
Vivo en Suiza desde hace algunos años. Cada año regreso a Lima con mi familia para reencontrarnos con los nuestros, caminar por la ciudad y, sobre todo, volver a sentir ese vínculo emocional que uno nunca termina de soltar. Esta vez viajamos con mi esposa, mi hija de diez años y Otto, nuestro perro poodle peruano, que nació en Perú, pero hoy vive con nosotros en Europa. Para nosotros, Otto no es una excepción ni un capricho: es parte de la familia.
El viaje no era menor. Muchas horas de vuelo, una escala en París y la responsabilidad de asegurarnos de que todos, personas y perro, tuviéramos una experiencia tranquila. Otto está entrenado, acostumbrado a viajar y a acompañarnos a todos lados. Ya había volado antes dentro de Europa y también en su primer viaje de Lima a Ginebra, hace unos tres años. Nada improvisado. Todo planificado con el cuidado de una familia que quiere incluirlo en su cotidianidad.
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El check-in en Ginebra fue cordial y fluido. Revisaron los documentos, observaron el bolso de transporte y nos desearon buen viaje. En París, lo mismo. Ninguna observación adicional, ningún gesto de incomodidad. Todo normal. Todo profesional.
Al llegar a Lima, la experiencia empezó a cambiar. Había coordinado con anticipación un servicio de transporte que, finalmente, no llegó. Nos vimos obligados a tomar un taxi desde el aeropuerto. Avisamos que viajábamos con un perro pequeño y, tras consultar con el conductor, este aceptó el servicio. Al subir, el taxista nos pidió, no sin cierta incomodidad, que el perro no fuera al piso, que lo cargáramos o lo lleváramos en el regazo. Después de más de quince horas de viaje, decidimos no decir nada. Nos sorprendió, pero seguimos.
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El primer fin de semana fuimos a un centro comercial con vista al mar. Habíamos reservado una mesa en un restaurante (en la terraza) para almorzar con un amigo. Al llegar, nos informaron de que no se admitían perros. Nos llamó la atención. El centro comercial tenía bebederos para mascotas en distintas zonas comunes. ¿Era, entonces, pet friendly o no? ¿Se puede pasear con mascotas, pero no sentarse a comer con ellas, incluso al aire libre?
Intentamos luego entrar a una tienda de ropa. Tampoco se permitió el ingreso. Nos miramos con cierta incredulidad. En los días siguientes, anduvimos por Miraflores y entramos sin problemas en varios cafés y restaurantes. Algunos incluso se mostraron especialmente amables con Otto. La experiencia era contradictoria.
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Días después, ya cerca del final del viaje, necesitábamos comprar una maleta. Fuimos a otro centro comercial, esta vez en Salaverry. Nuevamente, la respuesta fue negativa: no se permiten mascotas. Me quedé afuera con Otto mientras mi esposa y mi hija hacían la compra. No era un gran drama, pero sí un patrón que empezaba a repetirse.
Antes de irnos al aeropuerto, entramos en un café en Miraflores. Nos comentaron que estaban en proceso de obtener la autorización municipal para permitir el ingreso de mascotas, pero aun así nos dejaron pasar. Ese gesto, simple y humano, marcó una diferencia.
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Todo lo anterior podría haberse quedado en una anécdota urbana, una suma de coincidencias. Hasta que llegó el momento menos esperado.
En el counter del aeropuerto, al regresar a Europa, nos dijeron que Otto no podía volar. El argumento era que no cumplía con los requisitos exigidos. Fue desconcertante. Otto había llegado a Lima en el mismo bolso, con la misma aerolínea y bajo las mismas condiciones y, sobre todo, era el mismo perro. Dijeron que no podía “pararse” correctamente. Sin embargo, Otto podía darse la vuelta con comodidad, echarse y mantenerse tranquilo. De hecho, cada vez que entraba al bolso lo hacía sin resistencia, como parte de su entrenamiento.
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Pedí hablar con un responsable. Nunca se acercó. Nos dijeron que la decisión la tomaría el capitán de la tripulación. Mientras esperábamos, vimos cómo a otra familia con una mascota también se le negaba el embarque por supuestos incumplimientos del bolso.
Pasaron casi dos horas y media. Otto permaneció tranquilo todo el tiempo. Finalmente, llegó el capitán junto con su tripulación. Observaron la situación, vieron al perro, evaluaron el bolso y dijeron una frase simple y contundente: “Así como vino, así regresa”.
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Y así fue. Otto viajó sin problemas, con una tripulación atenta y respetuosa. Nosotros, aliviados.
Pero la pregunta quedó flotando.
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¿Por qué esta resistencia inicial? ¿Falta de claridad en las normas? ¿Interpretaciones excesivamente rígidas? ¿Falta de entrenamiento, de empatía o de capacidad de resolución? ¿Por qué en otros países el mismo procedimiento funciona y aquí se convierte en un conflicto?
El Perú está cambiando. Cada vez más hogares consideran a sus mascotas parte de la familia. Las cifras lo muestran: Según estudios privados (Entre Patas, Ipsos, 2023), alrededor del 58% de los hogares peruanos tiene al menos una mascota. Entre esos hogares, el 88% de los hogares que tienen una mascota eligen tener un perro como compañero fiel, mientras que aproximadamente el 38 % de los hogares tiene gatos. Las ciudades también cambian y se adaptan. Hay más parques, más servicios y comercios dedicados a las mascotas, más conversaciones sobre bienestar animal. Incluso se habla de tendencias globales: como en Europa y Estados Unidos la convivencia con mascotas ya forma parte del diseño urbano, del transporte y de la hospitalidad.
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Sin embargo, la experiencia cotidiana sigue siendo desigual. No se trata de que las mascotas estén en todos lados sin reglas. Se trata de claridad, coherencia y respeto. De saber dónde sí y dónde no. De que las normas existan, se comuniquen bien y se apliquen de manera consistente.
Ser pet friendly no es solo poner un bebedero o un sticker en la puerta. Es formar al personal, anticipar situaciones, entender que las mascotas, bien educadas y cuidadas, también forman parte de la vida social contemporánea.
Viajar con una mascota no debería ser una prueba de paciencia ni un ejercicio de improvisación ni de negociación. Tampoco una experiencia marcada por la incertidumbre. Las reglas existen, y deben existir, pero también requieren criterio, coherencia y humanidad. En un país donde cada vez más personas consideran a sus mascotas parte del hogar, la convivencia no se resuelve con prohibiciones tácitas ni con decisiones que varían según el lugar o la persona que atiende. Quizás no se trate solo de preguntarnos si el Perú es pet friendly, sino de algo más simple y más profundo: si estamos preparados para convivir mejor, respetando normas claras y, sobre todo, entendiendo que las formas también importan.

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