa (Canadá).
Frente a la convocatoria al diálogo emprendida por Uruguay y la UE, así como la carta que Maduro remitió al Vaticano solicitando la intervención de Francisco, los representantes del Grupo de Lima (Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Costa Rica, Guatemala, Honduras, Panamá, Paraguay y Perú), consideraron esos movimientos como un simple ardid diplomático que beneficia únicamente al líder populista venezolano.

"(…) Las iniciativas de diálogo propiciadas por diversos actores internacionales fueron manipuladas por el régimen de Maduro, transformándolas en maniobras dilatorias para perpetuarse en el poder y, por lo tanto, consideran que toda iniciativa política o diplomática que se desarrolle debe tener por objeto apoyar la hoja de ruta constitucional presentada por la Asamblea Nacional y por el Presidente Encargado, Juan Guaidó, que busque una transición pacífica entre los venezolanos, que logre la salida del régimen dictatorial de Maduro, permita la convocatoria a elecciones y el restablecimiento de la democracia en Venezuela", sostiene el punto 4 de la declaración de Ottawa del Grupo de Lima.
Este documento no sólo frena en seco las propuestas de diálogo de Uruguay y la UE –convocaron a una cumbre para el jueves próximo-, sino que le adelanta a Francisco que no tiene chance de mediar si no reconoce que el presidente de Venezuela es Guaidó y que Maduro representa un "régimen dictatorial" en América Latina.
Aún más: en Ottawa había representantes de Unión Europea (UE), Francia, Alemania, Holanda, Portugal, España y el Reino Unido, que no se retiraron de las deliberaciones ni exigieron otro lenguaje diplomático para exhibir la reticencia del Grupo de Lima frente a las alternativas que plantea el gobierno uruguayo y Francisco en Santa Marta.
La persistencia de Trump respecto a Maduro implica un triunfo diplomático de la Casa Blanca. El secretario de Estado Michael Pompeo, el consejero de Seguridad John Bolton y el director de seguridad nacional Mauricio Claver son piezas claves de una maquinaria política que puso contra las cuerdas al líder populista. Trump logró unir a países de América Latina, Europa, Asia y Medio Oriente en una cruzada que recién empieza y tiene final abierto.

Con todo, ese bloque interregional ha provocado silenciosos sismos en unidades geopolíticas que ya atraviesan crisis recurrentes. El Mercosur busca su propia flexibilidad institucional, y con la situación de Venezuela aparecieron dos posiciones diferentes: Argentina, Brasil y Paraguay apoyando a Guaidó, mientras que Uruguay exhibe una visión más neutra.
Y la Unión Europea, flanqueada por ciertos nacionalismos y complicada por la salida del Brexit, ahora enfrenta una posición que exhibe su personalidad ambivalente: sus principales miembros reconocieron a Guaidó (Francia, España, Alemania), en tanto que su representación institucional (UE) aún se resiste a dar ese paso diplomático.
El ruido geopolítico que causa la ofensiva de Trump, contrasta con el silencio de Rusia y China, los dos aliados internacionales más poderosos de Maduro. Vladimir Putin y Xi Jinping invirtieron millones de dólares en Venezuela y no aceptarán una transición democrática liderada por Guaidó, si Estados Unidos no respeta sus inversiones. Washington escucha los planteos de Moscú y Beijing, pero aún no dio señales favorables. Esta ausencia de respuesta beneficia a Maduro, que juega sus cartas para evitar que su cúpula de generales repita la parábola de Julio César y Marco Bruto.
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