
Cristina Fernández de Kirchner, como todos los seres humanos, es una y muchas en distintos tiempos. Fue la silenciosa Primera Dama del período 2003-2007, cuando gobernaba su marido Néstor Kirchner, pero también la presidenta enérgica y visceral de su primer mandato, la que hablaba de "los piquetes de la abundancia" en plena arremetida de las organizaciones patronales rurales, en el 2008, y también la enojada e incordiosa mujer de los últimos meses de su segundo gobierno, a la que se le notaba ya cierta fatiga de la voluntad. Fue la mujer de luto y, al mismo tiempo la que bailaba y lloraba emocionada en las fiestas del Bicentenario, frente a cientos de miles de personas. Pero en los últimos dos meses, apareció, además, otra Cristina.
Otra Cristina y la misma, claro. Como si se tratara del célebre protagonista de la novela El hombre de la máscara de hierro, una Cristina muy humana emergió detrás de la imagen hierática que había dejado su impresión en las retinas de los argentinos en diciembre del 2015. Pero si bien es una Cristina renovada, no es una desconocida para muchos. Hoy, la ex presidenta se comunica a sí misma de formas diferentes. La primera novedad se produjo en la campaña de las PASO, cuando se había mostrado reflexiva, serena, emotiva, pero no sobreactuada, acompañada por distintos representantes simbólicos del desmoronamiento económico macrista. En términos comunicacionales, había logrado recuperar el centro de la escena, a pesar del ninguneo de los medios de prensa, y desde allí se plantó como una alternativa absolutamente competitiva para estas elecciones de medio término.
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Tres elementos marcaron la nueva táctica electoral de Cristina antes de las PASO, marketing político mediante: a) Logró llevar su discurso al futuro y no al pasado, convirtiendo el centro de su mensaje a la crítica del gobierno nacional y a la esperanza en el futuro, sin sobreideologizaciones sino con ejemplos claros y concretos; b) No cuestionó a los votantes de los otros espacios políticos sino que les ofreció un puente de oro comprensivo; y c) En el cierre de campaña tuvo un gesto de autorreflexión, es decir, encontró una fórmula para reconciliarse con sus no votantes, pidiendo disculpas por algunos errores, reconociendo alguna equivocación, admitiendo cierta falta de humildad.
Pero en estos dos meses de campaña ha dado un nuevo giro sorpresivo: bajó al llano a disputar la política palmo a palmo como si no hubiera sido dos veces presidenta. Recorrió el conurbano bonaerense con varios pequeños actos diarios y, lo que más impacto mediático tuvo, sobre todo entre el siempre egocéntrico juego comunicacional, fue la serie de entrevistas que ofreció en televisión. Hay algo que es innegable: fue la única candidata –quizás por su propia necesidad de ganar nuevas clientelas- que se animó a disputar audiencias en lugares hostiles. Y este es un punto importante a analizar.
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Ni Elisa Carrió ni Maria Eugenia Vidal ni Esteban Bullrich se sometieron a entrevistas que no fueran condescendientes por parte del periodismo. Casi todos ellos, más allá de que la gobernadora no sea candidata, se negaron a dar batalla dialéctica con periodistas que no fueran del mismo espacio ideológico. Así, las entrevistas en las que participaron no tuvieron ni un gran costo pero tampoco le redituaron demasiado, en términos de ampliación de público al que se dirigió. Si bien, hoy, los candidatos oficialistas tienen el apoyo del 90 por ciento de los medios, no tomaron ningún riesgo. Cristina en cambio, sí.

Primero ofreció una entrevista a Infobae, realizada por Luis Novaresio, quien cómo era de esperar, intentó todo el tiempo distanciarse de la ex presidenta. Y no hubo sorpresas: se trató de un periodista antikirchnerista interrogando a una ex presidenta, ya sin poder. El tono confrontativo de Novaresio, a quien particularmente el autor de esta nota respeta profesionalmente, no se repitió con los candidatos oficialistas en los últimos tiempos, por lo tanto no hubo sorpresas en el tipo de entrevista que se realizó. Pero sí hubo ganancia para Cristina que disputó en territorio adversario. No tenía nada para perder. Y quien no tiene nada para perder, en política, muchas veces gana algo.
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La segunda entrevista la realizó con Samuel Chiche Gelblung. Y allí apareció una Cristina distendida, juguetona, seductora, divertida, chichonera. Después vendrían los reportajes más clásicos con Víctor Hugo Morales, Elizabeth Vernacci, Beto Casella y finalmente con Gerardo Rozín, en Telefé. Nadie sabe a ciencia exacta si ese desfile comunicacional movió el amperímetro electoral, pero lo que sí es cierto, es que sus apariciones permitieron remover cierto mal humor enquistado hacia su figura en los sectores no kirchneristas. Es obvio, en los deciles antikirchneristas sus apariciones no hicieron ninguna mella y tampoco en las filas propias, donde ya tiene garantizada su base electoral.
Pero hay algo diferente en términos personales y políticos. La Cristina de esta campaña se parece bastante a la Cristina anterior al 2003. Obviamente, con mayor madurez personal y política, pero hay algo en la lógica de seducción extendida que la emparenta más con aquella figura política que con la de los últimos tiempos de su mandato. ¿Alcanzará eso para revertir votos en contra? No se sabrá hasta después del escrutinio. Pero hay algo que es cierto: su estrategia de impactar en el humor negativo puede tener resultados en el mediano plazo, al ritmo, del obvio desgaste y deterioro que produce la administración del poder en quienes ejercen el gobierno actualmente.
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La incógnita, ahora, es saber hasta dónde le alcanza. Pero no sólo hacia afuera de su propio espacio, sino -sobre todo- hacia adentro del propio Peronismo. El resultado de las elecciones dirá cuál es la verdadera frontera de su legitimidad y cuál será la correlación de fuerzas que le permita accionar políticamente en el futuro. Cristina Fernández de Kirchner, sola, tiene un caudal de votos necesario para imponer las reglas de juego dentro del arco opositor, lo que no se sabe si es suficiente para imponer indubitablemente un destino político determinado.
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