
Nací en el 42, en la colchonería de Castro Barros y Agrelo donde todavía trabajan mis primos. Fue un poco antes del peronismo pero no me quedan recuerdos de su ausencia. Primero vivíamos todos en una pieza, luego en dos, ya a mis siete años mi padre, colchonero de máquina al hombro, compró una casa y arregló dos piezas como con un baño y una cocina. Atrás vivían tres familias y además trabajaban un tapicero y varios colchoneros. Los del fondo eran peronistas, mi padre, socialista de Alfredo Palacios. No había grieta, no iba más allá de un Boca-River.
Cuando murió Evita yo tenía diez años. De los ocho hermanos de mi padre, la tía Francisca -la única peronista- trajo un crespón de luto. Discutió con mi padre y la abuela Vicenta -italiana y autoritaria- los acalló. Y la radio repetía puntualmente "Son las veinte y veinticinco, hora en que Eva Perón entró en la inmortalidad". En aquella época un señor misterioso de sobretodo negro traía al negocio el diario socialista "La Vanguardia", lo hacía en secreto, como si fuera perseguido. No todo era fácil. Tiempo después, cuando salí diputado, Francisca y el marido, Antonito, se tomaron venganza de la familia gorila.
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La Revolución Libertadora nos agarró en el secundario, era tal el caos que se bajaron las notas para poder equiparar los días de enfrentamiento. Los estudiantes secundarios cantábamos "a la lata, al latero, eximición con cero". Terminaron bajando de siete a cuatro para aprobar las materias. Y sólo se podía mencionar al "tirano prófugo", nombrarlo estaba prohibido por ley.
Estudié Ciencia Política en el Salvador, el peronismo no era motivo ni de un seminario, se lo daba por superado. El golpe de Onganía en el 66 le devuelve la vigencia. Once años sin dejar gobernar a nadie, fue quedando en claro que el dictador no era Perón, eran ellos. Se cargaron también a dos gobiernos radicales: Arturo Frondizi en el 62 y Arturo Illia en el 66.
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El peronismo no pasaba de grupos menores, al menos en la universidad. Con Onganía nace la violencia, pero vuelve el peronismo a ocupar su lugar de esperanza. Apareció Raimundo Ongaro, un sindicalista cristiano que nos convocó. Ese fue mi ingreso y el de muchos. La guerrilla como fenómeno masivo vendría después.
Los sucesivos golpes de Estado produjeron dos fenómenos paralelos: la peronización de la clase media y la violencia. De repente todos se decidían a militar en algún grupo de los que abundaban. Ingresé a Guardia de Hierro -peronismo ortodoxo-, estaba también el MRP y había grupos más de derecha como el Comando de Organización. La guerilla peronista eran las FAP, Fuerzas Armadas Peronistas, pero eran muy minoritarios. Militábamos en los barrios, tocábamos timbre ofreciendo escuchar una cinta de Perón en un viejo grabador Geloso. Imprimíamos volantes en un mimeógrafo con sus rodillos entintados. Todo era artesanal.
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Con el asesinato de Aramburu en junio del 70, la violencia ocupó un lugar central en la vida política. En realidad, clausuró la riqueza del debate de ideas. El terrorismo cumplió un lugar tan heroico como retrogrado. La absurda idea que une violencia con izquierda solo sirvió para dañarnos. Con el retorno de la política ganamos la elección interna de Capital, entré como diputado nacional en el 73.
¿Por qué creí en Perón? Porque con el peronismo todo fue desarrollo, hubo pan negro pero nunca hambre ni desempleo. Todo era revolución industrial. Los ricos se quejaban de lo que ganaban los pobres, los trabajadores. Mi familia era gorila -casi todos- pero se desarrollaban a partir de ese Perón al que denostaban. Los ferrocarriles fueron nacionalizados, había industria "flor de ceibo" en todo, sustitución de importaciones, voluntad de crecimiento, un país sin pobres ni deuda externa. Dieciocho años de exilio y Perón muere con una deuda inferior a los 7 mil millones y un desempleo del cuatro por ciento. Mi madre, que había sido obrera de la Bayer, solía decirme "antes los alemanes exigían demasiado, ahora se exceden los obreros". Y seguía cosiendo colchones en su máquina Singer.
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Un gorila inteligente me dijo "nosotros creíamos que había que darle dinero a los pobres e ideales a los ricos, Perón se dio cuenta que era todo al revés y nos ganó para siempre". Un obrero me confesó "después de Perón y Evita nunca más tuve que bajar la vista frente al patrón ni al policía". Y yo sigo pensando como peronista, y diciendo que a ese país integrado lo destruyeron entre Martinez de Hoz con la deuda y Menem privatizando los servicios públicos.
El peronismo fue un pensamiento que expresó a la clase trabajadora, con Homero Manzi, Catulo Castillo y Enrique Santos Discépolo. Hugo del Carril le ponía la voz. Leopoldo Marechal fue su escritor.Hasta el 55 Perón fue autoritario, en el 73 intentó pacificar y terminó siendo el factor convocante de la unidad nacional. Los violentos de derecha y de izquierda lo impidieron y ese es el verdadero fracaso de nuestra generación. Pero esta es la realidad que sería mejor aceptar el peronismo se terminó con la muerte de su fundador. El resto fueron solo distintas variantes de la traición.
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