
La reaparición pública de Clímaco Basombrío Pendavis, condenado por uno de los crímenes más recordados de la historia policial peruana, volvió a poner en debate el cumplimiento de las obligaciones impuestas por la justicia. A 25 años del ataque que conmocionó al país, la atención se centra también en Ida Merino, la trabajadora del hogar que sobrevivió al ataque y que asegura que aún espera el pago de la reparación civil ordenada por sentencia. El programa Día D difundió imágenes del exconvicto en las que, al ser abordado por un equipo periodístico, respondió con incomodidad: “No es la forma”. La Corte Suprema fijó en S/ 400.000 la indemnización que le corresponde a Merino; hasta la fecha solo recibió S/ 170.

El perfil de un joven que nadie supo leer
Clímaco Basombrío Pendavis tenía 19 años el 7 de julio de 2001. Había estudiado en el colegio Santa María de Lima, uno de los más exclusivos de la capital, con una beca. Sus compañeros lo describían como un adolescente taciturno, aplicado y sin conflictos. No era brillante, pero tampoco problemático. Era reservado, colaborador y, según quienes lo conocieron, “el más tranquilo de todos”.
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Desde joven mostró una marcada inclinación hacia la vida religiosa. Sirvió como acólito, ejerció labores de catequista y participó con frecuencia en actividades parroquiales, un vínculo que se intensificó tras la muerte de su padre, ocurrida cuando Basombrío tenía 11 años. Esa pérdida abrupta dejó una marca que sus cercanos notaron pero no supieron interpretar. “Había algo en su mirada, como si siempre cargara un dolor antiguo”, declaró uno de sus conocidos años después. “Nunca nos preocupó demasiado, pero ahora pienso que nos perdimos algo.”
Los informes psiquiátricos elaborados durante el proceso judicial describirían más tarde a un joven que no experimentaba sentimientos de culpa, con falta de autocrítica, egocentrismo, frialdad afectiva, baja tolerancia a la frustración y un umbral muy bajo para la descarga de agresividad. Los peritos concluyeron que Basombrío sufría un trastorno de personalidad disocial con conducta antisocial desde la niñez, pero que no presentaba alteraciones mentales que lo alejaran de la realidad.
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La tarde del sábado en Chacarilla
A las dos de la tarde del sábado 7 de julio de 2001, Basombrío llegó al departamento de los Brenes, ubicado en la calle Las Trinitarias 100, urbanización Chacarilla, en el distrito limeño de Santiago de Surco. Fue a felicitar a su amigo Sebastián Brenes Hagues, de 18 años, por su reciente ingreso a la Universidad San Ignacio de Loyola. También estaba Carlos Lescano Menéndez, de la misma edad, compañero de colegio de ambos. La madre de Sebastián, Lilian Hagues, lo vio llegar; poco después salió a reunirse con una tía en Miraflores.
Los tres subieron a la azotea. Carlos y Sebastián aprovecharon para ensayar canciones de su banda de rock, Canchita Serrana. Basombrío, que no tocaba ningún instrumento, se quedó a escuchar. Dijo que la música le provocaba dolor de cabeza y decidió bajar.
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Lo que siguió fue una secuencia de comportamientos que, en retrospectiva, sus amigos no supieron leer. Primero bajó por un vaso de agua y volvió. Minutos después bajó de nuevo, esta vez para buscar una corbata de Sebastián. Nadie preguntó para qué. Luego bajó una vez más y pidió a Alexandra Brenes Hagues, la hermana menor de Sebastián, de 16 años, que le prestara el teléfono de su habitación para hacer una llamada. Al salir del cuarto, Alexandra le pidió que avisara a Ida Merino, la trabajadora del hogar, de 28 años, para que subiera a ayudarla.
Basombrío salió. En uno de los escalones que llevaban a la azotea encontró un martillo.

El ataque
Según su propia confesión, tomó el martillo y atacó a Ida Merino por detrás, sin provocación alguna. La golpeó en la nuca, en la espalda, en los hombros y en la cabeza. Luego la arrastró hasta su habitación y continuó golpeándola hasta dejarla inconsciente. Convencido de que había acabado con su vida, la dejó tendida y se dirigió al baño a limpiarse.
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Estaba a punto de regresar a la azotea cuando Alexandra Brenes lo confrontó. Los gritos de Ida la habían alertado. Bajó corriendo y encontró a la empleada inconsciente en el suelo. Basombrío le dijo que había sido una caída accidental por las escaleras, pero sus manos manchadas de sangre lo delataban. Alexandra entró en pánico y comenzó a gritar pidiendo ayuda a su hermano.
Desenmascarado, Basombrío se abalanzó sobre ella. Le descargó un martillazo en la nuca. La joven cayó, pero siguió gritando. Él la arrastró hasta su habitación y continuó golpeándola. Cuando ella no cesaba, colocó un cojín sobre su boca para ahogar los gritos. Luego la volteó boca abajo y siguió golpeándola en la cabeza. La autopsia determinaría que Alexandra recibió 44 martillazos. También presentaba signos de asfixia por sofocación.
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Los gritos llegaron hasta la azotea. Sebastián bajó y fue recibido con un martillazo en la cabeza. Aturdido pero consciente, pidió ayuda a Carlos Lescano, quien al acudir también fue golpeado en el rostro con un objeto decorativo. En medio del caos, Sebastián logró escapar y encontró al vigilante de la cuadra, Fidel Guaita, quien junto con Carlos consiguió reducir a un Basombrío fuera de control. Minutos después llegaron el serenazgo de Surco y la Policía Nacional.
Los agentes que ingresaron a la vivienda no daban crédito a lo que veían. Sangre en las paredes, en el piso, en la escalera, en la ropa de todos los presentes. Basombrío gritaba que no estaba loco. Nadie le creía.
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El juicio y la condena
Tras su arresto, Basombrío fue trasladado al penal de San Pedro, ex Lurigancho. Los peritos confirmaron que había consumido cocaína el día del crimen, aunque él negó ser consumidor habitual. En sus primeras declaraciones afirmó no recordar los hechos y llegó a culpar a Satanás. Más tarde, durante el juicio oral, alegó que sus amigos lo habían drogado mezclando sustancias en su bebida. Los análisis toxicológicos descartaron esa versión. Carlos Lescano admitió haber consumido marihuana ese día, pero negó haber drogado a nadie.
El proceso se extendió por casi dos años. La defensa intentó que Basombrío fuera declarado inimputable por razones de salud mental. Las pericias lo impidieron: los informes concluyeron que era consciente de la naturaleza delictiva de su conducta. El 5 de febrero de 2003, el fiscal superior solicitó 25 años de prisión y destacó que el acusado había actuado con premeditación: llevaba guantes y una soga, y el martillo fue llevado por él mismo al inmueble, según estableció la investigación.
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El 12 de febrero de 2003, el Poder Judicial condenó a Clímaco Basombrío Pendavis a 20 años de prisión por homicidio calificado, tentativa de homicidio y lesiones graves. La pena fue menor a la solicitada por la fiscalía debido a factores atenuantes reconocidos en la sentencia: su juventud, el consumo de cocaína y un grado de psicopatía. La sentencia fijó una reparación civil de S/ 70.000 para la familia de Alexandra Brenes y S/ 100.000 para Ida Merino.
Todas las partes apelaron. La familia Brenes pidió una condena mayor y una indemnización más alta. La fiscalía insistió en los 25 años. La defensa alegó irregularidades. En septiembre de 2003, la Corte Suprema mantuvo los 20 años de prisión, pero elevó la reparación civil a favor de Ida Merino a S/ 400.000, al considerar las secuelas físicas permanentes que el ataque le dejó.
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La deuda que no se pagó
Para mayo de 2005, más de un año después de la sentencia de la Corte Suprema, Basombrío solo había abonado S/ 170 de los S/ 400.000 que debía a Ida Merino. Su abogado, Miguel Choquehuanca, alegó que su cliente no podía pagar por falta de ingresos y sugirió que lo haría tras su liberación.
Esa liberación llegó el 8 de julio de 2021, cuando Basombrío cumplió íntegramente su condena en el penal de San Juan de Lurigancho. La reparación civil nunca se pagó. Según reportes extraoficiales, en 2023 abandonó el país. No hay registros migratorios claros ni redes sociales conocidas.

Las víctimas, 25 años después
La familia de Alexandra Brenes Hagues se radicó en Estados Unidos. Sebastián Brenes, quien pasó diez días hospitalizado tras el ataque, también viajó al exterior durante el proceso judicial.
Ida Merino sobrevivió al ataque, pero las secuelas no la abandonaron. En 2014 sufrió una crisis de epilepsia causada por los golpes recibidos aquella tarde, lo que derivó en un parto prematuro. Tuvo que costear su recuperación por cuenta propia y, según declaraciones recogidas por el programa Día D, pasó años viviendo a cargo de distintos familiares. “Ha estado a la caridad de los hermanos, un año en un hermano, otro año en otro hermano”, señaló una fuente cercana a su caso.

En un programa de televisión emitido hace aproximadamente una década, Merino afirmó haber perdonado a Basombrío. Pero en sus declaraciones más recientes, recogidas por Día D, el tono fue diferente: “Que me hagan justicia y me den el pago. No quieren”.
El reclamo apunta también al sistema. “El Poder Judicial, que son jueces, no quieren mover. Ya eso es una falta de respeto”, declaró una fuente vinculada al caso en el mismo reportaje. La reparación civil ordenada por la Corte Suprema permanece prácticamente incumplida, con solo S/ 170 abonados en más de dos décadas.
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