
Al final, en algo tuvieron razón: la justicia, al menos, la terrenal, no logró alcanzarlos. De acuerdo a investigaciones judiciales que prometen capítulos cada vez más entretenidos, Néstor Kirchner y Julio Grondona construyeron sendos esquemas de corrupción que recién ahora están saliendo a la luz, años después de que fallecieran.
Son personas que se parecían bastante. Ambos se creían inmortales. En el caso de Kirchner eso aparece muy claro en mi libro "Salvo que me muera antes".
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El propio título alude a una frase dicha por el ex presidente a un grupo de compañeros dos semanas antes de su muerte en la residencia de Olivos: "Muchachos, el próximo presidente voy a ser yo salvo que me muera antes".
Un "salvo que muera antes" que sonó como algo que no podía ocurrir nunca, según me dijeron dos de sus interlocutores.
Kirchner murió el 27 de octubre de 2010 y estaba decidido a presentarse como candidato oficialista en las elecciones del año siguiente a pesar de que en las encuestas su esposa, la entonces presidenta Cristina Kirchner, estaba unos puntos por encima.
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La eternidad que se atribuía Grondona era aún más explícita: la muerte lo sorprendió el 30 de julio de 2014, cuando seguía siendo presidente de la AFA y vicepresidente primero de la FIFA.
Por ejemplo, conducía el fútbol argentino desde 1979; es decir que atravesó las dictaduras de Videla, Viola, Galtieri y Bignone, y todos los gobiernos democráticos desde Alfonsín a Cristina. Una proeza.
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A ambos se les atribuye la creación de sendos esquemas de corrupción, de los cuales eran, claramente, sus vértices; los jefes de verdaderas megabandas que ahora se desarman como un castillo de naipes (house of cards, en inglés) amenazando, literalmente, a sus herederos.
A los dos les gustaba el dinero físico. ¿Por qué? Porque necesitaban de billetes, de muchos billetes, para mantener aceitados los mecanismos de corrupción que habían creado en forma tan obsesiva. Cuando aparecían problemas, debían tener a mano soluciones efectivas.
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Ninguno de ellos parecía creer que alguna vez debería rendir cuentas ante la justicia; "todo pasa" era la inscripción del anillo que usaba Grondona. Todo pasa menos él.
Sin embargo, tanto Kirchner como Grondona habitaban cuerpos enfermos. En el caso de Kirchner, en el año de su muerte tuvo dos episodios cardíacos; el último, el mes anterior al fallecimiento, en septiembre, cuando le colocaron un stent.
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Kirchner se cuidaba en las comidas y cumplía con su rutina aeróbica, pero no seguía los consejos de los médicos.
Al día siguiente de la angioplastia en una clínica privada, el domingo 12 de septiembre de 2010, el ex presidente retiró su historia clínica y salió junto a su esposa, que sonaba exultante en un rápido diálogo con los periodistas a través de la ventanilla del automóvil en el que volvían a la residencia de Olivos.
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–Está bien, muy bien… Dale, habla vos —le indicó a Kirchner, que estaba sentado a su lado, en el asiento de atrás.
—Estoy perfecto, perfecto. Gracias por todo —dijo él.
Uno de los periodistas quiso saber si era cierto que el día anterior Kirchner había sentido un persistente malestar en el pecho luego de su habitual caminata en la cinta.
—Nooooo, ¡todos inventos! —contestó la Presidenta. Y se marcharon.
El paciente se fue de la clínica antes de lo previsto por los médicos.
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En casos como ésos, las indicaciones incluyen remedios, dieta y ejercicios físicos, así como la modificación drástica del ritmo de vida para evitar las situaciones de estrés.
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Pero el estrés formaba parte del estilo K. Un joven ex funcionario cuenta que "una vez estaba yo reunido con Amado Boudou, que era el ministro de Economía, y me llama Kirchner al celular.
—¿Llamaste al que te dije? —me pregunta.
—Sí, pero no lo encontré.
—Volvélo a llamar.
Al minuto, me llama Néstor de nuevo.
—Y, ¿lo llamaste?
—Pero, si me llamó recién. Le juro que ya lo vuelvo a llamar y le aviso enseguida.
Kirchner se creía Superman y había convencido de eso a todo su entorno. Pero, era mortal. Como Grondona.
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