
El 26 de enero de 1983, ocho periodistas viajaron hacia las alturas de Ayacucho para cubrir una historia que ya anunciaba el deterioro extremo del país. Buscaban llegar a Uchuraccay, una comunidad campesina de la provincia de Huanta donde, días antes, comuneros habían matado a presuntos integrantes de Sendero Luminoso. Querían verificar qué estaba ocurriendo en una zona atrapada entre el miedo al terrorismo, la ausencia del Estado y la creciente militarización de la respuesta frente a la violencia senderista.
Ninguno volvió con vida. Los reporteros fueron asesinados junto a su guía en una jornada que se convirtió en una de las heridas más profundas del periodismo peruano. La tragedia de Uchuraccay no solo expuso la brutalidad de la época del terrorismo, sino también la distancia histórica entre el país urbano y el Perú rural, andino y quechuahablante. Cuatro décadas después, el caso sigue siendo una referencia obligada para hablar de memoria, verdad y riesgo periodístico.
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El contexto de 1983: la violencia terrorista en las alturas de Ayacucho
A comienzos de 1983, Ayacucho era el epicentro de la violencia desatada por Sendero Luminoso. La organización terrorista había iniciado sus acciones en 1980 y extendía su presencia en comunidades rurales, donde imponía control mediante amenazas, castigos y asesinatos. En respuesta, el Estado incrementó la presencia militar y policial en la región, en un escenario donde la población civil quedó expuesta entre el terror senderista y una respuesta estatal todavía insuficiente para protegerla.
Uchuraccay se encontraba en ese clima de temor. Según las reconstrucciones posteriores, los comuneros habían sido advertidos sobre posibles represalias senderistas y vivían bajo una fuerte presión. La información llegaba fragmentada, muchas veces en castellano a comunidades que tenían como lengua principal el quechua. La desconfianza hacia los forasteros se volvió una señal de supervivencia.
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Ese fue el contexto en el que los periodistas decidieron viajar. Su objetivo era cubrir un hecho de enorme interés público: la reacción de comunidades campesinas frente al avance de Sendero Luminoso. Pero lo que empezó como una misión de reportería terminó revelando la dimensión más trágica de un país quebrado por el terrorismo, la incomunicación y el abandono estatal.
La misión periodística: quiénes eran los 8 reporteros que viajaron a Uchuraccay
Los periodistas asesinados provenían de distintos medios nacionales y regionales. Eran Jorge Luis Mendívil y Willy Retto, de El Observador; Eduardo de la Piniella, Pedro Sánchez y Félix Gavilán, de El Diario de Marka; Amador García, de la revista Oiga; Jorge Sedano, de La República; y Octavio Infante, del diario Noticias de Ayacucho.
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Con ellos viajaba el guía Juan Argumedo, pieza clave para desplazarse por una zona difícil, de caminos agrestes y escasa comunicación. La ruta hacia Uchuraccay no era solo geográfica: implicaba ingresar a un territorio marcado por el miedo, donde las noticias sobre ataques, represalias y presencia senderista circulaban con rapidez, pero casi siempre sin verificación directa.
La misión de los reporteros era precisamente esa: mirar de cerca, preguntar, registrar. En una época sin teléfonos móviles, sin internet y con enormes limitaciones logísticas, llegar al lugar de los hechos era parte esencial del oficio. Uchuraccay condensó esa vocación y, al mismo tiempo, mostró su costo más alto.
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¿Qué sucedió realmente en la comunidad? Cronología de la tragedia
La reconstrucción del caso señala que los periodistas llegaron a las inmediaciones de Uchuraccay el 26 de enero de 1983. La comunidad estaba en alerta. En los días previos, había crecido el temor a una represalia de Sendero Luminoso luego de que comuneros mataran a presuntos miembros de la organización terrorista.

Según las investigaciones oficiales, los comuneros confundieron al grupo de periodistas con senderistas. Los reporteros fueron detenidos antes de ingresar plenamente a la comunidad y luego asesinados con piedras, palos y otras herramientas. Uno de ellos, el fotógrafo Willy Retto, alcanzó a tomar imágenes antes de morir, fotografías que después se convirtieron en una de las evidencias más dolorosas del caso.
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La tragedia no terminó con la muerte de los periodistas. También fueron asesinados el guía Juan Argumedo y el comunero Severino Huáscar Morales. La violencia alcanzó a quienes llegaron para informar, pero también a quienes quedaron atrapados en la lógica del terror y la sospecha.

Uchuraccay no puede entenderse como un hecho aislado. Fue el resultado de una época marcada por el terrorismo, el aislamiento, la desinformación y el miedo. Una comunidad rural interpretó la llegada de extraños como una amenaza; un grupo de periodistas buscaba llegar al lugar para contar una historia urgente. Entre ambas realidades se abrió una tragedia nacional.
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La Comisión Vargas Llosa y las conclusiones del informe oficial de la tragedia

El impacto fue inmediato. El gobierno de Fernando Belaunde Terry creó una comisión investigadora para esclarecer lo ocurrido. Estuvo presidida por el escritor Mario Vargas Llosa e integrada también por el periodista Mario Castro Arenas y el abogado Abraham Guzmán Figueroa.
El informe concluyó que los autores materiales fueron comuneros de Uchuraccay, en medio de una confusión marcada por el temor a Sendero Luminoso y por las condiciones de aislamiento cultural y lingüístico. Esa conclusión generó debate desde el inicio. Para algunos sectores, el informe ayudó a explicar el contexto de la tragedia; para otros, dejó abiertas preguntas sobre la responsabilidad del Estado, la actuación de las fuerzas del orden y la forma en que se comunicó a las comunidades la amenaza senderista.
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Años después, la Comisión de la Verdad y Reconciliación volvió sobre el caso y lo ubicó dentro de las historias más representativas de la violencia terrorista que golpeó al país. Su análisis permitió mirar Uchuraccay no solo como la muerte de ocho periodistas, sino como un episodio que reveló la fragilidad del Estado, la exclusión de las comunidades andinas y la forma en que el terrorismo convirtió a la población civil en víctima recurrente.
El legado de Uchuraccay en la memoria histórica y el periodismo peruano
Uchuraccay dejó una marca imborrable en el periodismo peruano. Los ocho reporteros asesinados se convirtieron en símbolo de una profesión que, en contextos de violencia terrorista, puede quedar expuesta a riesgos extremos. Su viaje fue una búsqueda de verdad en un país donde la verdad comenzaba a volverse cada vez más difícil de alcanzar.
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Pero la memoria de Uchuraccay no pertenece solo al periodismo. También interpela al Estado, a la sociedad y a la forma en que el Perú ha contado los años del terrorismo. La tragedia mostró que la distancia entre Lima y las comunidades andinas no era solo geográfica, sino política, cultural y lingüística. Mostró también que el abandono puede ser tan peligroso como las armas cuando un país entra en una espiral de miedo.

Hoy, recordar Uchuraccay exige evitar simplificaciones. No fue únicamente una “confusión”, ni solo una masacre de periodistas, ni apenas un caso emblemático de los años ochenta. Fue una escena brutal de la época del terrorismo: ocho hombres que viajaron para informar, una comunidad cercada por el terror senderista, un Estado incapaz de proteger y un país que todavía intenta entender cómo pudo llegar a ese punto.
La historia de Uchuraccay sigue viva porque resume una pregunta incómoda: qué ocurre cuando quienes buscan contar la verdad ingresan a un territorio donde todos han aprendido a temer. En esa pregunta permanece su legado más duro para el periodismo peruano y para la memoria histórica del país.
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