A Liss Paredes le costó encontrar el camino que quería seguir. De niña descubrió en el dibujo y la pintura una forma de expresarse; años después pasó por distintas carreras, trabajó para poder estudiar y llegó a pensar que la Arquitectura quedaría como un sueño pendiente.
Hoy, a sus 27 años, es licenciada en Arquitectura por la Universidad Nacional de San Martín (UNSM), fue becaria de Pronabec y consiguió un hito en su universidad: obtuvo 20 en su tesis de titulación, la primera calificación perfecta registrada en los 46 años de vida institucional de su casa de estudios.
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Pero detrás de esa nota hay una historia mucho más larga. Una marcada por las dificultades económicas, las responsabilidades familiares y varias decisiones que pudieron llevarla por caminos distintos. Liss eligió seguir estudiando. Y esa decisión terminó convirtiéndose también en una forma de devolver a su región parte de lo que aprendió.
“La educación es el arma más poderosa para transformar, no solamente San Martín, sino el mundo”, reflexiona en diálogo con Infobae Perú.
Su trabajo cobra especial relevancia este domingo con la conmemoración del Día Internacional de los Pueblos Indígenas. Desde la arquitectura, Liss busca responder a algunas de las necesidades que encontró durante sus visitas a comunidades de San Martín, especialmente entre mujeres y niñas que enfrentan barreras para acceder a la educación.
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Las historias que marcaron su vida y terminaron definiendo su camino como arquitecta
Liss nació en el barrio Suchiche, considerado uno de los barrios originarios de Tarapoto. Desde pequeña estuvo vinculada al arte. Participaba en concursos de dibujo y pintura y, cuando tenía alrededor de cinco años, ganó uno de ellos a nivel regional.
Durante su adolescencia todavía no tenía claro qué carrera quería seguir. La arquitectura tampoco apareció de inmediato como una decisión definitiva. Antes de llegar a ella, tuvo que probar otros caminos y enfrentarse a una serie de dificultades económicas y personales que marcaron su relación con los estudios.
A los 13 años, además, comenzó a realizar labores sociales en comunidades de San Martín. Fue entonces cuando algunas historias dejaron de ser cifras o problemas lejanos y adquirieron rostros concretos. Conoció a niñas de su edad que ya enfrentaban embarazos y que, pocos años después, tenían dos o tres hijos. También vio de cerca las dificultades que atravesaban sus madres, muchas de ellas sin saber leer ni escribir.
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“Cuando yo tenía como 13 años, conocí allá a niñas que ya estaban embarazadas. Cuando yo tuve 16, ellas ya tenían tres hijos o dos hijos. Era una realidad que me impactó”, recuerda durante la entrevista para este medio.

Con el tiempo, Liss comenzó a identificar que detrás de esas historias aparecían otros problemas: pobreza, falta de oportunidades, dificultades para continuar los estudios y la ausencia de espacios adecuados para que las madres pudieran cuidar a sus hijos mientras estudiaban.
Ese recuerdo permaneció con ella durante los siguientes años. Todavía no sabía cómo abordarlo, pero terminaría encontrando una respuesta en una profesión que inicialmente tampoco tenía del todo clara.
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Su esfuerzo y vocación por la Arquitectura llevaron a Liss hasta Pronabec
Desde pequeña Liss encontró en el arte uno de sus primeros refugios. Participaba en concursos de dibujo y pintura y, cuando tenía alrededor de cinco años, ganó un concurso regional. La Arquitectura apareció después, casi como una coincidencia.

Al terminar el colegio todavía no tenía claro qué estudiar. Incluso viajó a Lima con la intención de seguir Diseño de Interiores, pero regresó a Tarapoto al mes de iniciar la carrera. Luego empezó Arquitectura en una universidad particular donde destacó académicamente, incluso llegando a ocupar el primer puesto, pero la falta de recursos económicos hizo que tuviera que dejar esa institución.
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Después intentó ingresar a Derecho y terminó matriculada en Agronomía, carrera que cursó durante dos ciclos. Mientras estudiaba, una experiencia aparentemente cotidiana volvió a acercarla a la arquitectura: conoció a una estudiante de esa carrera y comenzó a ayudarla con sus trabajos.
“Me sentía bien triste porque era mi sueño”, recuerda por lo que decidió intentarlo una vez más. Es así que, postuló a Arquitectura en la Universidad Nacional de San Martín y consiguió uno de los primeros puestos en los exámenes de admisión.
El camino acababa de iniciar para Liss, quien ocultó este hito académico de sus padres por algunos meses, así como ocultar sus maquetas en casa de sus amigos. Sin pedir ayuda, pese a las dificultades, Liss continuó apostando por sí misma, Para pagar sus estudios, Liss vendía tortas, galletas y refrescos. También realizaba trabajos académicos y caminaba hasta la universidad. El esfuerzo comenzó a reflejarse en sus calificaciones: después de un primer ciclo regular, pasó a ocupar los primeros lugares de su facultad.
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El apoyo decisivo llegó cuando obtuvo la Beca Permanencia de Pronabec. En ese concurso quedó en el primer puesto a nivel nacional. “Cuando entré, quedé de primer puesto a nivel nacional. Yo estaba súper feliz. No podía creer que había ganado”, cuenta.
La beca le permitió estudiar con mayor tranquilidad y acceder a recursos que antes eran difíciles de conseguir. “Yo caminaba hasta la universidad para poder estudiar. Gracias a ellos mejoró mi vida, cambió un montón mi vida”, recuerda.
Cuando Liss descubrió que la arquitectura también podía transformar comunidades
En la universidad, Liss descubrió que la arquitectura podía servir para mucho más que diseñar viviendas o edificios para clientes particulares.
Uno de los momentos que cambió su manera de entender la profesión ocurrió cuando conoció el trabajo del arquitecto africano Francis Kéré, ganador del Premio Pritzker. La forma en que desarrollaba proyectos para su propia comunidad, utilizando materiales y conocimientos del lugar, le mostró una posibilidad que hasta entonces no había considerado.
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A esa inspiración se sumaron la arquitecta italiana Marta Maccia, vinculada a iniciativas de educación en la Amazonía, y el arquitecto ecuatoriano José Fernando Gómez, de Natura Futura, cuyo trabajo de arquitectura comunitaria, como la Casa de las Tejedoras, también influyó en su manera de pensar los espacios para las comunidades.
“Dije: ‘Yo también podría hacer esto’. De repente no todos queremos ser gerentes de calidad o diseñadores de interiores. De repente queremos hacer algo con la arquitectura, impactar en las comunidades”, explica.
Pero la idea para su tesis no surgió únicamente de los arquitectos que admiraba. También regresó a aquellas historias que había conocido cuando era adolescente.

Durante sus intervenciones en comunidades de Lamas, encontró a dos niñas de alrededor de ocho años que permanecían solas mientras su familia trabajaba en la chacra. No estudiaban y, durante una visita realizada en época de pandemia, la lluvia obligó al equipo a quedarse en la comunidad.
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También conoció a una mujer adulta mayor que no sabía leer ni escribir y que perdió parte de sus tierras después de quedar viuda. Firmó documentos que no comprendía y terminó perdiendo terrenos productivos donde se cultivaban productos como cacao y piña. “Ella hubiera podido tener una mejor vida si se hubiera quedado con sus tierras”, reflexiona Liss.
Aquellas historias terminaron conectándose con una pregunta que llevaba años rondando en su cabeza: ¿cómo podía utilizar la arquitectura para responder a esas necesidades?

Un centro educativo pensado desde la comunidad
La respuesta tomó forma en su tesis de titulación: un centro de educación integral para mujeres indígenas de Lamas. El proyecto contempla áreas para estudiar, espacios de cuidado de los hijos y ambientes destinados a actividades productivas, como talleres de cerámica y tejido. También plantea aprovechar materiales disponibles en la zona, como el adobe y la paja de palma, además de sistemas para recolectar agua de lluvia y utilizarla en el riego de plantaciones.

Para Liss, la clave está en que el diseño no se imponga desde un escritorio. “Este proyecto no nace desde el ego del arquitecto, sino desde la comunidad. Es la comunidad la que me ha propuesto cómo debía hacerlo”, sostiene.
La propuesta responde, además, a una dificultad que Liss identificó durante sus visitas: muchas mujeres tienen problemas para volver a estudiar después de convertirse en madres. Los horarios de los programas educativos existentes no siempre se ajustan a su realidad y, en las zonas rurales, trasladarse hasta la ciudad puede representar otra barrera.
“Si hubiera un colegio integral en donde ellas pudieran tener dónde dormir, tener qué comer, tener dónde estudiar, tener dónde cuidar a sus hijos y tener dónde vender, creo que eso también es importante, la productividad”, explica.
El histórico 20 que la convirtió en la primera alumna de la Universidad Nacional de San Martín en alcanzar esa nota
La propuesta también le permitió alcanzar uno de los mayores reconocimientos de su trayectoria académica. Liss obtuvo 20 en su tesis de Arquitectura, una calificación que, según la información proporcionada por Pronabec, la convirtió en la primera estudiante en alcanzar esa nota en la historia de la Universidad Nacional de San Martín.

La deliberación del jurado, que normalmente debía durar unos minutos, se extendió durante aproximadamente una hora y media. Liss pensó “que había hecho algo muy mal o había hecho algo muy bueno”.
Su familia y algunos de sus alumnos estaban presentes cuando finalmente recibió la noticia. “Yo no pude escuchar bien porque mi mamá gritó antes. Toda la gente estaba gritando”, recuerda entre risas.
El momento que más la conmovió, sin embargo, llegó después, durante la imposición de una placa por su logro. Allí estuvo Alexandra Ames, entonces directora de Pronabec, quien destacó la pertinencia de su investigación para atender a poblaciones que enfrentan diversas formas de exclusión.
En este recorrido, Liss también destaca el acompañamiento de la Dra. Jacqueline Bartra Gómez, decana del Colegio de Arquitectos de San Martín y asesora de su tesis. La joven arquitecta le guarda un especial agradecimiento por la orientación que recibió durante el desarrollo de la investigación.

Del techo al huerto: el proyecto de Liss para llevar agua y alimentos a una comunidad
Mientras busca oportunidades para hacer realidad el centro educativo de Lamas, Liss también trabaja en otro proyecto de menor escala, pero que comparte la misma idea: utilizar la arquitectura para responder a necesidades concretas de las comunidades.
Se trata de “Del Techo al Huerto: Innovación arquitectónica para la cosecha de agua de lluvia aplicada a biohuertos como estrategia de fortalecimiento de la seguridad alimentaria”, una iniciativa que desarrolla junto con estudiantes y docentes de la Universidad Nacional de San Martín.
El proyecto se ejecutará en la Institución Educativa N.° 0730 del caserío El Porvenir, en la provincia de El Dorado. La iniciativa obtuvo financiamiento del Fondo Concursable de Proyectos de Responsabilidad Social y Ambiental 2026 de la universidad. La idea consiste en recolectar agua de lluvia mediante un sistema que permita utilizarla en biohuertos y fortalecer la seguridad alimentaria de la comunidad.
Liss explica que la intervención involucra a arquitectos, estudiantes, docentes, psicólogos, nutricionistas, médicos y líderes ambientales. Todos aportan desde su especialidad para atender una problemática que tiene varias dimensiones.

“En las ciudades amazónicas, el colegio es un eje articulador para la comida. Todos se juntan, todos comen en el colegio. Entonces, si yo solamente alimento a los niños, también alimento a la comunidad”, señala.
El proyecto también busca promover mejores hábitos alimenticios. Liss considera especialmente preocupante que en una región con tierras fértiles persistan problemas como la anemia infantil. “Acá es la cuna de la agricultura, pero los niños se mueren de anemia. Hay algo que tenemos que cambiar”, sostiene.
“La educación me salvó la vida”
Detrás de la arquitecta que hoy diseña proyectos para comunidades amazónicas existe también una historia familiar marcada por momentos difíciles.
Cuando tenía alrededor de ocho años, su hermana quedó en coma. La situación transformó la vida de su familia y generó años de dificultades económicas y judiciales. Liss creció viendo a sus padres enfrentar problemas que incluso pusieron en riesgo la estabilidad de su hogar. “Yo siempre digo que a mí la educación me salvó la vida”, afirma.
Por eso, cuando habla de las niñas y mujeres que espera beneficiar con su proyecto, también habla desde su propia experiencia. Ella sabe lo que significa tener obstáculos económicos, dudar del camino elegido y volver a empezar.

Su historia pasó de aquel puesto 400 que ocupó al terminar la secundaria a convertirse en la primera estudiante de su universidad en obtener 20 en una tesis. Entre ambos extremos hubo cambios de carrera, trabajos para pagar sus estudios, becas, dificultades familiares y muchas horas dedicadas a una profesión que terminó encontrando un propósito social. Ahora quiere que esa experiencia sirva para que otras niñas de San Martín puedan imaginar un futuro distinto.
“Siempre digo: Estudien. No hay acelerador más grande para crecer que la educación, pero háganlo también con calidad humana, porque no se puede ser un buen profesional si no se es una buena persona”, aconseja.
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