
Un intendente peronista del Gran Buenos Aires suele definir así los márgenes para la unidad del peronismo: "El único límite es Macri". Dicho de otra forma, todos deberían privilegiar el objetivo de derrotar a Cambiemos el año que viene. Ese jefe territorial del PJ, como otros referentes que dicen empujar la convergencia interna, creen que el camino sería ideal si Cristina Kirchner renunciara a la candidatura 2019, algo que muy difícilmente aceptaría la ex Presidente. ¿Eso resolvería todo? No siempre las sumas hechas en los escritorios políticos funcionan en la realidad.
Existen, aún en la mesa de arena, disputas entre dirigentes, desde CFK a los gobernadores e intendentes, en el primer renglón electoral. Pero además, expuesta como confluencia centralmente antimacrista, la ecuación no contemplaría el efecto social de abandonar cualquier idea de renovación, entendida como propuesta a futuro y también como reflexión sobre el pasado propio.
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Las tensiones que vive en estas horas el bloque de senadores del PJ exponen en parte las dos lecturas. En el anochecer de ayer, la bancada que encabeza Miguel Angel Pichetto mantuvo una reunión nada formal ni sencilla para tratar de procesar diferencias frente a la sesión de hoy, última escala del muy conversado camino para votar el Presupuesto. Es sabido que no hay posición unificada, afloran asperezas.

Pero la cita estuvo precedida por anuncios concretos y especulaciones a futuro sobre fracturas del bloque. El tema no quedó liquidado, por supuesto, porque está atado a los tiempos electorales que vienen. Pero sí quedó confirmada en las horas previas la emigración de los tucumanos José Alperovich y Beatriz Mirkin, socia política del ex gobernador. Puede que haya otros casos, según dispongan en primer lugar algunos jefes provinciales –nadie oculta el juego del formoseño Gildo Insfrán, por ejemplo-, pero parece claro que el mensaje de esta primera fisura tiene color visiblemente electoral.
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Existen, por supuesto, facturas de origen legislativo, por los manejos de Pichetto, por su modo de entender las relaciones de poder en la política y, menos de fondo, porque apuesta a un armado peronista que no coincide con la totalidad de los gobernadores. Menos aún, con algunos rivales de jefes provinciales. En cualquier caso, Alperovich expresa con su ruptura una decisión de alineamiento con la ex Presidente, no sólo por su pago inicial al kirchnerismo, sino además porque lo considera capital indispensable para darle batalla a Juan Manzur, su sucesor en la gobernación.
La disputa podría llegar al extremo de poner en discusión las aspiraciones del peronismo en la provincia. Manzur no es uno de los gobernadores más dispuestos a los acuerdos con el gobierno nacional. Negocia cuando hace falta, pero mantiene un discurso más bien duro que creció en volumen frente a la crisis. Incluso, compite con otros referentes, como el cordobés Juan Schiaretti o el salteño Juan Manuel Urtubey. Es flexible con sectores kirchneristas, pero cree que en algunos casos es mejor mantener distancia. Entre esos casos incluye hasta ahora a CFK.
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La exposición más alta de Manzur, que va por la reelección, fue tal vez el acto del 17 de Octubre. En primera línea pudo verse a Sergio Massa y al propio Pichetto, a Daniel Scioli, a varios legisladores nacionales y a un nutrido grupo sindical, con el dúo que sobrevivió al triunvirato cegetista, Héctor Daer y Carlos Acuña. Fueron destacadas las ausencias de gobernadores: asistieron unos pocos –el riojano Sergio Casas y la catamarqueña Lucía Corpacci-, además de algunos vices. Señal de cierta disputa en el conglomerado de los peronistas que manejan provincias.
La pelea planteada por Alperovich, que en este caso con una buena cuota de razón Pichetto adjudica a una cuestión provincial, incluye en el ámbito legislativo una confluencia con el bloque kirchnerista. Pero su juego, a nivel local, aportaría poco a la ex presidente en escala nacional. Tucumán se anota entre los muchos distritos que seguramente desengancharán las elecciones propias de la carrera presidencial.
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Esa tendencia a desdoblar los comicios provinciales expresa que muchos gobernadores que están cumpliendo su primer mandato irán por la reelección. Y preferirían asegurarse el control de sus provincias, más allá de la suerte nacional de CFK o de cualquier otro candidato. El esfuerzo de los partidarios de la unidad confronta con ese tipo de decisiones de peso. Y no todas las señales expresan lo mismo.

Massa, por ejemplo, insiste en privado con una idea de confluencia amplia, aunque con límites en cuanto a las figuras más cuestionadas del kirchnerismo. Cree que debería ampliarse el armado electoral a otras fuerzas cercanas por origen o no tanto, como el núcleo que intenta recrear el sello progresista, lo cual también podría significar un límite hacia el universo peronista. Pichetto ya expuso lo suyo: llegó a la confrontación con la ex Presidente. Schiaretti y Urtubey, también, aunque más cuidadosos en el lenguaje. En el resto de los gobernadores hay matices, condicionados por sus propias realidades provinciales.
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En cambio, Felipe Solá o los jefes del Movimiento Evita, otra vez en las orillas del kirchnerismo, buscan cerrar filas con una consigna similar a la señalada en el arranque de esta nota. Aunque ocurre que, aún en la hipótesis de que la ex presidente abandone su sueño de retorno, cuesta imaginar cómo sería la integración de listas. El kirchnerismo, y en particular La Cámpora, tiene una visión muy estructurada sobre la ocupación de espacios, con sus principales figuras públicas a la cabeza.
Hasta allí, unos pocos desafíos prácticos, que por supuesto incluyen el modo de definir la competencia y reparto de candidaturas en el terreno de cada provincia. ¿Puede haber unidad con gobernadores si en la previa –es decir, en la elección provincial- le disputan cargos legislativos, intendencias, concejos deliberantes?
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La lectura de los capítulos ya expuestos y las hipótesis de los que restan no puede agotarse en el entramado de los dirigentes. ¿Cómo sería asimilado socialmente un acuerdo que de golpe de por olvidadas diferencias y hasta acusaciones, duras? ¿La unidad como remedio a la gestión macrista diluye cualquier otra evaluación? La interpretación más corrosiva alude a la sensación de un "pacto de impunidad", algo que seguramente disfrutaría el oficialismo. Nadie lo desaprovecharía, menos en campaña.
La suma de dirigentes funciona cuando interpreta corrientes dominantes o al menos amplias en la sociedad. En el caso del peronismo, ¿el valor de una unidad sin distinciones es más potente que la renovación o la vuelta de página? La matemática puede resultar imperfecta en política: sumar no sería exactamente lo mismo que juntar.
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